El conflicto Tierra de policías en se presenta cuando un joven policía heroico, nada menos que el sobrino de Ray, mata a dos hombres afroamericanos durante una persecución en una autopista al creer que le apuntaban con armas largas. A la escena del crimen llega su tío Ray y sus súbditos para intentar plantar un arma, pero todo se desmadra porque el sobrino se suicida tirándose de un puente. Lo que parece un caso cerrado con una doble tragedia toma un rumbo inesperado -o no tanto para el espectador- cuando el sheriff Freddy ve a este joven policía escondido en los asientos traseros del auto de Ray. Este personaje es, también, el artífice de que Freddy pueda ocupar un puesto de policía, a pesar de ser sordo de un oído lo que le impidió entrar a la NYPD. Los favores son los que le permite a Ray tener un control total sobre las vidas de los habitantes del pueblo. Es así como una situación extraordinaria se escapa y comienza a generar una bola de nieve imposible de frenar, más allá del intento por resolver el tema de su sobrino, lo que se despierta de todo ello es el cuestionamiento por parte de Freddy. En ese personaje hay una construcción de héroe clásico; uno que se pregunta, a partir de un disparador, qué es lo que sucede con el funcionamiento de un sistema, en este caso que está podrido desde los inicios. También, en esa línea de personajes, carga a cuestas con una maldición por haber hecho un bien, tras salvar a una chica después de un accidente automovilístico perdió la audición de un oído, de ahí la imposibilidad de convertirse en policía, que era su sueño más anhelado.
La subtrama de Figgsy (un confidente de Freddy además de ser parte del núcleo duro de policías que siguen a Ray) es la más humana dentro del hilvanado narrativo principal. Que la biblia de su personaje lo muestre gris hace que pueda fluctuar entre los dos mundos; de pasar de estar en una reunión con Ray a darle consejos a Freddy o ayudarlo a llegar a su casa después de una borrachera. En el medio un montón de gusanos destapados que estaban en una olla a presión, muy habitual del concepto de “pueblo chico, infierno grande”. Algunas de esas historias tienen un desarrollo mínimo, otras funcionan mejor como el caso del policía Joey Randone (el ahora “auteur” Peter Berg) que es literalmente soltado de la mano de Ray, después de un episodio de infidelidad con la esposa de este.

Entre todo el elenco estelar, uno que veraderamente interesa es un actor poco conocido: Arthur J. Nascarella. Probablemente este nombre no prenda ninguna lamparita de nada, y eso está bien, tampoco es que vengo a correr un velo. Me gustaría hablarles del querido Nascarella, así como alguna vez en este espacio le dediqué quién sabe cuántos caracteres a hablar de Randy Jurgensen (un policía de Nueva York que empezó a trabajar de consultor para William Friedkin y terminó delante de cámara en varias de sus películas). La primera película en la que Nescarella apareció como actor fue Guns of Dragon (Hu xue tu long zhi hong tian xian Jing, 1993), una de acción hongkonesa filmada en Nueva York y que dirigió Siu-Hung Leung, mayormente especialista marcial en diferentes producciones. La cara de tano de Nascarella lo llevó sin mucho esfuerzo a interpretar papeles de mafioso o de policía. Estuvo en “Los Soprano”, por supuesto en diferentes roles de invitado en casi todas las versiones de “La Ley y el Orden”, pero hizo un camino más estable como recurrente en películas de Spike Lee: S.O.S verano infernal (Summer of Sam, 1997), El juego sagrado (He Got Game, 1998), El infiltrado del KKKlan (BlacKKKlansman, 2018), entre otras. También lo vimos en Vidas al límite (Bringing Out the Dead, 1999) de Martin Scorsese. El querido Arthur Nascarella no está a la altura de Randy Jurgensen ni tampoco del enorme Dennis Farina, pero su capacidad para repetir diálogos sin trabarse y su figura hacen de él un rostro que engalana.
A propósito de lo último, la gran falla de Tierra de policías está en el elenco. La idea no está apoyada en la calidad de los actores y de las actrices que aparecen, en absoluto, sino en como el brillo de las presencias famosas pudo haber opacado ciertas cualidades que los personajes tenían por derecho propio. Por ejemplo, en el caso del protagonista Freddy, al estar interpretado por una estrella del cine de acción como Sylvester Stallone, las expectativas de que en algún momento sacara una ametralladora y comenzara a bajar muñecos a mansalva era total, cuando su rol está estructurado para ser un héroe de clase trabajadora, maltrecho y golpeado por la vida y las malas decisiones. Es decir, Stallone en la década de 1990 no podía ser Rocky porque ya era un nombre famoso a nivel global, esa bala de plata estaba usada. Más allá del intento por mostrar su figura arrasada por los carbohidratos, seguía siendo Stallone. La presencia de Robert De Niro. Su construcción de agente de Asuntos Internos es el de uno que tira un petardo y se va. Más allá del mito construido sobre la escena del sándwich y la improvisación con Stallone, todo está reducido a una simple aparición estelar, y para colmo repite el look de Rupert Pupkin, al usar ese bigote a lo Tony Clifton, el personaje trash inventado por Andy Kaufman. Hay una sensación de cadena de aceptaciones generada a partir de “mirá que va a estar tal”, “ok, entonces anotame que te voy una semana”. Se sabe la historia de que todos cobraron el mínimo de entonces establecido por el sindicato de actores, eso también ayudó a generar una serie de rumores y elevar la película a un nivel que no necesitaba.

Las películas de Miramax convertidas en grandes éxitos, las que se concibieron dentro de un modo de producción pequeño, no fueron vendidas a partir de su elenco multiestelar, y por ello podemos tomar el caso de Tiempos violentos (Pulp Fiction, 1994). John Travolta, Samuel L. Jackson, Uma Thurman, Ving Rhames, Eric Stolz, Rossana Arquette y Tim Roth no eran figuras. Travolta venía de hacer Mira quien habla ahora (Look Who’s Talking Now, 1993), la segunda secuela de Mira quien habla (Look Who’s Talking, 1990) y Jackson hacía apariciones pequeñas, hasta ese momento su rol más importante había sido en Jurassic Park (1993). Por lo tanto, que a Tierra de policías con una narración tan simple y contenida se le inundara de estrellas le jugó en contra. Nadie niega que hay una buena mano de Mangold, siendo su segunda película, para controlar todo y salir con suficiente aire porque es sólida, pero no es un policial como los de Lumet, que eran más sobre policías que sobre casos policiales y eso permitía desarrollar los dramas en un carácter más espeso.
Los actores y actrices pueden contribuir a la existencia de un proyecto, muchas veces los motorizan y los hacen posible ellos solos, aunque en otras oportunidades son el verdadero problema. Por eso es que un rostro familiar no garantiza el éxito, ni tampoco puede tapar baches de guión ni mucho menos ocultar una serie de malas decisiones de dirección. Desde aquí les invitó a (re) ver Tierra de policías y a pensar que otra película podría estar ahí atrás como si se tratara de un fundido encadenado de 105 minutos.



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