El estreno nacional más grande del año generó todo tipo de polémicas, fanáticos y detractores. Pero, ¿qué hay más allá de la controversia?

Mucho se ha dicho sobre esta película desde su estreno. Sin meterme en posturas partidarias, confieso que, a nivel técnico, no me pareció la gran cosa. Definitivamente Cohn y Duprat pueden -y han hecho- cosas mejores. Eso sí; no hay forma de que la participación publicitaria de marcas en la película pase inadvertida. Porque no es que la marca aparece en el fondo, o a un costado del personaje. Figuran bien en grande, con planos generales de los establecimientos y primeros planos de las marcas y sus logos. La publicidad como forma de financiamiento es un recurso que quizás no se emplea con tanta frecuencia en películas locales, y que definitivamente conforma toda una alternativa para solventar los altos costos de producciones grandes. Pero cuando los sponsors son tan evidentes y remarcados, las historias se transforman en spots publicitarios.
No creo que el formato de 16 mini-historias con sus protagonistas -que, dicho sea de paso, algunos de ellos son bastante similares entre sí- haya funcionado del todo. Fundamentalmente, y he aquí para mí el principal problema de la película, porque no siente como tal; se siente como un conjunto de cortos. Si hubiera querido ver una seguidilla de cortometrajes temáticos, cada uno con su propio título, hubiera comprado entradas para un festival. Este es el ejemplo vivo de “menos es más”. Escuché a los directores decir en una entrevista que, originalmente, tenían más de 40 cortos pensados. Quizás, recortar algunos para priorizar otros y hacer solo 12, 10 o 7, hubiera permitido que algunos tuvieran un mayor nivel de profundidad y así “enganchar” un poco más al espectador, que tenía que estar reseteando el chip cada dos por tres. Si no, pregúntenle si le funcionó a Szifrón, y a quienes aplaudían en la sala cuando veían a "Bombita" hacer explotar su auto arrastrado por la grúa en Relatos Salvajes (2014).

Por otro lado, -y esta es una teoría personal- pareciera que algunas de las historias no son completamente originales. Pero no porque “ya fue todo inventado” sino porque tengo el recuerdo de literalmente haber visto ya estas situaciones. Por ejemplo, me resultó familiar "El auto de mis sueños", la octava historia en la que un hombre, que recién había comprado su primer 0km después de mucho esfuerzo, era chocado por un ex-compañero de la primaria. Dicho y hecho, al terminar la función busqué el video en redes sociales y lo encontré: dos conductores que habían protagonizado un choque y que, entre insultos, se reconocieron entre sí y se abrazaron. Si el auto damnificado era o no era nuevo, es incomprobable. Seguramente no, porque en la película, la historia comenzó con un plano abierto con el nombre de la concesionaria bien en grande. Sin embargo, el reencuentro y reconocimiento post-accidente (que tampoco se trata de un evento extraordinario) ocurrió de verdad, fue registrado en video, y se volvió viral hace un año. Dejo el link para verlo aquí.
A su vez, rescato de ese corto en particular, el único momento en donde se señala la solidaridad que tenemos los argentinos para con los nuestros. Se ha tildado a esta película de “apátrida” -término que considero un poco extremista- pero sí es cierto que se resaltan aspectos meramente negativos como identitarios del gen argentino y que se decidió omitir, por parte de los directores y guionistas, lo más positivo. Es su mirada, su postura, que puede ser tomada como crítica a nuestra forma de ser o no. De hecho, yo creo, mal que me pese, que somos bastante así. Ventajeros, oportunistas, chantas, muy de “hacernos los boludos”. Pero también creo que somos solidarios, empáticos, y compartimos hasta lo que no tenemos. El decidir no mostrar ese costado hizo, por lo menos en mi caso, que saliera de sala con un sabor amargo en la boca, más preocupada que habiendo disfrutado el filme.

Sin meterme de lleno en la polémica atravesada completamente por la política, entiendo el título de la película como destinado a la crítica desde el principio. Habla de los argentinos, pero el único momento en el que algún personaje sale de Buenos Aires es para ir a Ezeiza. Es cierto que también hay un personaje, más precisamente un director de cine, que filma un documental en alguna selva, pero no recuerdo se haya especificado su ubicación. No queda otra más que darles la razón y asentir con la cabeza a quienes la llamaron “Homo Porteñum”.
El asunto está, más allá de la cuestión limítrofe y la que podría ser interpretada como una fobia a cruzar la General Paz, en que se usa un nombre que convoca a todos los argentinos para mostrar una postura particular. No se vendió como “la postura de los directores sobre cómo somos”, si no más bien como una comedia protagonizada por un actor de renombre que interpreta a 16 personajes muy argentos. También es posible trazar paralelismos con Pepe Argento, si se desea, pero claro está que más de uno salió del cine indignado y ofendido. De todas formas, creo que es bueno que se hable mucho de una película y que genere sensaciones tan fuertes en el espectador -aunque no sean las más positivas-.
El título es peligroso y arriesgado, nada que los creadores de “Homo Argentum” no sepan. Sin embargo, creo que en este momento tienen algo de razón cuando nos retratan como egoístas, dicotómicos y de “mecha corta”; pese a que no a todos les alegre, la película es un éxito de taquilla absoluto. El film cortó más de un millón de boletos en sus primeros 11 días en cartelera, y se convirtió, también, en la cuarta película más vista en un primer día dentro de la historia del cine nacional. No es habitual que una producción local nos convoque a tantos a ir al cine, y lo celebro enormemente. Lejos está de ser una gran película, pero sí es una gran convocatoria a reencontrarnos en las salas que logra hacernos compartir un espacio con otros al lado, aunque piensen completamente diferente a nosotros.
Juana Bruno




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