El expreso polar: el viaje que me devuelve a la infancia 

Hay películas que no solo se miran, se sienten. Que se vuelven parte de uno mismo porque despiertan recuerdos que estaban guardados en algún rincón del corazón. Para mí, esa película es El expreso polar. Cada vez que la veo, siento que vuelvo a ser una niña esperando ansiosa la llegada de la Navidad, creyendo que todo era posible y que la magia estaba a la vuelta de la esquina.

Recuerdo la primera vez que la vi: me quedé hipnotizada con ese tren que aparecía en medio de la noche, envuelto en vapor y luces, como si viniera de otro mundo. Sentí la misma emoción que el protagonista, cuando abre la puerta de su casa y no sabe si subir o no. Yo, en su lugar, hubiera subido sin dudar. Ese tren no era solo un medio de transporte, era una invitación a creer otra vez.

Lo que más me conmueve de la película es que habla de algo que todos hemos sentido alguna vez: ese momento en que dejamos de creer en ciertas cosas. De niños, la magia es natural, fluye; pero al crecer, el mundo se encarga de apagarnos un poco esa chispa. El expreso polar me recuerda que no importa la edad que tenga, siempre hay un rincón en mí que quiere seguir creyendo.

Una de las escenas que más me marcó es la de la campanita de plata. Papá Noel se la entrega al protagonista y él descubre que solo quienes creen pueden escuchar su sonido. De chica, esa escena me hacía soñar; de grande, me emociona de otra manera. Me pregunto cuántas campanitas he dejado de escuchar por estar demasiado ocupada, demasiado preocupada o demasiado adulta. Esa campanita es un símbolo de la ilusión, de la fe en lo invisible, en lo pequeño y en lo importante.

También me conmueve la manera en que los niños que viajan en el tren representan distintas formas de la infancia. Está el tímido, el que duda, la líder, el que parece fuerte pero en realidad tiene miedo. Yo misma me vi reflejada en más de uno de ellos. Porque la infancia no es solo alegría y juegos: también es inseguridad, soledad y la necesidad de sentir que alguien te entiende. El tren es, en realidad, un viaje hacia dentro de cada uno, un camino de autodescubrimiento.

La música de la película también es parte de esa magia. La canción “Believe” siempre me pone la piel de gallina. Tiene ese aire de esperanza que me conecta con mis navidades de la infancia: los regalos envueltos bajo el árbol, las luces parpadeando, el olor de la comida, las risas de la familia, y sobre todo, esa sensación de que por una noche el mundo era más bueno y más sencillo.

Cada vez que vuelvo a ver El expreso polar, siento que recupero algo que había dejado atrás. No es solo una película navideña; es un recordatorio de que todos necesitamos volver a creer, aunque sea por un rato. Y cada vez que el tren avanza sobre las vías cubiertas de nieve, siento que yo también estoy viajando, de vuelta a mi infancia, de vuelta a esa niña que todavía vive en mí.

Porque al final, la verdadera magia no está en Papá Noel ni en el tren. La magia está en nosotros, en nuestra capacidad de seguir soñando, de mantener viva la ilusión y de escuchar, aunque sea en silencio, el suave tintinear de la campanita. Y yo, cada vez que la escucho, sonrío, porque sé que esa niña sigue ahí, acompañándome siempre.

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