Mickey 17 (2025): Un clonazo de Bong Joon-ho que no termina de cuajar 

Bong Joon-ho, el maestro surcoreano que nos dio Parasite y su bisturí social, regresa con Mickey 17 (2025), una adaptación del libro Mickey7 de Edward Ashton que intenta ser un cóctel de ciencia ficción, sátira y comedia negra. Con un presupuesto de 198 millones de dólares y un elenco liderado por Robert Pattinson, Naomi Ackie, Steven Yeun, Toni Collette y un Mark Ruffalo que parece parodiar a un dictador de reality show, la película promete explorar la explotación laboral y la colonización espacial con el sello irreverente de Bong. Pero, ¿es este viaje a Niflheim un nuevo clásico o un experimento que se pierde en su propia órbita? Aquí va una reseña astuta, con un toque de sarcasmo y una mirada crítica a este rompecabezas galáctico.

Un expendable en el espacio

Ambientada en 2050, Mickey 17 sigue a Mickey Barnes (Pattinson), un tipo corriente huyendo de un prestamista asesino. Para escapar, se enrola como “expendable” en una misión para colonizar el gélido planeta Niflheim, donde su trabajo es morir una y otra vez en tareas peligrosas —probar virus, respirar aire tóxico, ser incinerado— solo para ser “reimpreso” con sus recuerdos intactos. Cuando Mickey 17 sobrevive a un accidente que debería haberlo matado, la nave imprime a Mickey 18, creando un problema: las leyes prohíben múltiples clones, y los dos Mickeys deben coexistir en secreto, complicando su relación con su novia Nasha (Ackie) y enfrentándose a un líder megalómano, Kenneth Marshall (Ruffalo). La trama, salpicada de “creepers” alienígenas y un golpe de estado, es un caos narrativo que alterna entre lo hilarante y lo exasperante.

Lo que brilla: Pattinson y la sátira de Bong

Pattinson es el alma de la película, interpretando a Mickey 17 como un perdedor entrañable y a Mickey 18 como un doppelgänger con actitud de rockstar. Su química consigo mismo es un logro técnico y actoral, con momentos que mezclan comedia física y pathos existencial, como cuando ambos Mickeys discuten quién merece vivir mientras Nasha los observa con una mezcla de diversión y deseo. La sátira de Bong, aunque menos afilada que en Parasite, acierta al caricaturizar la explotación laboral: Mickey, un obrero desechable, es la metáfora perfecta de un sistema que usa y descarta a sus trabajadores. Los “creepers”, criaturas que parecen armadillos extraterrestres, añaden un toque de absurdo bongiano, recordando a los cerdos de Okja pero con menos carisma.

La producción es un espectáculo visual. La cinematografía de Darius Khondji (Uncut Gems) convierte Niflheim en un páramo helado de belleza inquietante, mientras la banda sonora de Jung Jae-il, grabada en Abbey Road, mezcla tonos melancólicos con crescendos épicos. Los primeros 20 minutos, con un montaje de las muertes de Mickey, son un torbellino de humor negro y ritmo vertiginoso que promete una obra maestra.

Lo que falla: Un guion que se desinfla

Desafortunadamente, Mickey 17 tropieza tras su arranque explosivo. El guion, escrito por Bong, se ahoga en subtramas —un romance con Nasha, un golpe liderado por Ruffalo, los creepers— que no se integran bien. La narrativa se siente como un rompecabezas con piezas de otro juego, y a sus 137 minutos, la película se arrastra como un clon defectuoso. La sátira política, con Ruffalo como un líder caricaturesco, es tan obvia que parece un chiste de TikTok estirado hasta el cansancio. Las ideas sobre clonación, identidad y colonialismo se plantean pero no se exploran con profundidad, dejando un regusto a oportunidad perdida. Por ejemplo, la diferencia entre los Mickeys (17 es sumiso, 18 es rebelde) es una gran premisa, pero se diluye en un montaje apresurado que no les da tiempo de brillar.

El uso excesivo de la narración de Pattinson, explicando cada giro como si el público no pudiera seguirle, es un insulto a la inteligencia. Y aunque los efectos visuales son impecables, el diseño de los creepers y la estética general de la nave carecen de la originalidad de Snowpiercer o The Host. Para cuando llega el clímax, un revoltijo de acción y moralina, la película parece más interesada en cerrar cabos que en dejar una marca.

Un punto de vista: El trabajo como muMuerte eterna

Lo más intrigante de Mickey 17 es su comentario sobre el trabajo en un futuro distópico. Mickey, condenado a morir y renacer para servir a una corporación espacial, encarna la pesadilla del capitalismo deshumanizado, donde los trabajadores son tan desechables como papel de impresora. Bong, fiel a su obsesión por la lucha de clases, usa a Mickey para cuestionar cómo los sistemas de poder sacrifican a los más vulnerables en nombre del progreso. Sin embargo, esta idea se pierde en un tercer acto que prioriza el espectáculo sobre la reflexión, como si Bong hubiera querido hacer un blockbuster de Hollywood en lugar de su habitual bisturí social.

Conclusión: Un experimento que no llega a órbita

Mickey 17 es un esfuerzo ambicioso que no alcanza la grandeza de Parasite ni la precisión de Snowpiercer. Pattinson brilla, y los destellos de humor negro y sátira son puro Bong, pero el guion desordenado y la falta de profundidad en sus temas hacen que la película se sienta como un clon imperfecto de las mejores obras del director. Es divertida, visualmente atractiva y con momentos memorables, pero no logra la trascendencia que promete. Si buscas ciencia ficción que provoque y divierta, vale la pena una visita al cine, pero no esperes un nuevo hito de Bong Joon-ho.

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