Atrapado robando: Darren Aronosky recupera la impronta posmoderna del neo noir 

Darren Aronosky fue uno de los directores menos estimados de los años 90. Quizás su llegada algo tardía al largometraje -con Pi (1998), cuando la mayoría de su generación ya había debutado- marcó esa sensación de corolario que definió su aparición. Un cineasta de impronta posmoderna, un poco a la manera de Tarantino, pero sin la absoluta novedad de la poética del director de Perros de la calle (1992), con predilección por la coralidad en la narrativa, del video en el registro, y cierta cinefilia ecléctica en las influencias, que definió a sus primeras películas. Personajes atravesados por las adicciones (Réquiem por un sueño), por obsesiones rayanas en la locura (Pi), por enfrentar la muerte y asegurarse la trascendencia (La fuente de la vida), por logros inalcanzables y puestas megalómanos (El luchador, El cisne negro), resumieron una trayectoria temprana y contundente, un despegue rezagado pero digno de hacerse un nombre en una era difícil y competitiva.

Los 90 fueron el crepúsculo del cine analógico, también el estertor de un género como el neo noir que desde los tardíos 60 había acompañado al Nuevo Hollywood en la reinvención de la industria cinematográfica de los Estados Unidos. Y si en los gloriosos 70 existieron Coppola, Scorsese, De Palma, Friedkin, Bogdanovich, y también Allen y Eastwood -un poco al margen de la academia y la cofradía de la que tanto escribió Peter Biskind en su libro Moteros tranquilos, Toros salvajes-, en los 90 llegaron Paul Thomas Anderson, Quentin Tarantino, Wes Anderson, Todd Haynes, James Gray, Noah Baumbach, todos admiradores de ese renacer clásico, insistentes en moldear la autoría en consonancia con los géneros, en revitalizar una herencia extraviada en la gesta conservadora de los 80. Y Aronofsky fue parte de esa camada, marcado por el impacto de sus congéneres como Tarantino, de los hermanos Coen y Jarmush en la independencia de la década anterior, del cruce entre Lynch y Antonioni, si es que eso era posible. Un niño terrible después de Godard, el digital y la heroína.

El camino fue de ascenso, sin lugar a duda: después de convertirse en favorito de la crítica con sus primeras películas, conquistó los Oscars y las estrellas, primero El luchador (2008) y Mickey Rourke reinventando su propio personaje de boxeador desfigurado y abatido, luego El cisne negro (2010) y la figura del doble en las bailarinas, la obsesión y la locura espectral; y también la nominación al Oscar como director como premio al riesgo y la constancia. Pero después del traspié de Noé (2014), una epopeya mal recibida por la crítica y con fría recepción en la taquilla, llegó el desastre de ¡Madre! (2017), junto a su pareja de entonces, Jennifer Lawrence, que le valió el fracaso, la separación y el escarnio. Mientras muchos de sus compañeros de generación habían amasado trayectoria y reconocimiento, Aronosky parecía quedar siempre en la mesa de saldos, olvidado de las grandes consagraciones, siempre envuelto en algún traspié que le quitaba el éxito y también la gloria reparadora.

La ballena (2022) fue un refugio, una obra de cámara filmada en plena pandemia, que empujó a Brendan Fraser al regreso a la pantalla -después de una historia propia de dolor y recuperación-, que abrió las puertas para un regreso, para una redención. Y Atrapado robando es parte de ese camino de retorno al mainstream, de revitalización de los códigos de un neo noir sacudido por el impacto de las narrativas nórdicas y sus traumas invernales, el reencuentro con el East Village neoyorkino y con los 90, aquella década del comienzo. La historia nace de una novela de Charlie Huston, a quien Aronosky descubrió hace ya quince años como lector, aunque no pudo hacerse con los derechos. El tiempo le dio la razón: junto al autor escribieron un guion apretado y preciso, capaz de entender aquella mirada explosiva sobre el crimen y Nueva York en los tardíos 98, imaginada para el vértigo de su cámara, los fotogramas de las escaleras de incendio que asoman en su puesta en escena, el alcohol y el pasado como atmósferas embriagantes de un crimen que paga y deja rédito.

El protagonista es Hank Thompson, antihéroe de varias novelas de Huston, encarnado aquí por el chico de moda, Austin Butler, sin el traje de Elvis y con un pasado signado por una herida no cerrada y una serie de cuentas pendientes. Fanático de los Giants, Hank había sido una promesa del béisbol pero un accidente lo dejó con una rodilla operada y un duelo silenciado, y su viaje a Nueva York solo dejó como lazo con el hogar y las canchas la voz de su madre en el teléfono. En las noches del East Villaje, Hank atiende el bar de un veterano drogón de los 70, el genial Griffin Dunne ya canoso y algo gritón, atornillado al vaso de whisky y a la música de su juventud. Su presencia no es casual, Aronosky elige con él tender un puente con Después de hora de Martin Scorsese, película con la que dialoga abiertamente, desde su humor absurdo y su acción delirante. Pero también con las persecuciones de Contacto en Francia, con la mala fortuna de Tarde de perros de Lumet, todos clásicos de esa década que fue su espejo y hoy es la llave de su reinvención.

Como Aronofsky, Hank también lidia con sus fantasmas: una muerte en su conciencia, un botín escondido en la caca del gato. Lo trágico y lo absurdo se entremezclan, y el raid de Hank involucra a su vecino punk, a unos judíos ortodoxos con prácticas mafiosas, a Bad Bunny convertido en un sicario mexicano, y a la pesquisa de un misterio que se esconde en el lugar más insospechado. El director entiende que, en esa analogía, la de él y su personaje, es la ficción la que gana y por eso se corre del centro de la escena, deja lugar al lucimiento de Butler, al vértigo de la acción, al humor de la escritura de Huston, y a una película que resulta una buena apuesta al entretenimiento y la confirmación de que su oficio sigue intacto y en carrera.

La película tiene momentos muy divertidos: todo el enfrentamiento en el bar con Griffin Dunne empuñado una arma letal, el notable actor teatral moscovita Nikita Kukushkin como un mafioso calvo y enano que se las trae (una especie de joven Joe Pesci en versión ucraniana y sin peluca), la pareja de hermanos que forman Liev Schreiber Vincent D’Onofrio, sobre todo en la comida con la Bubbe Carol Kane, el cameo de Laura Dern, y los diálogos fumones de Matt Smith con corte mohawk en una carrera disparatada por Nueva York. Nada que no hayamos visto antes, pero filmado con gracia y estilo, con un humor y canciones de Spin Doctors, Madonna y Semisonic, y un tiempo perdido en la memoria que renace en quien supo vivirlo. Eso se nota.

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