La película Emilia Pérez, dirigida por Jacques Audiard y estrenada en 2024, ha despertado una polarización inusitada, sobre todo en México y América Latina. En su vertiente artística, la cinta ha sido aplaudida internacionalmente: triunfó en el Festival de Cannes con el Premio del Jurado y un galardón colectivo a mejor actriz, e incluso acumuló 13 nominaciones al Óscar, consiguiendo dos estatuillas: Mejor Canción Original por “El Mal” y Mejor Actriz de Reparto para Zoe Saldaña .
Pero… esa es solo una cara de la moneda. Más allá de los laureles, en México –y buena parte de Latinoamérica– la película fue recibida con indignación, críticas y desencanto. Muchos consideran que está artísticamente construida como un “narcomusical” con verborrea sensacionalista, que trivializa temas sumamente dolorosos como el narcotráfico, las desapariciones y el sufrimiento de miles de familias mexicanas .
Uno de los ejes de reproche mayor fue la ausencia de actores mexicanos en los roles principales, a excepción de Adriana Paz, lo que fue interpretado como una señal de desinterés por representar auténticamente la cultura y la experiencia mexicana . Esto se sintió aún más hiriente al considerar que la cinta aborda problemáticas centrales de México sin contar con voces locales y expresivas, sino desde una óptica externa, incluso exótica.
Otro foco crítico fue el tratamiento de la identidad trans, considerado por muchos como superficial, sensacionalista o incluso retrógrado. Organizaciones como GLAAD la calificaron de “representación profundamente retrógrada”, y críticos LGBTQ argumentaron que retratar a las mujeres trans como mentirosas o manipuladoras perpetúa estereotipos dañinos . En NPR se comentó que el personaje suena como construido desde una “imaginación cis”, más que desde una empatía genuina .
El tono musical también ha sido cuestionado: utilizar el género operático o musical para relatar violencias reales como el crimen organizado o las desapariciones parece una licencia irónica, casi frívola, que disuelve el peso y la resonancia de esos hechos .
Además, Audiard fue acusado de falta de rigor cultural. Filmó la historia en estudios franceses, con actores extranjeros y poco contexto mexicano. Incluso dijo que no quería documentar, sino operar sobre lo "operístico", aceptando el calificativo de “bastarda” para la cinta .
Personalmente, aunque reconozco el valor de su ambición estética y su capacidad para fabular una historia transgresora en formato musical, la película me resulta profundamente problemática. La tensión entre estilo y sustancia está tan desequilibrada que lo visual y lo musical termina ensombreciendo el fondo social. Cuando uno se mete en temas como el dolor de desapariciones masivas o la memoria traumática de un país, el tratamiento exige respeto, sensibilidad y origen; y aquí percibo una apropiación sin responsabilidad.
En conclusión, “Emilia Pérez” puede celebrarse como un ejercicio de cine audaz y estilizado. Pero esa valentía se desborda hacia un espectáculo vacío de arraigo, que duele al ver cómo se manipulan tragedias reales con coreografías sobre un escenario de cartón. La brecha entre premios internacionales y el rechazo local habla no solo de géneros chocantes, sino de una distancia cultural que el cine, como arte universal, debería ayudar a acortar... no a escenificar desde afuera.


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