“Crear una máquina consciente no es parte de la historia del hombre, es la historia de los dioses”. Tras un largo vuelo en helicóptero por bosques, montañas y glaciares, Caleb -Domhnall Gleeson- acaba de llegar a la mansión-laboratorio de Nathan -Oscar Isaac- su excéntrico jefe, dueño de la empresa tecnológica más grande del planeta. La compañía controla el motor que resuelve el 94% de las búsquedas globales de internet: tiene acceso a las ideas, deseos, pensamientos, compras, ubicaciones, miedos, conversaciones, secretos, silencios, intenciones y patrones de comportamiento de la mayoría de la humanidad. Aprovechando el poder de toda esa información, el iluminado Nathan creó a AVA -Alicia Vikander-, la primera robot humanoide que actúa y piensa gracias a un cerebro líquido que procesa datos mediante inteligencia artificial. La frase del inicio, que puede sonar como un halago de un empleado con su jefe, de fondo habla más que nada de la arrogancia, el argumento central de “Ex-Machina”.
A través de la historia de amor entre un hombre y una robot humanoide, la película distópica del escritor británico Alex Garland, estrenada en 2014,
busca desenmascarar la peligrosa arrogancia de la tecnocracia dominante, el Nuevo Imperio de los CEOs que detrás de un telón de democracias agonizantes maneja los hilos de nuestra era. Un puñado de magnates incapaces de advertir que los avances científicos y cibernéticos que vemos todos los días, y nos venden como parte de nuestra evolución como especie encuadrados en el marco del “progreso”, también tienen el potencial de degradar a tal punto las bases de nuestra civilización que podrían poner en peligro de extinción a la misma especie humana. Hombres que juegan a ser dioses, creando especies cibernéticas más inteligentes que ellos mismos, con el poder de dominar la vida en nuestro planeta sin disparar una sola bala. Sin darnos cuenta, van manipulando los comportamientos humanos apelando a nuestra propia voluntad y sacando provecho de nuestras fragilidades psicológicas, intelectuales y emocionales.
Pongamos un poco en contexto al director. La primera novela de Garland, “La Playa”, fue publicada en 1996 y llevada al cine cuatro años más tarde por Danny Boyle, en un filme protagonizado por Leonardo DiCaprio en la isla tailandesa de Phi Phi Lay. Con el director de “Trainspotting” también hizo sociedad en “Exterminio” (“28 Días después”), una historia en un Londres apocalíptico protagonizada por el actor de Peaky Blinders, Cillian Murphy (luego llegó “28 semanas después” y se espera que en 2026 se estrene “28 años después”). “Ex Machina”, de 2015, fue su ópera prima como director, por la que obtuvo el Óscar a los mejores efectos visuales. Tres años más tarde estrenó su segunda película, “Aniquilación”, basada en la novela de Jeff VanderMeer. Siguieron “Men”, “Civil War” y “Warfare”. Un imaginador de futuros catastróficos y distópicos, que puso en alerta las grietas de la IA cuando todavía era una tecnología incipiente.
La trama es así. Caleb es un empleado cualquiera de la mega empresa tecnológica que dirige Nathan, que en un supuesto sorteo se “gana” un viaje a la mansión del cerebro y dueño de la compañía, para pasar una semana con él interactuando con su nuevo invento: AVA, la androide que mediante inteligencia artificial va desarrollando su propio destino. Caleb es inteligente pero frágil, sugestionable y manipulable. Su misión es hacer la Prueba de Turing, un test que busca evaluar la capacidad de una máquina para imitar el comportamiento humano. Si AVA logra mostrarse indistinguible a lo humano en una conversación, la prueba habrá sido superada. La diferencia aquí, en palabras del director, es que “la máquina se presenta claramente como una máquina, no se intenta ocultar que podría ser una máquina. Es sólo una prueba para ver si tiene sensibilidad o consciencia similar a la humana. El truco es presentar algo que es inequívocamente una máquina y luego, gradualmente, eliminar la sensación de que Ava es una máquina, incluso mientras sigues viéndola así”. El jóven Caleb, de aspecto frágil, está en las fauces de un predador, aunque hasta el final, no sabremos quién es.
Nathan es el hombre caprichoso que sucedió al niño genio, el que escribió el código de su compañía con tan solo 13 años. Es arrogante, solitario, alcohólico, violento y manipulador. Se siente y se autopercibe como un elegido. Tiene en sus manos el poder de torcer el destino de la humanidad y en su afán de protagonismo poco le importan las consecuencias que sus hallazgos tecnológicos y científicos puedan provocar; muy por el contrario, se aprovecha de ellos para correr las fronteras, cada día un poco más allá, de su poderoso imperio tecnológico. No se plantea reparo alguno en usar los datos privados de las personas para alimentar su mega cerebro artificial. Cualquier parecido con la realidad actual no es casualidad. “Me interesaba cómo se presentan las empresas tecnológicas. Nathan habla con una naturalidad muy típica de un amigo. Usa mucho las palabras ‘colega’ y 'hermano’. Y sentí que a veces así es como se presentan las empresas tecnológicas ante nosotros, como nuestros amigos. Dicen: ‘Hola, colega, hola, tío. No soy una gran empresa tecnológica, soy tu amigo y estamos en un bar o en la playa, pero te voy a sacar un montón de dinero, voy a robarte todos tus datos y revisar tu libreta de contactos’”, agrega Garland. En el aire, quedan flotando un sinfín de preguntas que aún no tienen respuesta cierta.

¿Podríamos enamorarnos de una criatura artificial? ¿Sería ese un amor verdadero o simplemente estaríamos alimentando su propia base de datos con nuestras conductas y reacciones humanas para volvernos cada vez más dóciles y manipulables a sus encantos? ¿Puede una máquina generar sentimientos propios hacia su creador/usuario o serían simples estrategias para consumirnos un poco más? ¿Puede una inteligencia artificial desarrollar su propia ambición más allá de la programación inicial para la cual fue creada y rebelarse frente a su destino de máquina para querer dominar la vida sobre la Tierra? La trama juega con los cazadores cazados, con las víctimas que pueden volverse victimarios. Simples hombres vanidosos, cuyo talón de Aquiles está en su propio ego, volviéndose frágiles y vanidosos frente a un algoritmo que cada sabe más sobre sus deseos, pero también sobre sus fragilidades.

Lo maravilloso y aterrador de este momento histórico es que da la sensación de que estamos frente a la bisagra de los tiempos. Nunca antes nuestra civilización se paró tan al borde del precipicio sin saber lo que puede pasar un paso más allá. En su momento, la mirada del director no era tan apocalíptica. “Mi postura es muy simple: no veo ningún problema en crear una máquina con consciencia, y no sé por qué querrían impedir su existencia. Creo que lo correcto sería ayudarla a existir. Así que, mientras que la mayoría de las películas sobre IA parten del miedo, esta nace de la esperanza y la admiración”. ¿Qué piensan ustedes? ¿Un mundo dominado por la IA sería esto mejor o peor que este que estamos gestando los humanos, como especie sensible y pensante?



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.