A meses del estreno de El Eternauta (2025), nos retrotraemos a un retrato más próximo de la ciudad bonaerense, Mercano, el Marciano (2002). La película concebida en los 2000, conserva el tono mordaz que caracteriza a esos años, y que a pesar del detrimento económico que rodeó su producción, logró consolidarse como una obra de culto.

Ahora bien, ¿Cuál es el trabajo que hace con el género? El elemento característico es la aparición de un marciano que queda atrapado en la Tierra, más precisamente, en Argentina (y acercando más la lupa; la sociedad porteña) como consecuencia de un viaje de venganza que hace cuando un satélite terrestre, que afirma no querer “hacer ningún daño”, llega a su planeta y aplasta a su mascota. Ya en la Tierra, su nave queda destrozada por el brutal aterrizaje. En una ciudad devastada por una economía cada vez más neoliberal, Mercano, el protagonista, es uno más. Pasa desapercibido entre transeúntes, incluso llega a tener enfrentamientos desde policías que reciben pizzas gratis y de “gatillo fácil” a malhechores callejeros. Su exclusión no se debe a su situación de extraterrestre, sino que está dada por su lugar dentro del mercado, a pesar de ser un experto en la informática, el marciano es un outsider que habita las cloacas de la Ciudad (el único peso que tiene encima se lo da al gordo que se “está poniendo suave”). Allí con una computadora robada y un router “gratis, de verdad”, crea un mundo virtual, una realidad que compensa el desarraigo del extravío interespacial. Es ahí donde conoce a Julian, un chico que también está fuera de lugar, como parte de las primeras generaciones con acceso a internet (esperable de un hijo de un gran empresario) pasa su tiempo libre navegando y esto es incomprensible para su madre. Establecen, como en ET, una amistad orgánica, ni siquiera la lengua indescifrable de Mercano es un obstáculo, a ambos los une la búsqueda de habitar otra realidad (y claro, internet es el medio privilegiado para esto). Este mundo reconocido por sus habitantes tiene lo que la Tierra con el avance del capitalismo perdió, controversialmente, es en el universo cibernetico que se dan relaciones personales, se habilita el juego (como las escondidas) y la creatividad (que le falta a los empresarios terrestres que buscan un negocio para explotar). Es el único espacio dónde soñar en el culo del mundo, y lo crea un marciano atravesado por la deuda internacional, este es el protagonista de la ciencia ficción sudamericana.
Pero ¿qué hace a este universo un escenario perfecto para la ciencia ficción? Está claro que la humanidad no pierde el control, no ocurre una invasión alienígena, ni siquiera las máquinas se rebelan (de hecho los vagos intentos son planteados por un grupo de jóvenes punk). Tanto así que una sociedad nunca estuvo tan en control, a lo 1984, pero sin necesidad de ejercer el poder político. La expropiación del mundo virtual por parte de una corporación que, asemejandose a Hernán Cortés, engaña a Mercano que desconoce el verdadero valor de su creación (Sr. Marketing estupefacto ante el desinterés de Mercano con la propuesta dolarificada, le pregunta “¿Pensó lo que podría hacer alguna vez con 100 millones de dólares?”), llevando a un intercambio engañoso. Así la humanidad se somete voluntariamente, disfrazado de regalo, las computadoras de uso simple se reparten con el fin de usar (durante el tiempo de ocio) el programa, y hacer que cada usuario trabaje (ad honorem) para la corporación ¡es el triunfo de la industria del entretenimiento!. Incluso la juventud antisistema cede a la tentación, frente a una ciudad devastada por el saqueo, desempleo y desintegración del tejido social (elementos de la sociedad menemista de los 90s que anticipa la crisis del 2001), se abre un mundo alternativo ¡Sin necesidad de dejar la Tierra!. Esa es la fuente para la ficción, ya sea la cinematográfica, o la de un universo virtual, la realidad cada vez menos estable (“nos traería problemas con el gobierno” dice uno de los miembros de la corporación, “¿Cuál gobierno?, che” responde otro) exige unos cimientos firmes en otra parte, no importa si solamente es accesible vía internet.
El humor ácido está puesto en el paroxismo de los personajes, es evidente con los nombres de los líderes de la corporación, Sr. Mercado, Marketing, Genética, entre otras grandes industrias, construye una crítica hacía el capitalismo anarquista y los avances de la globalización, un guiño para la totalidad del globo terrestre. A su vez, se apoya en la parodia que no deja a ningún sector de la sociedad argentina fuera. El guiño hacía dentro llega a su clímax cuando los amigos de Mercano se niegan a ir a buscarlo porque, como dicen, “no da”. Entre risas seguimos al ET del subdesarrollo que muestra una ciudad apocalíptica, devastada por el avance del neoliberalismo. La ciencia ficción convive entre nosotros, no hay cyborgs, no hace falta si el límite de lo humano más que estar en el porcentaje de máquina con el que un sujeto se compone (de hecho, se establecen relaciones casi simbióticas con estas), se da por el valor productivo del individuo. Así la sociedad distópica aparece si observamos con ojos extrañados, paradójicamente hay que volverse un alien para des-alienarse, en definitiva, ver el no-futuro tan tratado por el género.

El internet lejos de ser el problema por sí mismo, es el medio para el “metaverso” (como lo llama Mercano), un lugar donde soñar un futuro posible desde la empatía y la intercomunicación (interespacial por momentos). Con la llegada de la globalización, se empieza a pensar como un lugar de consumo, ante la caída de este en la realidad, la ficción (de la virtualidad) ofrece territorios vírgenes para colmar la angustia de una economía en receso, y con este ejemplo de neocolonialismo cibernético (y el Sr Economía tiene acento norteamericano), es como del sueño derivamos en la pesadilla. Coincide con el pasaje de un internet gratuito y equitativo para todos los usuarios, como lo fue en un inicio, a uno que se vuelve cada vez más rentable, y con ello, segmentable, restrictivo y perfeccionista del poder abstracto de la modernidad, que ya ni siquiera se da dentro de una estructura estatal, sino en el flujo libre del capital monopolizado (otra paradoja de nuestros tiempos). Entonces, no hay necesidad de que un marciano nos visite, es suficiente con otros ojos (satíricos) que nos permitan ver en lo que nos convertimos y hacía dónde vamos; “Vos no entendes nada, es cine bizarro, es arte” nos explica Mercano.




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