Debo dejar algo claro de entrada: no me gusta la comedia, no, la amo, la necesito, la consumo incansablemente; hace parte de mi vida como el agua, el café o (desafortunadamente) los cigarrillos. Amo la comedia en diferentes expresiones, desde el chascarrillo malicioso en la reunión de amigos, pasando por el stand up, los podcasts de comedia y, por supuesto, las películas y series cómicas. Dentro del genero no tengo realmente preferencias, disfruto de un buen chiste en todas sus formas y expresiones; ya sea un análisis ingenioso de la realidad hecho por Marc Maron, un “rant” de Tim Dillon o un comentario inapropiado de Mark Normand en un podcast; una escena ridícula en la que me vea reflejado en una película como Super Bad (2007); o una secuencia movida por diálogos brillantes, llena de capas de comedia en filmes como Big Lebowski (1998) de los hermanos Coen. Dicho esto, me inclino más por el humor que reta la censura de la cultura de la cancelación, que explora los rincones oscuros, vergonzosos y ridículos de la experiencia humana.


Ahora, en ningún producto de comedia que consumo busco una enseñanza, una reflexión o una moraleja, tampoco un concepto que me permita activar ese sentido crítico del que me siento tan orgulloso en otros aspectos de mi vida. Sin embargo, cuando detrás de las risas queda flotando una idea que trasciende la comedia, una perspectiva nueva que enriquece la experiencia de reír, cuando un comediante, ya sea en el escenario, en las páginas de un guion o en una pantalla de televisión le da luz a la sociedad, cuando es capaz de poner un espejo al mundo para ridiculizar los problemas y ponerlos en su justa proporción, cuando la comedia revela la hipocresía de nuestros días, ahí se crea verdadera magia. Generalmente, encuentro esa genialidad en comediantes que les gusta retar las fronteras de lo permitido moralmente como Bill Burr y Dave Attell; en películas sombrías y melancólicas como The Meyerowitz Stories (2017) o In Bruges (2008); incluso, en apuestas más extremas como The Lobster (2015) y Borat (2006). A la luz de las obras mencionadas, quedé muy altamente sorprendido de lo que creo en mi Ted Lasso, una comedia 100% “feel good” que despertó, movió y revolvió los enmarañados laberintos de mi ser.


Apple Tv llegó tarde a Colombia: cuando Netflix y Prime ya estaban cómodamente instaladas por estos lados, ni siquiera se oía de las producciones de la ecléctica marca de la manzana. No obstante, comencé a notar a través de portales de cine en internet y en las redes sociales el “hype” enorme que la serie estaba teniendo: premios por todas partes, frases que quedaron en la cultura popular, personajes que trascendieron la ficción, entre otras señales de desbordado éxito. Por eso, años después, cuando por fin tuve acceso a Apple Tv, mi curiosidad, inmediatamente, me llevó a querer responder la pregunta: ¿por qué todo el mundo habla de Ted Lasso? La respuesta a ese interrogante ilumina y guía este texto.

Un breve contexto: Ted Lasso es una serie original de Apple Tv, creada por Jason Sudeikis, Bill Lawrence y Brendan Hunt; protagonizada por Hannah Waddingham, Jeremy Swift, Brett Goldstein, Nick Mohammed, Juno Temple, además de Sudeikis y Hunt. Fue lanzada en agosto de 2020 en plena pandemia. Cuenta con 3 temporadas, aparentemente (ojalá), están rodando la cuarta. Narra la historia de Ted Lasso, un bonachón entrenador de fútbol americano de nivel aficionado en Kansas, que es contratado, junto a su asistente el Coach Beard, por un equipo de la Premier League para ser su entrenador, a pesar de no saber nada de fútbol.
Ted Lasso (la serie) no da rodeos, el mensaje es directo: es mejor ser buena persona, aunque a veces sea más difícil. Una tesis sencilla, pero no por eso carente de importancia y profundidad. La clave es la forma como se pone en escena, cómo construye la narrativa con esa tesis como punto de partida, y se atreve, además, a alejarse de las típicas estructuras de comedia de situación que tanto han impactado el mundo, apostando por una historia con arcos dramáticos muy bien desarrollados. Tanto se aleja de las sitcoms, que su puesta en escena es muy cinematográfica: juega con movimientos de cámara, con el punto de vista y se permite capítulos psicodélicos, en otras palabras, no le teme a explotar las estructuras narrativas y audiovisuales convencionales de su género.


La serie lee muy bien a los seres humanos a través de sus personajes, los pone frente a un espejo cómico pero riguroso. Detrás de su tono de “feel good show”, ahonda en temas profundos sin subestimar al público, sin pecar de condescendiente. Por el contrario, es inteligente y emotiva al navegar la soledad, el fracaso, la misoginia, el amor, el desamor, el divorcio, la sexualidad, la identidad sexual, el valor de la familia, la autocrítica, la adversidad y, especialmente, la idea enfrentar el odio y la maldad con amor.
Ver la serie junto a mi esposa me dio otro punto de vista desde el que se puede analizar. Ella, que está en el competitivo mundo corporativo, notó algo muy particular: Ted Lasso, como personaje, la forma en que maneja a su equipo, en que resuelve los problemas, cómo motiva a su gente, la manera en la que lidia con la adversidad, cómo crea unidad, entre otras de sus características, representan la viva imagen de lo que en el mundo corporativo se considera un buen líder; de hecho, cientos de "coaches" se llenan los bolsillos hablando de estos valores en todos los rincones del mundo. Por cierto, un perfil poco frecuente, irónicamente, en ese mundo de las grandes empresas que tanto lo ensalzan.

Ted Lasso, como personaje, pone en evidencia lo poco frecuentes que son las verdaderas buenas personas en nuestro tiempo y contexto, sin motivaciones secretas y sin agendas personales por debajo de la mesa. En la serie a la mayoría a su alrededor les impacta y choca profundamente la sencilla amabilidad de Ted, pareciera no encajar, desafortunadamente, en este mundo ese tipo querido y honesto, ese bigotón sin dobles intenciones no parece pertenecer a nuestra sociedad vacía, cargada de mentiras virtuales e hiperbólicas sensibilidades. ¿Será que los buenos son tan pocos? ¿Es posible que gestos de simple humanidad y calidez como saludar y tratar a todos por igual, recordar los nombres sin importar jerarquías y ser empático ante los problemas ajenos no pertenecen a nuestras rutinas sino a un imaginario irreal e idealista?
Ted Lasso, tanto como personaje como obra audiovisual, es una reivindicación no solo de lo bueno sino de lo sencillo. Ahora, deleitarme tanto con esta serie no me ha alejado de otras experiencias dentro de la comedia; puedo, igualmente, disfrutar un especial de stand up como Jew (2022) del polémico Ari Shaffir, donde explora punzante y satíricamente los constructos y cosmovisiones de su propia religión; o el especial I Never Promised You a Rose Garden (2025) de Joe DeRosa, una obra cómica que el mismo autor define como “desesperanzada”. Sigo reivindicando la comedia como una oportunidad de iluminar esos lugares oscuros y dolorosos del ser humano, como ese espejo incómodo ante la hipocresía de la sociedad, como ese espacio libre donde se puede bromear sobre los temas más espinosos. Sin embargo, la experiencia de enfrentarme a Ted Lasso me deja preguntas: ¿tiene que ser un producto denso y complicado para trascender?, ¿puede algo amigable, sencillo y bonito ser verdaderamente profundo? También me deja certezas sobre esos cuestionamientos: si, y esta serie es la evidencia.

Si uno como espectador se da la oportunidad, Tedd Lasso le tocará una fibra profunda y humana. Después de ver esta historia permanece la sensación ineludible de que el mundo sería mejor si existirían muchos más personajes como Theodore Lasso; además, que este planeta lleno de guerras, hambre, hipocresía, vanidad, falsedad, estupidez, dolor y egoísmo, es un poco mejor porque existe esta maravillosa serie.
¿Es una obra maestra? No me importa la respuesta. Me quedo con uno de los mejores consejos del coach Lasso: ¿Sabes cuál es el animal más feliz del mundo? Un pez dorado, ¿sabes por qué? Tiene una memoria de 10 segundos. Sé un pez dorado. ¡BE A GOLDFISH!





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