Las Jornadas Cinematográficas de Cartago: un proyecto de descolonización cultural árabe y africano  

Las Jornadas Cinematográficas de Cartago (J.C.C.), creadas en 1966, surgieron en el marco del Plan Cuatrienal de Desarrollo impulsado por el gobierno tunecino tras la independencia. El Consejo de Gabinete del 5 de enero de 1965, presidido por Habib Bourguiba, estableció una serie de prioridades culturales y cinematográficas destinadas a articular un proyecto de modernización nacional que rompiera con la dependencia colonial. Entre esas medidas se encontraba la construcción de un complejo industrial de cine, la creación de una Filmoteca Cultural, el impulso a la producción nacional de largometrajes y la organización de un festival internacional, concebido como un espacio de encuentro para las cinematografías árabes y africanas. El objetivo era claro: transformar Túnez en un productor de imágenes propias y en un actor cultural autónomo en el escenario internacional.

Las implicaciones de este proyecto en el plano interno fueron múltiples. En primer lugar, se trataba de superar el modelo colonial de consumo cultural, que había relegado a Túnez al papel de mero receptor de películas extranjeras, fundamentalmente europeas, para convertirlo en creador y difusor de su propia producción. En este sentido, la arabofonía del cine ocupaba un lugar central: privilegiar las películas en lengua árabe, tanto tunecinas como del resto del Mundo Árabe, significaba garantizar que la televisión y las salas nacionales se nutrieran de obras que hablaran en la lengua del pueblo, y no de productos importados. Asimismo, el festival debía contribuir a un cambio generacional en las referencias culturales de la juventud, desplazando la centralidad del cine europeo hacia un horizonte más amplio que incluyera las cinematografías árabes, africanas y tercermundistas, abriendo un margen también a producciones de Asia y América Latina.

En el plano internacional, las J.C.C. se pensaron desde un inicio como un instrumento estratégico de descolonización cultural. Su organización descansaba en la solidaridad árabe y africana, al tiempo que buscaba establecer puentes con las cinematografías emergentes del Tercer Mundo. En esta clave, la creación del festival no se reducía a la circulación de películas, sino que debía consolidar un frente común de pueblos en lucha contra el colonialismo, inscribiendo las producciones cinematográficas en una dinámica más amplia de cooperación política y cultural. Al mismo tiempo, el diálogo con Europa y Estados Unidos no se excluía, pero sí se redefinía, la propuesta era seleccionar aquellas obras capaces de contribuir a la emancipación cultural y de evitar la reproducción de lógicas coloniales.

De este modo, las J.C.C. nacieron como un proyecto de descolonización cultural que articulaba el plano nacional con el internacional. Al mismo tiempo que impulsaban la construcción de un cine nacional tunecino, afirmaban la arabofonía como horizonte cultural compartido, fortalecían la solidaridad árabe-africana en diálogo con Asia y América Latina y buscaban redefinir críticamente las relaciones con el Norte. El festival se convirtió, así, en mucho más que un evento cinematográfico: fue un espacio político e ideológico que situó a Túnez y a la región árabe-africana en el mapa del cine mundial desde una posición autónoma y descolonizadora.

En el país, el festival se consolidó como un espacio privilegiado de descubrimiento y de encuentro, y su legitimidad se apoyó en la capacidad de reunir cineastas, críticos y profesionales del cine y la televisión junto con asociaciones estudiantiles y culturales, tanto amateurs como profesionales. La creación de federaciones, sindicatos y asociaciones, como la FTCC (Federación Tunecina de Cineastas Amateurs) y la ATAC (Asociación Tunecina de Críticos), contribuyó a institucionalizar la vida cinematográfica tunecina y a articularla con el festival. El impacto fue significativo en la juventud, que encontraba en las J.C.C. no solo un espacio de cine, sino también un lugar de expresión política y cultural en un contexto en el que, de otro modo, la vida cultural corría el riesgo de permanecer estéril y aislada.

En el plano regional, las J.C.C. favorecieron la participación de los países árabes y africanos, aunque en condiciones desiguales. Egipto, por ejemplo, con su poderosa industria cinematográfica y su capacidad de exportación, ocupaba un lugar central, aunque sus películas, hasta comienzos de los años setenta, no participaban directamente en el circuito de las J.C.C., salvo con el envío de delegados y jurados. En cambio, países como Argelia y Marruecos, y más tarde Siria y Líbano, encontraron en Cartago un espacio de visibilidad y circulación para sus producciones, lo que reforzó el papel de las J.C.C. como plataforma de legitimación para el cine árabe emergente.

La importancia del festival no residía solamente en la proyección de películas, sino también en su función de mediador cultural, capaz de generar redes de intercambio entre cineastas, críticos y periodistas, y de dar visibilidad a obras que difícilmente hubieran circulado en los circuitos comerciales dominados por Europa y Estados Unidos. La organización de coloquios y debates en torno al cine árabe y africano contribuyó a reforzar esta función de laboratorio cultural y político.

En el ámbito nacional, el festival permitió institucionalizar el campo cinematográfico y fortalecer la participación de la juventud. En el plano árabe-africano, consolidó lazos de solidaridad y visibilidad compartida, aunque con desequilibrios notables, especialmente en relación con Egipto. Finalmente, en el plano internacional, las J.C.C. lograron afirmarse como un punto de referencia para el cine del Tercer Mundo, abriendo un espacio de reconocimiento para cinematografías emergentes y marginadas en el sistema global.

Las J.C.C. tuvieron un fuerte impacto en el Mundo Árabe: el festival generó emulación en otros países, dando lugar a eventos como el Festival de Tánger, el Festival de Damasco o el Festival Palestino de Bagdad. Sin embargo, también despertó celos y rivalidades. El cineasta argelino Lakhdar-Hamina, por ejemplo, declaró en 1972 al diario El Moudjahid que el “pequeño festival bianual de Cartago” debía ceder su lugar a un “gran festival de todos los países árabes y de todos los géneros cinematográficos”, organizado por Argelia. Esta crítica revelaba tanto el prestigio que las J.C.C. habían alcanzado en pocos años como las tensiones políticas que atravesaban el campo cultural árabe. Ese mismo año, el 14 de diciembre de 1973, Argelia organizó el Encuentro de Cine del Tercer Mundo. El objetivo era afirmar la centralidad argelina en el movimiento cultural, aunque en los hechos se trataba de una tentativa de desplazar la importancia adquirida por las J.C.C. desde su creación en 1966 y, en particular, tras la edición de 1972 que consolidó su prestigio internacional.

Más allá de las disputas y controversias del momento, las J.C.C. han tenido el mérito de inspirar la creación de otros festivales árabes y de posicionar a Túnez como un centro cultural de referencia en el mundo árabe y africano. Hoy, esa vocación descolonizadora continúa vigente y se articula en nuevas formas.

La edición número 36 de las J.C.C., que se celebrará del 13 al 20 de diciembre de 2025, ya está en marcha. Con su convocatoria de cortometrajes abierta hasta el 30 de septiembre y la de largometrajes hasta el 15 del mismo mes, el festival reafirma su carácter estratégico, combinando memoria y renovación. Esta nueva edición rendirá homenaje al fallecido compositor y dramaturgo libanés Ziad Rahbani, cuyo legado cultural será celebrado con una programación especial de sus trabajos y actividades conmemorativas. Así, las J.C.C. no solo siguen promoviendo cine comprometido del Sur Global, sino que lo hacen en diálogo con el presente, celebrando figuras clave del mundo árabe y manteniendo su legado como plataforma de encuentro, resistencia y descolonización estética y política.

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