Una historia basada en hechos reales no implica necesariamente una historia cargada de lugares comunes. Ya sea porque esos propios hechos reales son excepcionales y no se asemejan a lo que solemos llamar clisés -la vida está llena de lugares comunes- o porque existe una decisión cinematográfico-narrativa que conduce esa historia y sus formas audiovisuales de contarla por carriles poco usuales, poco convencionales. Hay quienes deciden “huir” de los relatos más habituales, estereotípicos, tradicionales -en términos de industria- y pretenden otorgarle al proceso un sello personal, una impronta propia, un distintivo. Claramente, no es el caso de Jake Goldberger y esta Jugada de rey.

Aquí, la historia de Eugene Brown y su Big Chair Chess Club se traslada a la pantalla casi sin dejar de lado ninguno de los tópicos dominantes en los filmes de redención, superación personal y cuento con moraleja. Esto, en sí mismo, no significa ningún deshonor, de ninguna manera resulta un defecto o una falta; simplemente se trata de señalar que en Jugada de rey no nos encontraremos con nada nuevo ni singular, mucho menos sobresaliente. Como suele suceder, varios clisés funcionarán, por lo que no faltarán el entretenimiento, la acción y la sensibilización conmovedora. Todo transcurrirá amigablemente. Quizá lo más destacado resulte del hecho de tener al ajedrez como centro del relato.
Desde su surgimiento en 1991, este Big Chair Chess Club, un club de ajedrez creado por un exconvicto en un barrio absolutamente marginal del centro de Washington D. C., generó alianzas con escuelas locales y centros de detención juvenil, obtuvo cinco títulos de la ciudad y compitió en cuatro campeonatos nacionales (esto únicamente hasta 2013, fecha de producción de la película). El alcalde, incluso, declaró el 15 de junio como el Día del Club de Ajedrez Big Chair. Eugene Brown, su fundador y mentor, abrió la segunda sede de esta organización sin fines de lucro en Carolina del Norte, donde pasó a residir posteriormente y se ha dedicado a generar programas de ajedrez a través de distintas zonas de Estados Unidos.
El Eugene Brown del filme es Cuba Gooding Jr., el pilar fundamental de esta historia, a la que sostiene convincentemente como un ser humano que falló, delinquió, pagó las consecuencias -17 años en prisión-, reflexionó en torno a su vida y sus elecciones y que, cuando salió, intentó, y logró, modificar su forma de vivir. Ello trajo aparejado, a su vez, comenzar a modificar las de otros. Esos otros que se parecían mucho al Eugene de aquellos años en los que decidió optar por “el mal camino”. Un robo a mano armada lo separaría de su familia, de sus amigos, de su barrio. Pero el héroe de civil tendría la posibilidad de la liberación; una liberación que trascendería largamente la de las rejas.

En el filme, la posibilidad de redimirse incluirá a sus hijos, a uno de los cuales prácticamente -y sin prácticamente- no había visto crecer. Lamentablemente, al momento de su salida de la cárcel, aquel había seguido sus pasos casi sin darse cuenta y se encontraba en un correccional de menores por venta de estupefacientes. En el otro extremo, su hija mayor estudiaba Derecho. Los intentos de acercamiento a ellos y el ir y venir de ese reencuentro serán la trama paralela a la central: la creación del club de ajedrez y el intento de generar en chicos y chicas de un barrio golpeado desde diversos ángulos no solo una idea de futuro alejada del vicio y la delincuencia, sino, lisa y llanamente, generar la simple idea de futuro.
Es que el ajedrez fue el catalizador principal de su cambio de visión sobre las cosas. Se dio en la cárcel, donde encontró a un mentor de esos a los que solo les queda la libertad de su mente y brindan su tiempo y sus experiencias y aprendizajes. El ajedrez, entonces, será el maestro que enseñe -les enseñe, nos enseñe- que antes de mover una pieza, siempre hay que razonar. Y que pensar en el objetivo final, pensar en el largo plazo, hará que nuestra mente genere las estrategias para cosechar los mejores recorridos, los mejores caminos para alcanzar esa meta anhelada al final de la partida. Esto es lo que Eugene pretenderá trasladar a la vida, a la suya y a la de los jóvenes con los que se identificará y se vinculará desde ese lugar de maestro y protector (y Jake Goldberger pretenderá trasladar a las nuestras).
Y en ese devenir, aparecerá uno de los problemas fundamentales: hay caminos que los aprendices deben lograr recorrer solos. La paternidad que no ejerció en su momento no podrá ser sustituida por un paternalismo excesivo con estos nuevos “niños” con los que comenzará a cruzarse. La libertad, en definitiva, se obtiene cuando podemos optar entre nuestras distintas posibilidades evaluando responsablemente nuestras decisiones, sopesando racionalmente lo que tenemos para ganar y perder y decidiendo a partir de la asunción de las consecuencias que toda acción trae aparejadas. Eso también se denomina crecer.

Desde el comienzo mismo no habrá nada sencillo para Eugene: el programa de reinserción social no otorga el necesario dinero para vivir, su alojamiento no le resulta el más adecuado, para obtener trabajo dentro del programa de libertad condicional hay una larga lista de espera... Por su parte, los prejuicios en torno a los exconvictos resultan un escollo casi insalvable al momento de conseguir otro tipo de empleos, por lo que deberá mentir si desea una oportunidad medianamente digna. Como corresponde a estas historias, esa mentira será descubierta y sus avances parecerán no haber sido tales. A ello se sumará el rechazo constante de sus hijos...
La posibilidad de volver a los viejos negocios asomará como la vía rápida; ofrecimientos no le faltarán, tampoco presiones. Pero este Eugene no tomará el atajo. El ajedrez le ha enseñado a respetar las reglas. Dentro de ellas, todo, fuera de ellas, la historia tiende a repetirse. Eso transmitirá a los jóvenes de la escuela secundaria en la que comenzará a trabajar y con los que se topará en una clase de un modo fortuito. El tablero de ajedrez es como el tablero de la existencia, es necesario generar estrategias para sobrevivir. El rey es la vida misma y a la vida se la protege. He allí parte de sus enseñanzas.
Aquí, en Jugada de rey, las metáforas y los símbolos estarán todos explicitados, Jake Goldberger dejará poco para nuestra reflexión autónoma. Los subrayados y la editorialización serán una constante. No parece confiar en la herramienta audiovisual para que alcancemos el mensaje. La palabra se reiterará casi en términos de subestimación del espectador, explicando una y otra vez las alegorías. Los peones se encuentran en la primera línea de fuego, serán las primeras bajas y nadie reparará particularmente en ellos. Mientras tanto, el rey continuará a salvo, alejado del frente de batalla. Entre los estudiantes hay un dealer; es el peón, quien a su vez arrastra a otros. El jefe jamás se ensucia las manos ni arriesga su pellejo, solo recibe los beneficios. Eugene conoce bien esa historia.

La superación no sería tal si al intentar levantar cabeza y recibir los primeros cachetazos, el héroe se desmoronara. Como es habitual, parecerá que así será. Sin embargo, sus primeras huellas ya han sido trazadas y habrá quien venga en su auxilio. El club de ajedrez vandalizado recomenzará sus actividades con renovados bríos, aunque algún peón perdido duela profundamente. La partida continúa y no culmina hasta que culmina.
Eugene será la inspiración para muchos chicos y chicas a los que la vida parece darles la espalda. Es necesario y marca la diferencia; el héroe impone su liderazgo. En este caso, sin autoritarismos, únicamente a través del ejemplo, el carisma y la perseverancia. Eugene no ocultará su historia, la utilizará como catapulta para esos nuevos Eugene perdidos.
En medio de este proceso, conoceremos sucintamente los factores socio-económico-culturales que condicionan de algún modo esas vidas. Se hablará de raza, de clase social, en algún sentido también de patriarcado. Entenderemos -Goldberger intentará que entendamos- por qué es “lógico” que estos pequeños hombres y mujeres pretendan la salida rápida, el dinero fácil. También entenderemos los negocios afectados si algunas cosas cambiaran.
De todos modos, en ningún caso se cuestionarán esos condicionamientos desde su raíz ni se planteará que los cambios deberían ser estructurales, tanto en su base material cuanto cultural. Como es habitual en el cine estadounidense más tradicional, una herramienta más en la construcción de la idea y la cultura del self-made man, todo se resolverá en base al esfuerzo individual, la entereza, la tenacidad y, a lo sumo, la colaboración de la pequeña comunidad local; siempre con la presencia del pionero.
La historia culminará con la visión del ajedrez también como salida laboral y el crescendo dramático que derivará en la épica. Una épica adecuada al contexto, una épica menor si se quiere, pero épica al fin, que incorporará la competición en torneos de ajedrez en los que, también como es habitual, el más talentoso del grupo sobresaldrá de alguna manera. Para ello, al “don” natural le habrá incorporado el respeto a las normas.
Pensar antes de mover te puede salvar la vida... siempre que sea dentro de las reglas preestablecidas.

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Ficha técnica
Título original: Life of a king
EE. UU., 2013, 100 min.
Dirección: Jake Goldberger
Producción: Tatiana Kelly, Jim Young
Guion: Jake Goldberger, David Scott, Dan Wetzel
Fotografía: Mark Schwartzbard
Música: Eric V. Hachikian
Edición: Julie Garcés
Elenco: Cuba Gooding Jr. (Eugene), Malcolm M. Mays (Tahime), Kevin Hendricks (Peanut), Alani Ilongwe (Clifton), Dennis Haysbert (Searcy), Rachae Thomas (Katrina), LisaGay Hamilton (Sheila King), Richard T. Jones (Perry)




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