Nunca olvidaré aquella noche. Me mudé con mi esposa y nuestro hijo Mateo a un pueblo pequeño, rodeado de montañas y rodeado de historias que, hasta ese momento, me parecían simples cuentos. Pero esa noche aprendí que algunas leyendas son reales.
Estaba revisando el establo, preocupado por los ruidos extraños que escuchábamos desde hacía días. Fue entonces cuando la vi: la cabra negra, que siempre había sido tranquila, estaba de pie sobre sus patas traseras, mirándome fijamente con unos ojos que no eran normales. No eran ojos de cabra. Eran humanos.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Intenté acercarme, pero cada movimiento mío parecía estudiado por esa criatura. No balaba, no hacía ningún sonido; solo me miraba. Como si supiera algo que yo no sabía.
Esa misma noche, mientras Mateo dormía, escuché un rasguido en la ventana de su cuarto. Me acerqué y casi me caigo al ver la silueta de la cabra apoyada contra el cristal, sus ojos brillando con un extraño fulgor humano. Su pata se apoyaba en la madera, y por un momento juraría que sonrió.
—Déjame verlo… —susurró una voz que salió de su garganta, aunque no parecía humana.
Mi corazón latía a mil por hora. Corrí a cerrar la ventana, pero la cabra retrocedió solo un instante antes de desaparecer en la oscuridad del patio. Lo peor fue cuando miré hacia la cuna de Mateo: allí quedaba la sensación de que alguien o algo había estado justo frente a él.
No dormimos en toda la noche. Yo me quedé despierto, escuchando los pasos que no podían ser de nadie más que de esa criatura. Y cada vez que parpadeaba, tenía la horrible sensación de que la cabra estaba más cerca, estudiándonos, calculando sus movimientos como un humano acechando a su presa.
Desde esa noche, ya no podemos dejar a Mateo solo ni un segundo. A veces, cuando la luna está llena, escucho un chasquido afuera, como de cascos que se acercan lentamente. Y siempre siento que esos ojos humanos me miran desde la oscuridad, esperando el momento en que nos descuidemos.
Nunca pensé que algo tan inocente como una cabra pudiera desear algo tan terrible. Pero aprendí que algunas miradas esconden intenciones que no se pueden comprender… hasta que es demasiado tarde.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.