Soy leyenda: mejor solo 

Cuando Soy leyenda se estrenó en Argentina fue el primer lanzamiento cinematográfico del año 2008: apareció, solitaria, el 1 de enero en las salas. En otros países se había estrenado en diciembre de 2017, pero en Argentina ya no solía haber estrenos grandes en cada diciembre. La gente, en algún momento de fines de los años noventa del siglo pasado, había dejado de ir al cine en el último mes del año, y las cifras de taquilla de diciembre se habían convertido en magras. Las rutinas del público habían cambiando y, para citar otra película con vampiros, ya no era normal que se estrenara un título grande como Drácula de Francis Ford Coppola el día de Navidad (IMDb dice otra cosa, pero en este caso confío más en mi memoria). Soy leyenda, de 2007 pero estrenada en Argentina en 2008, marcaba entonces el comienzo de otro año de cine, y deslumbraba más y mejor en sus momentos de rutina. No se entienda esto como elogio al cine rutinario, hecho a desgano tanto en la industria como en las pseudoindustrias y en las diversas independencias, sino a los momentos de acciones rutinarias mostradas por Soy leyenda. La rutina de Robert Neville, "el último hombre".

Will Smith, mucho antes de su probable mejor actuación como padre de tenistas y antes de su momento de reacción violenta en los Oscar, ya peinaba canas y era por ese entonces un conspicuo habitante de la ciencia ficción, ya acostumbrado a los robots y a los extraterrestres de toda laya. En Soy leyenda Will Smith es Robert Neville. Neville vive en Nueva York con su ovejero alemán y un montón de humanos devenidos en zombis-vampiros con los que no se quiere encontrar más que para cazar alguno y continuar probando versiones de la vacuna que revierta el proceso de infección y contagio a gran escala motivado por lo que originalmente era la cura para el cáncer. Los coches detenidos y amontonados por todos lados -huellas de los últimos intentos de evacuación, huellas de otras evacuaciones reales y ficcionales- son de potente fealdad, un estorbo, unas latas. Ciervos y leones hacen la suya y Neville y su perra cumplen con sus rutinas. Neville es un hombre que ha aprendido a vivir depurando sus días y resguardando sus noches. Neville existe, resiste y exprime su jornada, e intenta mantener el equilibrio en soledad. Su perra, los maniquíes, las películas en DVD, su constancia, su disciplina, la música de Bob Marley lo alejan de la desesperación siempre al acecho. Neville pone una y otra vez el CD Leyenda, al que califica del mejor que se haya hecho jamás. Neville soy leyenda intenta mejorarse día a día, intentando evitar el enloquecimiento con ascetismo. Este Robert Neville es de la misma raza que el Jef Costello interpretado por Alain Delon en El Samurai de Jean-Pierre Melville. Su rutina y su rigor son claves. De su casa entendida como fortaleza inhallable e inexpugnable depende su fortaleza individual. El animal que tiene casi como segunda piel funciona, real y metafóricamente, como primera línea de defensa. La Nueva York post apocalíptica, desierta, apenas surcada por animales, está lograda con inusitada potencia y un realismo tan fuerte como bellamente triste. El diseño de producción y los efectos visuales y sonoros se integran con el mundo real o, mejor, hacen realidad un mundo. Efectos de hace casi dos décadas, cuando -como siempre- creíamos que estábamos en un momento de gran avance tecnológico para hacer real lo imposible, o lo improbable.

La ciudad vacía da miedo e invita a la contemplación nerviosa. Y a recordar el comienzo de “Pantalla del mundo nuevo” de Riff y la voz de Pappo: “La ciudad del mundo nuevo duerme su sueño de paz, ve la vida en un video y se le va la vida, creo. Megáfonos recomiendan, use máscara de gas, hay oxígeno vencido en esta farsa de la paz. Humanoides disidentes viven la alerta total, y heroicos sobrevivientes darán el golpe ¡final!” Y claro, una ciudad vacía es mucho más sospechosa que una gran extensión vacía en la naturaleza: las ciudades y sus pasadizos, sus huecos, sus sombras y sus amenazas de escalofríos repentinos. Francis Lawrence, el director de Soy leyenda, dijo haberse inspirado, para filmar la ciudad, en los paisajes de los westerns de John Ford. Si bien Ford ha sido o es -o debería ser- una influencia inevitable, consciente o inconsciente para el cine americano, no deja de ser significativo que se lo invoque para una película cuya casi totalidad transcurre en la máxima metrópoli del siglo XX, convertida para la ocasión en territorio de western, de frontera solitaria, de última línea de resistencia. Robert Neville será así un -otro- Ethan Edwards marginado de la sociedad futura. Soy leyenda traslada a Ford al espacio urbano arrasado y esa poesía de The Searchers (Más corazón que odio) se queda en la ciudad.

Los planos finales, fuera de Nueva York, henchidos de belleza buscada de manera demasiado inmediata, ya no respiran libertad cinematográfica. Es como si esta película, y tantas otras del siglo XXI, no supieran qué hacer luego de planteos intrigantes, subyugantes, impactantes, interesantes en general. Así, las primeras mitades de muchas películas del mainstream del Hollywood de las últimas décadas suelen ser mejores que las segundas. Para acercarse con mayor seguridad a la resolución, es conveniente saber hacia dónde se va. De lo contrario, se corre el riesgo de extraviarse; por ejemplo en simplicidades religiosas, como le pasa a Soy leyenda. Como decía Roberto Pagés en Cinéfilos a la intemperie, desde los sesenta del siglo XX el cine americano ha perdido el centro. Ese lugar desde donde se mira hace rato que no es claro y tal vez nunca vuelva a serlo o no lo sea por mucho tiempo (o lo sea apenas por modas o conveniencias que se van probando más efímeras que lo que se pudo llegar a creer), por lo menos en las películas con pretensión de ser relatos colectivos. Aunque, bueno, a fin de cuentas, quizás la indefinición no sea mala per se: de ahí la inteligencia de Spielberg al elegir cómo y cuándo terminar su La guerra de los mundos, con ese -otro- Ethan Edwards interpretado por Cruise. Los cierres no recargados siguen reverberando. Lo supo Spielberg en La guerra de los mundos, aunque no en Rescatando al soldado Ryan. Soy leyenda abre el juego en sus dos primeros tercios. Sus momentos abiertos son sus momentos de esplendor. Las rutinas y los silencios de Robert Neville -o las palabras dirigidas a la perra- multiplican los significados, despliegan el relato, permiten armar secuencias con pocos elementos, casi como enigmas lógicos. En ese sentido, es ejemplar la que comienza con el maniquí fuera de lugar. Un elemento particular, un desplazamiento, una perturbación de una rutina, una tensión notablemente cinematográfica. En la acumulación de elementos es donde los mecanismos de Soy leyenda pierden la notable fluidez con la que impactan cuando están al servicio del show de un solo hombre, o de un hombre solo. En la introducción de más personajes hay dos variantes. Una son los flashbacks, cortos y funcionales. Otra es la del último tercio, que empieza a anclar los sentidos -con conversaciones de referencia directa, con señales literales- de una buena película que había nacido más libre pero que no llegó a cumplir completamente sus promesas.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 6
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.