Mi madre siempre cuenta que cuando me llevaron a ver Titanic —que por entonces era un nene de tres años— no me estuve quieto durante la función; que me la pasaba corriendo por entre las butacas. Seguro le fastidié la función a muchas personas (lo siento mucho personas que fueron a verla ese día). Pero, una vez que el barco comenzó a hundirse, dice que me puse bien atento a la pantalla.
No recuerdo nada, claro está, pero al imaginármelo no evito sentir un poco de emoción. Ese niño inquieto al que no le importaba otra cosa más que molestar a sus padres sintió genuino interés en una película. Es increíble.
Mi madre tampoco se cansa de hablarme sobre la escena en la que se parte el barco, por cierto. Dice que allí yo me emocioné. Una película debía tener muy buenos efectos, sentirse tan real y destilar talento de toda su producción como para enamorar a un nene hiperactivo de tres años, ¿no lo creen? Pues Titanic logró esa proeza conmigo.
En casa teníamos una colección de películas en VHS. Mi hermana tenía Mary Poppins, algunas de Disney y varios largometrajes de los Looney Tunes. No podría decir que tuviera mis propias películas. Sin embargo, sé que tuvimos Titanic por mi culpa.
Quién sabe dónde quedó el VHS. Ha de estar por ahí arrumbado. De lo que sí estoy seguro es que lo ponía diario. Se la pedía a mi hermana una y otra vez hasta hartarla. La vi tantas veces, que de seguro acabó estropeándose. Si la casetera hubiera hablado, quizá me hubiera dicho: «¿Otra vez Titanic, niño? ¿No te sabes otra?».
Pues no, no me sabía otra. Adivinen qué. En la escuela era el fanático de Titanic más pesado. Me acuerdo de las veces que le hablaba a mis amiguitos de esta película, y también recuerdo que con fastidio me respondían: «¡Sí, Sergio, ya todos la vieron! Todo el maldito mundo sabe de ella. ¡Ya cállate!»
Cuando se popularizó la época del DVD a inicios de los 2000 mi padre decidió comprar un reproductor. Qué magnifica era aquella época, pues el bendito aparato traía una colección de Twentieth Century Fox. Como diez películas venían en la caja. Y no van a creer cuál era una de ellas.
Exacto.
Volví a verla mil veces, ahora en DVD. Y aunque después me enamoré de otro centenar de películas diferentes, muchas igualmente de los noventa, nunca dejé de pensar en Titanic como mi película favorita, hasta que llegué a la adolescencia y aumenté bastante mi cantidad de títulos preferidos.
Dejé de verla mucho tiempo. Creo que la penúltima vez que la puse fue hace diez años. Pero hoy, tan solo para hacer este artículo, he vuelto a ella, y es increíble lo mucho que me ha emocionado otra vez. Me la disfruté como un infante.
No les voy a mentir. Titanic todavía me sigue rompiendo el corazón. Todavía lloro al ver a miles de personas muriendo en esa tragedia, sobre todo si estoy consciente de que ocurrió en realidad. Aún me conmueve la cancioncita que todos odiaron en 1998 y sigo conectando con Kate y Leo, que tienen tanta química como los elementos de la tabla periódica. Me da una nostalgia tremenda cómo suena y cómo se ve.
Aprovechando que la revisité con los ojos de un hombre adulto, quisiera responder unas preguntas para mí. Una de ellas es ¿por qué me gustó tanto? Es decir, también me obsesionaron los dinosauros de Spielberg o las naves de Star Wars. ¿Por qué Titanic sigue obsesionándome como a los tres años?
He aquí las respuestas que pienso yo son las acertadas.
Primero que nada, me veo obligado a reconocer que los personajes son unos arquetipos andantes. Está el amigo italiano con acento de anuncio de pizzas, el chico ideal, la chica oprimida, el prometido rico y opresor y su ayudante fiel, la madre que hace lo correcto y la señora honesta que da consejos.
Considerando que esto a un niño le importa muy poco, porque no tiene ni idea de clichés o estereotipos, llego a la conclusión de que los personajes fueron para mí lo menos importante. No obstante, eso no quiere decir que no me gusten o los odie.
Lo reitero: Kate y Leo son el alma de la cinta. Hoy, que la miro por enésima vez, me doy cuenta de que son la pareja perfecta. Tienen esa complicidad que uno busca siempre en las de romance; ríen juntos, hacen tonterías y son auténticos sin sentirse juzgados el uno por el otro. Eso hace que el espectador se enamore. Y para mi yo de los noventa eso posiblemente se asemejaba a amigos en los que podía confiar.
Ahora bien, el resto del combo era análogo al reparto de una telenovela mexicana. Pero si estos dos personajes a los que tanto aprecio le tengo andan por la película igual que uña y mugre poco importa. Yo los quiero ver triunfar.
Otro detalle que conecta conmigo tras casi tres décadas es el hecho de que los personajes reflejan valores muy míos. Me explico. Jack Dawson representa al alma libre que monta caballos y sube a la montaña rusa; que pesca en el lago congelado y corre por las praderas. Él es la libertad encarnada, ¡y desde siempre he idealizado a la libertad más de lo que idealicé a la chica que me gustaba en la preparatoria!
Rose es, en contraparte, la mujer de época que debía aceptar un matrimonio por conveniencia. En este caso, su madre le imponía la responsabilidad de devolverle solvencia a la familia, porque el señor DeWitt Bukater las dejó en la ruina. Sí, esto también es como de telenovela, pero no olvidemos que fue una dura realidad.
Rose nunca amó a Cal, y vio en Jack la posibilidad de ser libre. Este fantástico muchacho —sí, idílico, como sea— le ofrecía un mundo entero para recorrer junto a él. ¿Quién, forzado a llevar grilletes, no se vería tentado por un escenario así de exquisito?
Destaco también personajes como el sr. Andrews y Molly Brown. El primero me daba las vibras de un hombre de buen corazón que salva vidas, sin importar a qué clase pertenecieran, y de estos que admiten sus errores. Por este motivo, la escena en que Rose pasa a su lado me sigue provocando mucha tristeza.
Y Molly, aunque no tiene el desarrollo que me encantaría, no deja de parecerme de estas mujeres honestas que desafían las convenciones. Es decir, al fin de cuentas fue quien le dio la ropa a Jack para que asistiera a la cena. Se ve amistosa e inteligente.
Ahora, el mayor punto que mantiene mi devoción por esta película es su retrato de la desesperación. Es una oda a la melancolía. Aunque no lo parece, Titanic habla mucho de la muerte y del hecho de afrontarla, de sentir que viene; de ese momento en el que sabes que morirás y debes aceptarlo. Desde que tengo uso de razón, este tema me ha calado hondo. Y no sé si sea por culpa de Titanic.
Soy una persona muy melancólica, y no puedo evitar pensar en la muerte en cada tanto, en el fin de los tiempos y de la humanidad, en el día en que yo dejaré de existir, etcétera. Tengo un aura muy llena de resignación, no sé. Pero es una forma de ser, no se preocupen, que mi salud mental está bien.
Y en Titanic, ver ese barco levantándose en medio del abismo refuerza estos sentimientos en mí. Como dije antes, ver a tanta gente morir me resulta muy impactante. Además, Cameron también se enfocó en representar bien el clasismo, ya no tanto por la historia de amor a lo Romeo y Julieta, sino por cómo los miembros de tercera clase, por ejemplo, eran relegados mientras todos sabían que había pocos botes y el barco se iría al fondo del Atlántico.
Por ello, cada vez que veo la escena en la que Jack y sus amigos arrancan del suelo la banca para destrozar la reja, me emociono como un fanático de fútbol. Nunca me deja de dar risa el cómo Thomas Ryan luego le rompe la nariz al inútil que pretendía abandonar a estas personas allá abajo. Es como una rebelión.
No conforme con poner a un pastor hablando del más allá, o a decenas de personas siendo aplastadas por cables, chimeneas, o cayendo desde muy alto, en tanto se pegan en las hélices, Cameron también pone imágenes como las de los ancianos abrazados.
O qué decir de los aristócratas que deciden hundirse con toda y su elegancia. O el capitán abrazado del timón. O los músicos tocando a mitad de la destrucción —que no por nada es ya un meme representativo de la resignación—. En estos aspectos, Titanic se me hace incluso tan poderosa como Melancolía.

Otra razón es la música de James Horner. Desde el inicio la banda sonora es un deleite. Se ha quedado en mi mente por años. A pesar de que vea al barco hundirse con el sonido apagado, sé qué melodía suena de fondo. De pequeño incluso me daba por imitarla cuando jugaba con mi barquito de plástico en la piscina. Es épica y evoca la desesperación de la gente que corre por su vida hacia la popa. Simplemente icónica.
No sé si Titanic me hizo una persona tan obsesionada por la muerte y la tragedia. No sé si decir que, si no hubiera sido por ella, sería una persona más optimista y sin tan lóbregas obsesiones. Pero sí sé que Titanic me enseñó el amor por el cine. Si hoy me interesa tanto lo que ocurra en una pantalla grande, es gracias a ella, y por esto estaré eternamente agradecido.
Adiós, Jack, nunca te olvidaré. Te lo prometo.

Extras
Aquí comparto con ustedes imágenes de la copia que venía con el reproductor DVD. Todavía lo conservo. Ojalá fuera el VHS, pero algo es algo.






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