Cuando se plantea el interrogante acerca de cuál es el personaje más veces llevado al cine, dos son los que disputan el primer puesto.
Si es por antigüedad, Sherlock Holmes lleva la delantera, dado que el británico Arthur Conan Doyle (1859-1930) lo concibió antes, más precisamente en 1887. El otro es Drácula, publicado por el irlandés Bram Stoker (1847-1912), diez años después. Curiosamente ambos escritores eran amigos, conociéndose poco después de 1890, al compartir el mismo gusto por el teatro.
Es probable que, a nivel mundial, la celebridad del conde, cuyo castillo se encuentra en Transilvania (noreste de Rumania) sea mayor, inclusive a nivel cinematográfico. Drácula no está “muerto”, sería una afirmación referida a que se siguen filmando películas basadas, a veces libremente, en el afamado personaje. Una viene de estrenarse mundialmente en el Festival de Locarno, con el interés adicional de que Radu Jude (Sexo desafortunado porno loco; No esperes demasiado del fin del mundo), su realizador, es de origen rumano.

El otro dirigido, por el francés Luc Besson (Subway, Nikita) ya ha tenido estreno en muchos países, incluido Argentina en 2025. El objeto de la presente nota no es referirse exclusivamente a este film, sino también a los que lo han precedido a lo largo de más de cien años.
Se percibe que, en su ostensible intento de modernizarlo o quizás diferenciarlo de obras anteriores, el aporte del realizador de Subway y Nikita, ha sido magro. Y el mayor reparo es que se ha apartado en demasía de la obra original de Stoker. Vayan ejemplos tales como la ausencia de personajes centrales como Renfield y Van Helsing. Al profesor, experto en males misteriosos como los vampiros, lo reemplaza por un religioso (correcta elección de Christof Waltz), quien se ocupa de subrayar lo que podría denominarse un aprendizaje de los vampiros modernos, al afirmar que ya no serían afectados por las plantas de ajo ni ser detectados por la ausencia de su imagen en un espejo.
Algunos de los cambios en la trama de esta nueva edición de Drácula, ya estaban presentes en la versión de Francis Ford Coppola de 1992. Allí también había un prólogo muy vistoso visualmente y ausente en la novela, que situaba la acción en la época en que el Conde era derrotado por los turcos (segunda mitad del siglo XV). Como consecuencia de dicho revés, ello provocaba la muerte de Elisabeta y la consecuente renuncia del Conde a Dios y su afirmación de que “la sangre es vida”. La muerte de la mujer de Drácula transcurría en similar periodo, aunque de diferente modo: suicidio en la de Coppola y muerte accidental en la “Bessoniana”.

También es diverso el escenario en que transcurre parte de la trama, trescientos años después, hasta donde se deslaza el conde en procura de una mujer, que sea una reencarnación de su Elisabeta. Londres en el caso de la del director de El padrino París en la versión de Besson, cambio de locación que puede entenderse dada la nacionalidad de este último.
En verdad han transcurrido un poco más de tres siglos, ya que de 1480 la acción se desplaza a 1889, justo en el preciso momento en que Francia se dispone a celebrar el centenario de la Revolución Francesa. La imagen en que el carruaje que transporta a Drácula se acerca a Paris nos muestra, a cierta distancia de ella, a la torre Eiffel, inaugurada poco antes (15 de mayo de 1889). Hubiese sido deseable que el extenso episodio ambientado en momentos de la celebración no se hubiera limitado a mostrar los interiores de Versalles y Palais Royal, así como alos espectáculos callejeros en las inmediaciones de este último, omitiendo referencia alguna al significado histórico, social y mundial que tuvo el evento del 14 de julio de 1789.

Cuando la acción se desplaza nuevamente a los Cárpatos, donde se encuentra prisionero Harker, composición intrascendente de Ewens Abid, asistimos a los personajes vivientes de las gárgolas “vampíricas” que poco aportan a la estética del film. En esta nueva versión, las interpretaciones son mayormente irrelevantes, incluida la de Zoë Bleu (hija de Rosanna Arquette y con cierto parecido físico) en su doble rol de Elisabeta y Mina. Lamentable es la de Matilda de Angelis, como su amiga y vampira, siendo la actaución más encomiable la de Caleb Landry Jones (Dogman) que supera la de Gary Oldman, en opinión de este cronista.
En una entrevista a Besson, este señaló que no había visto la versión de Coppola, afirmación poco creíble, ya que, por ejemplo, reproduce, dentro de una iglesia, una imagen similar de un Cristo cuyas lágrimas son del color de la sangre. Si a ello se agrega el mismo comienzo durante la guerra contra los otomanos y sobre todo que privilegia, al igual que la versión de 1992, un enfoque romántico frente al clásico “terrorífico”, no ha sido sustancial ni enriquecedor el aporte del realizador francés.
Vale señalar que el libro original se conforma de textos pergeñados principalmente por unos pocos personajes, siendo Jonathan Harker el primero de ellos. Es con este con que se inician la mayoría de las versiones fílmicas (excluidas las dos ya mencionadas), cuando el joven abogado londinense se dirige al castillo localizado en las montañas (Cárpatos) en Transilvania, Su viaje, por cuestiones inmobiliarias, le es encargado por su empresa, dejando en Londres a Mina Murray, su prometida, a la que promete esposar apenas regresado de su presunta corta ausencia. Claro que, como el grueso de la acción transcurre en 1897, la duración de su periplo llevará varios dias. De todas las actrices que han personificado a Mina, la de Coppola (una joven Winona Ryder) que también compone a Elisabeta, es una de las que más airosa emerge en la composición de su personaje. Antes de retroceder varias décadas, a versiones anteriores de Drácula, merece un párrafo el Van Helsing (Anthony Hopkins) de Coppola, un personaje crispado, exento de la sobriedad de Peter Cushing en la versión inglesa (1958) con dirección de Terence Fisher.

El film de la Hammer tenía además al gran actor inglés Christopher Lee como Drácula, siendo la primera película importante que incorporó el color. Se trataba de un clásico film de género, el terror, que obras siguientes (Coppola, Besson) subvirtieron hacia tramas más románticas, sin descuidar crecientes dosis de erotismo y sexualidad.
Retrocediendo en el tiempo resulta insoslayable recalar en el año 1931, cuando Universal encargó a Tod Browning su realización, la que aún hoy puede considerarse la versión más cinematográfica de la historia. A Bela Lugosi lo acompañaban actores medianamente conocidos como David Manners (Jonathan Harker) y Edward Van Sloan (Van Helsing). En verdad el rol central de Lugosi había sido pensado para Lon Chaney, pero su muerte en 1930 impidió su concreción.

Nuestro viaje hacia el pasado en busca del primer Drácula fílmico nos conduce a la época del cine mudo. La película no lleva ese nombre sino el de Nosferatu, término que aparece en más de una oportunidad en la novela de Stoker, y que podría traducirse como “no vivo”, para no usar el término “muerto viviente”, que parece reservado más a los zombis.

El primer Nosferatu de Friedrich Wilhelm Murnau data de 1922 y su carrera comercial y legal tendría serios problemas, por los reclamos de parte de los herederos de Bram Stoker, que cuestionaron la utilización de la historia sin pagar lo derechos correspondientes. La mayoría de las copias fueron destruidas, pero algunas sobrevivieron.
Hubo al menos dos remakes, siendo la más célebre la de Werner Herzog de 1978 con un notable reparto compuesto por Klaus Kinski (Nosferatu), Isabelle Adjani (Lucy Harker) y Bruno Ganz (Jonathan Harker). Pero inclusive la más reciente de Robert Eggers (2024) no defrauda, rescatando la estética expresionista de la versión original.

De las innumerables versiones fílmicas de la obra de Bram Stoker, se pueden agregar dos más, el originalmente telefilm de Dan Curtis (1974) con Jack Palance y la de John Badham (1979) con Frank Langella, que completarían un recorrido por la historia de un personaje que bien merece llamarse “eterno” por partida doble.




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