Una "pelicula" fuera de los parámetros clásicos del relato cinematográfico | Homo Argentum | Sentido Critico  

Definir qué es Homo Argentum ya es, en sí mismo, una discusión. ¿Es cine? Sí, claro. ¿Es una película tradicional con su arco narrativo de introducción, conflicto y desenlace? No, para nada. Eso puede incomodar a quienes esperan una historia “redonda”. Mariano Cohn y Gastón Duprat nos presentan 16 microhistorias (de un total de más de 40 que tenían en carpeta) unidas por un único elemento en común: el inagotable carisma de Guillermo Francella.

Lo primero que me pasó es que me encontré riéndome mucho más de lo que esperaba. No de esa risa ocasional que te saca un gag aislado, sino de la risa sostenida, esa carcajada cómplice que te hace mirar al costado del cine para confirmar que no sos el único al que le está pasando. Claro, era un contagio generalizado: Homo Argentum no pretende disimular nada: es un catálogo de porteñismos, de miserias cotidianas, de esas escenas que uno escuchó en la mesa familiar o en el café del barrio.

El gran punto de quiebre es la forma. Cohn y Duprat arman algo que está más cerca del formato sketch televisivo que de la narración cinematográfica. Sin embargo, la diferencia está en el envoltorio: la fotografía cuidada, la puesta en escena pensada al detalle, los encuadres que juegan con la incomodidad y el timing para que Guillermo Francella despliegue todo su arsenal actoral. Si uno compara, no es Todo por dos pesos ni un compilado de “mejores momentos de Francella” en TikTok, es otra cosa. Es cine que se ríe del propio concepto de “gran relato” y que, en esa fragmentación, encuentra su potencia.

Claro, no todas las piezas funcionan igual: algunas tienen una gracia inmediata, un chiste corto y efectivo, otras parecen quedarse en la anécdota sin llegar a redondear un remate pero esa irregularidad es parte del ADN de la propuesta. La película no se construye como un todo uniforme, sino como una sucesión de momentos donde la apuesta está en la identificación: ¿viste a alguien así? ¿conocés a un porteño de este estilo? Spoiler: sí, todos conocemos a varios.

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Hablar de Francella es hablar de un actor que ya no necesita pruebas. Acá demuestra que puede sostener un experimento de este tipo con muchisima facilidad. En cada sketch se metamorfosea, cambia de registro, juega con su cuerpo, su voz, su timing y lo notable es que no se percibe como un desfile de personajes sueltos, sino como un repertorio que dialoga entre sí. Francella tiene esa capacidad única de hacer reír incluso cuando el texto no es brillante, porque su sola presencia genera el efecto cómico.

Hay momentos donde parece mirar al espectador sin romper la cuarta pared, apenas con un gesto mínimo. Eso genera complicidad: uno sabe que se ríe de algo que también es parte de uno mismo. Esa es la magia de Francella, y probablemente lo que más incomode a quienes no lo soportan: logra exponer miserias comunes con tal naturalidad que no queda otra que soltar la carcajada.

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Lo curioso fue la recepción. Homo Argentum está recibiendo mucho hate por cuestiones políticas, como si la película fuera un manifiesto ideológico en lugar de un espejo costumbrista. Pero, sinceramente, lo que yo vi no es ni panfleto ni propaganda: es, más bien, un retrato satírico de la sociedad porteña de clase media-baja (y media en caída libre). El que se ofende, probablemente se está viendo demasiado reflejado.

Cohn y Duprat nunca fueron sutileza pura. Les gusta exagerar, poner la lupa en la ridiculez del “homo porteño promedio” y llevarla al borde del absurdo. En ese sentido, la cinta es una obra profundamente local. Difícilmente un espectador europeo capte la carga completa de chistes internos, modismos y guiños sociales. Esto es cine pensado para el consumo interno, casi un espejo comunitario, un espejo que duele y divierte por igual.

Sería injusto decir que esto es solo Francella y nada más. Hay un trabajo formal que sostiene la propuesta. La fotografía es clara, limpia, con un énfasis en los interiores cerrados, en las oficinas, en las casas porteñas que parecen siempre demasiado chicas para contener los egos desbordados. La cámara de Cohn y Duprat sigue jugando con planos fijos y cortes secos, ese minimalismo que ya conocíamos de El ciudadano ilustre o Competencia oficial, pero acá con un aire de laboratorio.

El montaje es rápido, ágil, con un ritmo que recuerda más a la edición de un reel que a la cadencia del cine clásico. Pero cuidado: no es un “quiero ser TikTok”, es un uso consciente de la fragmentación audiovisual. Tal vez la mayor crítica técnica que pueda hacer es que, hacia el final, se siente un desgaste. El humor necesita oxígeno, y la repetición del recurso sketch tras sketch genera cierta fatiga.

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Lo último que quiero subrayar es la experiencia en sala. Este tipo de películas gana muchísimo con el efecto contagio de la risa colectiva. Viéndola en casa, probablemente el resultado no sea el mismo. En el cine, con la carcajada generalizada, la película se amplifica, se vuelve más grande de lo que realmente es que, a fin de cuentas, también es cine: un ritual compartido.


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