
En el reino de Valmora, donde los ríos se teñían de oro al atardecer y la gente vivía con la certeza de que el mundo era puro y sin magia, nació Aurelian Thorne. Desde muy joven, Aurelian se sintió fascinado por una idea que muchos consideraban absurda o incluso blasfema: vencer a la muerte.
Su infancia estuvo marcada por largas horas en bibliotecas olvidadas, leyendo crónicas antiguas de otras civilizaciones. Aunque los sabios aseguraban que las “artes ocultas” eran solo mitos de tiempos lejanos, Aurelian sospechaba que la historia oficial estaba incompleta, que la magia había existido… y que quizá, en algún rincón prohibido, aún persistía.
I. El deseo que no muere
Mientras sus amigos pensaban en formar familias o heredar talleres, él pensaba en fórmulas para prolongar la vida. No era amor por la ciencia, sino miedo al fin. La muerte, para Aurelian, no era una etapa natural: era un error que debía corregirse.
Aprendió anatomía para entender los secretos del cuerpo, filosofía para justificar su obsesión, y estudió las leyendas de héroes que “habían tocado la eternidad” para hallar pistas escondidas. Durante décadas, trabajó y viajó por reinos y desiertos, cada vez más viejo, cada vez más desesperado.
II. El último umbral
A los ochenta y nueve años, con el cuerpo frágil y la respiración corta, Aurelian vagaba solo por las montañas heladas del norte. Allí encontró algo imposible: un monolito negro cubierto de runas que parecían desplazarse bajo la piedra como insectos de luz.
Cuando colocó su mano sobre la fría superficie, el aire se volvió pesado y el cielo se oscureció. Una voz, profunda como el eco de una caverna, habló:
“Puedes vivir para siempre. Pero al tomar este don, romperás un sello que no debe romperse”.
Sin pedir detalles, Aurelian aceptó.
III. El renacer y la fractura
La energía lo atravesó como fuego líquido. Sus huesos se enderezaron, su piel recuperó la tersura, sus cabellos blanquecinos se volvieron negros como la obsidiana. Había vuelto a ser joven… y algo más: su interior ardía con una fuerza extraña.
En ese mismo instante, una onda invisible se expandió desde el monolito. Desde las minas hasta los mares, desde aldeas remotas hasta las ciudades más populosas, la magia despertó. Aureolas de fuego llovían del cielo, animales adquirían lenguaje, y portales inciertos aparecían en las plazas.
El mundo había cambiado para siempre.
IV. Los Guardianes del Multiverso
Más allá del tiempo y el espacio, los Guardianes del Multiverso sintieron la ruptura. Aquel mundo estaba marcado como “no-mágico” por razones que solo ellos conocían, y ahora su tejido estaba contaminado con energía arcana.
Los Guardianes descendieron, imponentes, con armaduras forjadas de luz y armas que podían desgarrar la realidad. Interrogaron reyes, destruyeron altares, sellaron portales… y comenzaron la cacería del responsable.
V. El hombre que no existe
Pero Aurelian, rejuvenecido, ya no era el anciano que todos conocían. Cambió de rostro con alquimia, de nombre con astucia, y de lugar con frecuencia. A veces era un joven mercader, otras un soldado errante o un pintor de retratos.
Su talento para la magia crecía, pero nunca la mostraba abiertamente. Era un espectro entre la multitud, siempre al margen de la mirada de los Guardianes.
VI. Siglos de persecución
Durante generaciones, los Guardianes buscaron sin descanso. Algunos cayeron en la desesperanza, otros en la obsesión. Se crearon órdenes secretas que juraban hallar al culpable, y ciudades enteras fueron arrasadas por sospechas erróneas.
Aurelian lo observaba todo desde las sombras, con la paciencia que solo un inmortal podía tener. Comprendió que el verdadero poder no era la magia ni la juventud, sino el anonimato absoluto.
VII. La leyenda prohibida
Pasaron siglos. El mundo, ahora lleno de magia, había olvidado cómo era vivir sin ella. La historia del “hombre que robó la eternidad” se convirtió en un mito contado en susurros alrededor de las hogueras.
En una taberna de puerto, un anciano narraba:
“Dicen que aún camina entre nosotros, con la misma juventud de cuando comenzó. Y que, algún día, volverá a romper el equilibrio”.
En un rincón, un joven de ojos oscuros levantó su copa y sonrió apenas. Nadie reconoció en él al verdadero Aurelian Thorne.
Porque nadie podía reconocerlo. Y así, mientras los mundos se adaptaban a una nueva era de magia, el responsable de todo caminaba libre, eterno e intocable.
Por Aneudy Valdez R.




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