La película que me lleva a la infancia: "Los Diez Mandamientos" y el eco del cielo en los campos petroleros 

Había una luz especial en los campos petroleros de Creole Petroleum Corporation, al este del Lago de Maracaibo, donde crecí.

No era la luz del sol, ni la de las lámparas de gas que colgaban de los techos de zinc en nuestras casas prefabricadas. Era otra: la luz que se filtraba por las cortinas del cine móvil —un camión viejo, con una pantalla blanca montada en un poste, y un proyector que temblaba como si tuviera fiebre— cada viernes por la noche.

Esa luz no Sólo iluminaba imágenes, sino también sueños, miedos, esperanzas. Y entre todas las películas que pasaron por esa pantalla, hay una que aún hoy, cuando cierro los ojos, me devuelve al corazón de mi niñez: "Los Diez Mandamientos", de Cecil B. DeMille.

Nací en Barquisimeto, pero mi infancia fué escrita en el suelo arenoso de los Campos Petroleros de la Creole Petroleum Corporation, bajo el olor a petróleo y el murmullo constante de las bombas de extracción. Vivíamos en casitas de madera, rodeadas de palmeras y silencios largos.

Los niños no teníamos videojuegos, ni celulares, ni redes sociales. Teníamos el escondite en los árboles de guayabas, los trompos que giraban hasta desvanecerse, las canicas que competían por quien saltara más alto en el camino de tierra, y la pelotita de goma que, aunque se rompía fácil, siempre volvía a nacer en las manos de algún compañero. Jugábamos hasta que el cielo se oscurecía, y entonces llegaba el momento más esperado: la película.

Era una costumbre sagrada. A las siete en punto, todos los niños del campo nos reuníamos frente al camión-cine, con nuestros abuelos, padres y hermanos. La emoción era tan grande que a veces nos olvidábamos de comer la cena. Algunos traían mantas para sentarse en el suelo; otros, sillas de plástico que habían robado del patio de casa. El aire olía a polvo, a sudor y a algo más: a magia. Cuando la pantalla se encendía, todo lo demás desaparecía.

Y entonces llegó "Los Diez Mandamientos". No recuerdo cuántas veces la vimos, pero sí sé que fué la primera vez que entendí lo que significaba “ver una película con el alma”. Moisés, el hombre que habló con Dios, que partió el mar Rojo con un bastón, que recibió las tablas de piedra en el Monte Sinaí… Todo eso no era sólo historia. Era verdad. Para nosotros, niños de una comunidad donde la fé era el hilo que unía a las familias, aquella película no era entretenimiento. Era revelación.

Recuerdo cómo mis padres, sentados junto a mí, susurraban palabras como “¡mira, hijo, ahí está el poder de Dios!” mientras Moisés levantaba su brazo y el agua se dividía. Yo, con cinco años, sentía escalofríos. No por el efecto visual —que, para la época, era impresionante—, sino porque algo dentro de mí se movía. Sentía que el cielo estaba cerca. Que el mundo tenía sentido. Que había reglas, que había justicia, que había un orden superior al que veíamos con los ojos.

En aquellos años, en los Campos Petroleros, la vida era dura. Trabajo pesado, salarios bajos, poca educación. Pero la religión, especialmente la católica, era el refugio. Las iglesias eran pequeñas, de paredes blancas y techos de lámina, pero llenas de devoción.

Los Diez Mandamientos no fué sólo una película: fué una lección moral que se impregnó en mi piel. Cada escena me enseñó algo: la importancia de la obediencia, el valor del perdón, la fuerza del liderazgo justo. Me hizo entender que la ética no era un asunto de libros escolares, sino de corazón.

Hoy, décadas después, cuando veo películas de épica, de drama religioso, de grandes batallas entre bien y mal, siento que estoy regresando a ese lugar. No al campo petrolero, ni al camión-cine, sino al niño que creía que Moisés era real, que el mar Rojo podía abrirse de nuevo si uno rezaba con suficiente fé, que las palabras de Dios estaban grabadas no sólo en piedra, sino en el alma de quienes sabían escuchar.

La influencia de esa película en mi carácter fué profunda. Me enseñó a respetar los límites, a valorar la familia, a buscar la verdad incluso cuando era difícil. Hoy, como adulto, cuando enfrento decisiones difíciles, a veces cierro los ojos y veo a Moisés en la cima del Sinaí, con las tablas en las manos, mirando hacia un pueblo que necesita ser guiado. Y me pregunto: ¿qué mandamiento debería seguir ahora?

No soy religioso en el sentido formal, pero soy muy creyente en el sentido humano: en la bondad, en la justicia, en la responsabilidad. Y todo eso comenzó en un campo petrolero, bajo un cielo de Venezuela, con una pantalla blanca, un proyector que chirriaba, y una película que me dijo: "hay un orden mayor, y tú puedes elegir estar dentro de él".

"Los Diez Mandamientos" no sólo me transporta a mi infancia. Me devuelve a lo que fuí, a lo que quería ser, a lo que aún intento ser. Es la película que no sólo me entretuvo, sino que me formó. Y por eso, cada vez que alguien pregunta qué película me lleva a la infancia, no dudo: es aquella en la que un hombre subió una montaña, y el mundo cambió para siempre.

Y yo, desde el fondo del campo petrolero, lo ví todo. 🙏


Los Diez Mandamientos (1956)


Una crítica desde el corazón, para quienes aún ven películas con los ojos abiertos

No fué una película. Fué una ceremonia.

Recuerdo la primera vez que vi Los Diez Mandamientos. Tenía siete años y mi mamá no me explicó de qué trataba. Sólo me dijo: “Hoy vas a ver algo que no olvidarás”. Y tenía razón.

Ese viernes, el Camón- Cine estaba lleno de gente mayor, de mujeres con mantilla, de hombres con sombrero. Algunos rezaban antes de que empezara. No era raro en aquel tiempo. El cine, para ellos, no era sólo entretenimiento. Era otro lugar donde encontrarse con lo sagrado.

Y cuando la voz de DeMille sonó al principio —“Ladies and gentlemen” —, y luego aparecieron las palabras “The Ten Commandments”, escritas en piedra, como si las hubiera tallado Dios mismo, sentí un frío en la nuca. No era miedo. Era respeto.

Porque ya sabía, sin que nadie me lo dijera, que esto no era como las películas de vaqueros o de piratas que veía los viernes en el mismo 🚒 Cine del campo. Esto era distinto. Esto era grande. Demasiado grande para entenderlo, pero no para sentirlo.

Charlton Heston como Moisés no camina. Avanza como si el suelo lo reconociera. Tiene la mirada de alguien que ha visto algo que no puede explicar. No es sólo un actor. Es una figura. Como las que ves en los vitrales de las iglesias, con los ojos fijos en lo alto, como si escuchara una voz que sólo él puede oír.

Y cuando sube al Sinaí, con el viento azotando la montaña y los truenos partiendo el cielo, no sientes que estás viendo efectos especiales. Sientes que estás viendo un momento en el que el cielo y la tierra se tocan. Porque eso es lo que logra DeMille: no te muestra un milagro. Te hace creer en uno.

Yul Brynner como Ramsés es igual de poderoso, pero al revés. Él no cree en nada. Cree en el trono, en el poder, en la sangre real. Pero cuando pierde a su hijo, se quiebra. No llora. No grita. Solo dice “Déjame en paz”, y lo dice como si ya no le quedara nada, ni siquiera la fuerza para odiar.

Hay una escena que nunca olvidaré. Cuando los hebreos cruzan el Mar Rojo, y las paredes de agua se alzan a ambos lados, con el viento, la arena, los gritos, los niños agarrados a sus madres. No hay música épica en ese momento. Solo sonidos crudos: pasos, jadeos, llantos. Y entonces, de pronto, una voz canta. Una sola. Y luego otra. Y otra. Y nace el canto del pueblo libre.

Yo, aquel día, lloré. No por tristeza. Por emoción. Porque sentí, por primera vez, lo que era ser parte de algo más grande.

Sí, la película es larga. Sí, tiene frases grandilocuentes. Sí, hay escenas que hoy podrían parecer exageradas. Pero no fue hecha para hoy. Fue hecha para una época en la que la gente necesitaba creer en algo. Y DeMille, con todo su ego, con su pompa, con su obsesión por el espectáculo, supo que el cine podía ser más que una historia. Podía ser un acto de fé.

Porque esta película no trata sólo de Moisés. Trata de salir de Egipto. Y todos tenemos nuestro Egipto. Nuestro faraón. Nuestra cadena. Nuestro mar que parece imposible de cruzar.

Y cuando Moisés alza el cayado, y el agua se abre, no estás viendo un truco de cine. Estás viendo la posibilidad. La esperanza. La idea de que, a veces, contra toda lógica, las cosas pueden cambiar.

He visto esta película muchas veces desde aquel viernes. En festivales, en salas de proyección, en casa, en invierno, con mi familia. Y cada vez, termina igual: en silencio. Nadie habla. Nadie se levanta. Todos nos quedamos sentados, como si no estuviéramos listos para volver al mundo.

Porque esta no es una película que termina cuando se apaga la luz. Empieza entonces.

Para los cinéfilos: no busquen aquí minimalismo, ni ironía, ni distanciamiento. Esta película no juega a ser inteligente. Juega a ser verdadera. Y en eso, gana.

Para el jurado de artículos de cine: no la midan por sus técnicas, por sus tiempos de montaje o por su fidelidad histórica. Mídanla por lo que provoca. Por el temblor en la voz de un niño que ve por primera vez a un pueblo caminando entre aguas. Por el silencio de un viejo que recuerda haber sentido eso mismo hace cincuenta años.

Porque el cine, cuando es grande, no se juzga. Se recibe.

Y esta película, a pesar del tiempo, del polvo, de las críticas, de los años, sigue siendo recibida. Como una carta antigua que nunca envejece. Como una voz que sigue diciendo: “No matarás. No robarás. No mentirás. Y sobre todo: no olvides quién eres”.

Porque eso es lo que DeMille nos dejó. No una epopeya. Una advertencia. Y una esperanza.

Y si alguna vez te sientes perdido, si el mundo se te hace oscuro, si no sabes cómo seguir, pon esta película. No para entretener. Para recordar.

Porque hay imágenes que no envejecen. Solo esperan a que estés listo para verlas de nuevo.

Con el corazón en la mano,
Un hombre que sigue creyendo en el cine
Barcelona, 2 de Septiembre de 2025


Queridos Peliplaters,

Si llegaste hasta aquí, si te detuviste a leer estas palabras entre tanta prisa, entre tanto ruido, es porque algo dentro de ti vibró. No fué casualidad. Fué elección. Fué coraje. Porque no cualquiera se atreve a mirar de frente lo que duele, lo que incomoda, lo que nos hace sentir pequeños… pero también humanos.

Esta historia no era sólo sobre palabras. Era sobre ti. Sobre mí. Sobre todos los que, en algún momento, hemos tropezado, llorado en silencio, dudado de si valemos lo suficiente. Y aún así, seguimos. La esperanza es más poderosa que el miedo.. La que nace cuando alguien dice: “Aquí estoy. Sigo”.

Por eso te pido, con el alma en la mano y sin orgullo, que si esta historia te tocó aunque sea un poco, no la dejes morir en tu pantalla. Compártela. No como un trámite, no por cumplir. Sino como un acto de solidaridad silenciosa. Como cuando le prestas tu chaqueta a alguien que tiene frío y no dice nada.

Y si puedes, ilumínala con tus “lightpoints”. No como monedas, sino como velas. Como pequeños fuegos que dicen: Yo estuve aquí. Yo sentí. Yo creo en esto.

Que cada punto sea un latido, una confirmación de que no estamos solos.

Porque al final, no se trata de likes ni de números. Se trata de que alguien, en algún lugar, lea esto y piense: “Ah… yo también.” Y en ese instante, cambie algo. Pequeño, tal vez. Pero profundo.

Gracias por leer. Gracias por existir.
Seguimos caminando. Juntos.

Con todo,
Un Peliplater más.

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