Mike Flanagan, el autoproclamado "fan número uno" de Stephen King, nos entrega The Life of Chuck (2025), una adaptación de la novela corta del mismo nombre incluida en If It Bleeds (2020). Este no es el King de sustos baratos ni de payasos demoníacos, sino el que teje fábulas introspectivas con un toque de lo cósmico. La película, estructurada en tres actos narrados en orden inverso, es un experimento audaz que intenta equilibrar lo sublime con lo sentimental, aunque a veces tropieza con su propio entusiasmo.

Acto I: El fin del mundo con un toque de WTF
El primer acto nos arroja a un mundo al borde del colapso: internet cae, los terremotos sacuden California, y hasta las estrellas parecen darse de baja del cielo nocturno. En medio de este caos, carteles misteriosos agradecen a un tal Chuck Krantz por "39 grandes años". Chiwetel Ejiofor, como el profesor Marty Anderson, y Karen Gillan, como su exesposa Felicia, navegan esta distopía con una mezcla de resignación y desconcierto. La pregunta que flota es: ¿quién demonios es Chuck y por qué todos parecen rendirle homenaje mientras el mundo se va al carajo? Este segmento es intrigante, con un aire de ciencia ficción existencial que recuerda a Melancolía de Lars von Trier, pero con menos pretensión y más humor negro. Sin embargo, la narración de Nick Offerman, que pretende ser profunda, a veces suena como un audiolibro de autoayuda que se toma demasiado en serio.
Acto II: El baile que todos quieren meme
El segundo acto retrocede para presentarnos a Chuck (Tom Hiddleston) en su apogeo. Aburrido en una conferencia de contadores, Chuck se topa con una baterista callejera (Taylor Gordon) y, de repente, se lanza a una coreografía improvisada que es puro carpe diem. Hiddleston, con su carisma de Loki descafeinado, hace que este momento sea tan encantador como ridículo. La escena, que dura unos diez minutos, parece gritar: "¡Mírame, soy viral!" Es el corazón emocional de la película, y aunque funciona por su descarada sinceridad, no puede evitar sentirse como un comercial de seguros de vida con esteroides. Aquí, Flanagan abraza el lado más cursi de King, y aunque te saca una sonrisa, también te hace alzar una ceja.
Acto III: La infancia y los fantasmas
El tercer acto nos lleva a la niñez de Chuck, con sus abuelos (Mark Hamill y Mia Sara) en una casa que podría estar embrujada. Hamill, con su aura de Luke Skywalker resabiado, roba cada escena con una mezcla de calidez y dolor que da profundidad al relato. Este segmento, el más extenso, explora las pérdidas que moldean a Chuck y su amor por el baile, aprendido de su abuela. Hay un toque sobrenatural con una puerta prohibida en el ático, pero Flanagan lo mantiene ambiguo, lo que es un acierto: menos It y más Stand by Me. Sin embargo, la película aquí se regodea un poco en la nostalgia, y el mensaje de "todos contenemos multitudes" (gracias, Walt Whitman) se siente machacado con la sutileza de un martillo.
El veredicto: ¿Triunfo o tropiezo?
The Life of Chuck es un mosaico emocional que no siempre encaja sus piezas. Flanagan captura la esencia agridulce de King, pero su reverencia por el autor a veces lo lleva a abrazar la cursilería sin cuestionarla. Las actuaciones son un punto fuerte: Hiddleston baila con gracia, Ejiofor aporta gravitas, y Hamill es un tesoro. Pero la narración omnipresente y la estructura inversa, aunque ingeniosas, pueden dejar al espectador preguntándose si todo esto lleva a alguna parte o si es solo un ejercicio de estilo. Es como si Flanagan quisiera que llores, rías y reflexiones sobre la mortalidad, todo mientras te pregunta si ya pagaste tu suscripción a Netflix.
No es una película de terror, sino una fábula sobre la vida, la muerte y los momentos que nos definen. Si te gusta el King más introspectivo (The Green Mile, The Shawshank Redemption), te encontrarás en casa. Si buscas sustos o respuestas claras, te irás con más preguntas que un filósofo en crisis existencial. En resumen, The Life of Chuck es una experiencia polarizante: o te enamoras de su corazón gigante o te exasperas con su exceso de azúcar. Yo me inclino por lo primero, pero no sin antes pedirle a Flanagan que baje un poco el volumen de la banda sonora emocional.




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