No es la primera vez que hablamos de una película que ha salido del laboratorio del D’A Film Lab Barcelona, uno de los festivales de cine de autor más reconocidos en el panorama europeo. Como ejemplo de ello, hace algunas semanas reseñamos parte de la filmografía de Marc Ferrer —link—. En el artículo de hoy, os proponemos un giro de trescientos sesenta grados.

Partiendo de un autor con experiencia en la gran pantalla —como es Ferrer—, hoy nos centramos en la segunda película de una directora que, como este, también es catalana: Gemma Blasco, La Furia (2025). Dejamos por unos minutos el cine experimental y queer de Marc Ferrer, para volver a hablar de la violencia machista, ya que, al parecer, nunca es suficiente todo lo que podamos decir. Sin embargo, en su obra Blasco propone una mirada un tanto diferente. Partiendo de lo autobiográfico, nos presenta un relato sobre las consecuencias físicas y emocionales sin buscar una rendición ni una sanación. No le interesa.
«Cuando empecé a investigar películas de la temática mientras estudiaba cine, no encontré historias en las que yo me sintiera identificada con lo que veía en pantalla. Se relataba el proceso traumático desde un lugar de superación y un poco panfletario. Yo estaba sintiéndome por dentro como las Pinturas negras de Goya y decidí que algún día haría una peli que hablara desde mi lugar emocional, en ese tono, y desde la violencia» (Gemma Blasco)

Dicho y hecho. El cuerpo de la mujer es presentado en La Furia (2025) similar al de un jabalí degollado al que se le arranca la piel sin ninguna compasión. Una imagen que, no olvidemos, hace vomitar a la protagonista, Álex, quizás por símil o por comparación. Blasco construye desde la oscuridad y desde una venganza parcial que surge desde puntos diversos de lo corpóreo. Adrián, su hermano, ve como única respuesta la violencia, la sed de venganza, el golpe más crudo contra aquel que haya abusado de la hermana. Algo que no comparte del todo esta, que camina temblando gran parte de la película y busca en habitaciones cerradas la respuesta de una noche borrosa.

Estrenada mundialmente en el SXSW de Austin, la película entró en la Sección Oficial del Festival de Málaga con un elenco que sobresale casi por encima del relato. Ángela Cervantes, nominada dos veces al Goya por Chavalas (2021) de Carol Rodríguez i Colás, y La maternal (2022) de Pilar Palomero, encabeza el reparto interpretando a Álex, una joven que sufre una violación en la noche de Fin de Año. Su hermano, Adrián, interpretado por Àlex Monner, ocupa ese otro lugar, el de la venganza, el del dolor mental, la injusticia y la furia. En el momento en el que Álex decide contarle a su hermano lo sucedido, la directora escenifica a través de la distancia espacial la distancia con la que luego ellos se van a encontrar a la hora de enfrentar lo sucedido.

A pesar de que el trauma de Álex es siempre el punto central del relato, Blasco ofrece un catálogo de reacciones masculinas ante lo sucedido. La respuesta de los hombres ante la agresión se presenta en la película casi como un obstáculo, algo que la joven ha de sortear para seguir adelante. Dejando a un lado la contestación de Adrián, que busca el “cuidado” a través de esa rabia, cabe subrayar lo que sucede con la pareja sexual que Álex tiene en el momento en el que se produce la agresión, y la del ginecólogo que la atiende unos días después. Blasco nos ofrece un espectro de miradas en los que nos cuesta encontrar el cuidado o la preocupación.

Ante todas estas situaciones, Álex escoge la huida. Niega cuando el ginecólogo le pregunta por la cuestión de la violación. Y huye también cuando Samir, su pareja, le pregunta si está pasando algo. «Relájate», le dirá Samir, al intentar tener relaciones sexuales ella no se encuentra cómoda. Silencio. Estas figuras masculinas van desapareciendo de la vida de Álex y también del relato fílmico. De modo que la directora va encaminando a la protagonista hacia un callejón en el que únicamente encuentra la salvación en el teatro.
«¿Por qué seguimos haciendo las mismas tragedias una y otra vez? Incluso Medea.
Siempre hay algo que se pierde y algo que se renueva.
El mito le roba algo al pasado y nos lo devuelve»
Medea en La Furia (2025)
Más allá del universo técnico del que hablaremos más adelante, Gemma Blasco propone un potente juego metacinematográfico —o metateatral, en este caso— a la hora de construir el cuerpo de Álex, «la furia».
«El hermano gestiona esa rabia más desde la vida real, desde un instinto que se le escapa. Mientras que gracias al teatro, gracias a representar la obra Medea, Alex tiene otras armas para canalizar esa rabia y poder gestionarla»

Parte de la tragedia griega Medea, de Eurípides, estrenada en el año 431 a.C., y a partir de la vivencia de la protagonista encamina a su propia protagonista. La tragedia griega cuenta la historia de una mujer extranjera, Medea, que es traicionada por su esposo Jasón cuando éste decide casarse con la hija del rey Creonte. Ante la deshonra, Medea planea una venganza y decide enviar a la nueva novia regalos envenenados que acaban con su muerte y la del Rey. Pero para terminar de herir a Jasón, acaba asesinando a sus propios hijos y huye.
«Se dice de Medea que era la loca, la hechicera. Pero también es uno de los primeros personajes femeninos fuertes y autónomos. Hay algo en ese hecho de matar a sus hijos, “los mato porque son míos y este es mi dolor”, algo de apropiarte de tu propio dolor y decir: “lo voy a gestionar, voy a hacer algo por mi dolor”»
Y a través de una audición, Álex elige la escena como elemento canalizador. El dolor de Medea ha de ser ahora el suyo, la tribu que la juzga es también su rival a partir de ahora. Considera con qué crimen cargarás, Medea, repite una y otra vez. Pero cuando la directora le pregunta dónde esta ese crimen, cuál es su dolor, a Álex no le queda más que agarrarse a una escopeta para poder explicar algo. No hay palabras. Esta Medea actual es una caza, y no queda del todo claro quién es la víctima, quién mata a quien.
Quiero morir, amigas. Amigas, quiero morir.
La caza
Una vez «la caza» ha iniciado, Blasco presenta el dolor desde una fracción, dividiendo el físico del corpóreo y sentimental, y Álex lo encarna en ese tatuaje de la silueta desnuda que intenta bailar. Igual que ese pequeño cerdo que se cuela en la casa familiar, la vida de Álex se convierte en una cacería en busca del culpable. En la boda, lo sensorial comienza a adquirir una importancia crucial cuando es a través del olor como esta empieza a reconocer a ese cuerpo que la violó.

Es aquí cuando lo autobiográfico resurge, al recordar que Blasco no busca la sanación de la protagonista ni el aprendizaje que esta pueda sacar del trauma. Todo esto que te ha pasado, te servirá de algo, ¿sabes?, dice su hermano. Que te violen no sirve para nada.
«Surge de mi propia experiencia, porque cuando tenía 18 años me agredieron sexualmente. Y lograba encontrar en el cine, una mirada que me representara. Ni siquiera que hablara de la violencia sexual desde un lugar que no fuera panfletario, hablando de la mujer desde esa fragilidad o tratando de dar una moraleja. Quería hacer una película oscura, violenta e incómoda»
Lo físico en lo técnico
Lo que Gemma Blasco hace en La furia (2025) con el plano técnico responde a unas necesidades del relato muy específicas. De esa necesidad de representar lo «visceral» y «crudo», los recursos cinematográficos juegan a merced de lo argumental, como es el caso de la iluminación o el universo sonoro.
Blasco abre la película a través de unos títulos e intertítilos en rojo vivo que se alternan siguiendo el sonido de la música. Lo que sucede en el relato empieza alterando lo técnico desde estos primeros segundos y nos marca que el color rojo va a ser crucial en el desarrollo de lo cinematográfico. La sangre que no sale del cuerpo de Álex la ve ella misma reflejada en esos bustos inertes del teatro, donde los pezones gritan sin que nadie los escuche.

La furia (2025) no es exactamente una película rápida, pero su ritmo es veloz. Incluso cuando carece de diálogos, lo que le sucede dentro del cuerpo resuena en alto. El plano lumínico se construye a través de un juego de luces y sombras con el que se abre esa primera secuencia. Blasco aprovecha el poder de los recursos técnicos y aúna lo visual y lo sonoro en esas fiestas nocturnas donde, a pesar de la oscuridad, el espectador consigue ver lo que está sucediendo. La distorsión, los ruidos, la discoteca, la noche, la moto, el teatro… Todo forma parte esa realidad sin sentido en la que se encuentra Álex después de la violación.
«Quería usar todas las herramientas del cine para hacer una película oscura, violenta, incómoda. Oscura, porque lo que contamos es oscuro. Hemos intentado que tuviera cierto pulso, cierta incomodidad y que se correspondiera a nivel formal. Quería usar la imagen y el sonido, la iluminación, el color, los actores… o sea, todos los elementos a nuestra disposición, para hacer una película con mucha furia y muy oscura»
«Cuando empecé a investigar películas de la temática mientras estudiaba cine, no encontré historias en las que yo me sintiera identificada con lo que veía en pantalla. Se relataba el proceso traumático desde un lugar de superación y un poco panfletario. Yo estaba sintiéndome por dentro como las Pinturas negras de Goya y decidí que algún día haría una peli que hablara desde mi lugar emocional, en ese tono, y desde la violencia»

Pero la carrera de Blasco no comienza con esta película y, de hecho, Filmin recoge varios de sus trabajos como ejemplo de ello. Su cortometraje, Jauría (2018), disponible en la plataforma, fue seleccionado en el festival de Málaga y recibió el premio SGAE-Nova Autoria del Festival de Sitges. Presentó su ópera prima, El zoo (2019), en el D´A, también en Filmin.
Ahora con su última película, La furia (2025), ha recogido varios premios en el Festival de Málaga. La Biznaga a Mejor actriz Ángela Cervantes, Mejor actor de reparto para Àlex Monner y Mejor montaje para Didac Palou y Tomas Lopez.
Nahia Sillero.



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