INTRODUCCIÓN
A veces me siento raro. Como si el mundo fuera demasiado grande, demasiado ruidoso. Entonces me escapo. No físicamente, claro. Me escapo con la mente. Me meto en mi mundo privado, ese que nadie ve. Y ahí están ellos. Ultraman, Mazinger Z y Grease. No sé bien por qué, pero cuando los veo, algo se acomoda dentro de mí. Me siento como cuando tenía 11 o 12 años. No tenía muchas respuestas, pero tampoco muchas preguntas. Solo vivía. Y esas películas, esas series, me devuelven eso. Me devuelven a mí.
ULTRAMAN: EL GIGANTE QUE ME PROTEGÍA
Cuando veía Ultraman, sentía que alguien me cuidaba. No era mi papá, ni mi mamá, ni un maestro. Era él. Un ser de otro planeta que venía a salvarnos. Y no hablaba mucho. Solo aparecía, peleaba, ganaba. Y se iba. Me gustaba eso. Que no pidiera nada a cambio. Yo me imaginaba que él me veía desde lejos. Que sabía que yo existía. Que si algún monstruo aparecía en mi vida, él vendría.
A veces me acostaba en la cama y cerraba los ojos fuerte, como si eso lo llamara. Me imaginaba que me daba su poder. Que yo también podía transformarme. Que tenía ese reloj en el brazo. Que cuando todo se ponía feo, yo brillaba y me hacía gigante.
No sé por qué me hacía sentir seguro. Tal vez porque en mi vida real no había muchos gigantes buenos. Había adultos, sí. Pero no eran como Ultraman. Él no gritaba. No juzgaba. Solo actuaba. Y eso me gustaba. Me hacía sentir que podía confiar.
Hoy lo veo y me río un poco. Los efectos son viejos, los monstruos parecen de goma. Pero no me importa. Porque cuando lo veo, vuelvo a ser ese niño que creía que alguien lo cuidaba desde el cielo.
MAZINGER Z: EL PODER QUE YO NO TENÍA
Mazinger Z era diferente. No era un ser mágico. Era un robot. Gigante. De metal. Y lo manejaba un chico. Koji. Eso me impactaba. Que un joven pudiera controlar algo tan poderoso. Yo quería eso. Quería tener un Mazinger. No para destruir. Sino para defenderme.
En el liceo me sentía pequeño. Vulnerable. No sabía cómo hablar, cómo actuar. Me sentía torpe. Pero cuando veía Mazinger Z, me imaginaba que tenía ese control. Que podía enfrentar a los enemigos. Que no me iban a hacer daño.
Recuerdo que dibujaba a Mazinger en mis cuadernos. Le ponía cañones, alas, espadas. Lo hacía más fuerte. Más mío. Era como si al dibujarlo, me diera fuerza. Como si pudiera absorber algo de él.
Y Koji… él gritaba. Se enojaba. Era impulsivo. Me gustaba eso. Porque yo no podía hacerlo. Yo me guardaba todo. Pero él lo soltaba. Y Mazinger respondía. Era como si el robot entendiera su alma.
A veces me imaginaba que mi cuerpo era Mazinger. Que mis brazos podían lanzar rayos. Que mis ojos veían más allá. Que nadie podía tocarme sin que yo lo supiera. Era una fantasía, claro. Pero me hacía sentir menos débil.
Hoy lo veo y me emociono. No por las batallas. Sino por lo que significaba. Era mi escudo. Mi armadura. Mi forma de decir “yo también puedo”.
GREASE: EL AMOR QUE NO DOLÍA
Grease llegó después. Ya era más grande. Pero me hizo sentir chico otra vez. No por los autos ni los peinados. Sino por la música. Por cómo se movían. Por cómo se querían sin miedo.
Sandy y Danny eran como un sueño. Ella dulce, él rebelde. Pero se encontraban. Se transformaban. Y bailaban. Eso me tocaba. Porque yo no sabía cómo amar. Ni cómo gustar. Pero en Grease todo era fácil. Cantaban y ya. Se entendían.
Yo me ponía los audífonos y escuchaba “Hopelessly Devoted to You”. Me dolía un poco. Pero me gustaba. Porque me hacía sentir que yo también podía tener eso. Que alguien me mirara como Sandy miraba a Danny.
Y los bailes… yo no bailaba. Me daba vergüenza. Pero en mi cuarto, solo, sí. Me movía como ellos. Me creía parte del grupo. Me ponía una chaqueta imaginaria. Me peinaba con gel invisible. Y sonreía.
Grease no era solo una película. Era una promesa. De que el amor podía ser alegre. Que no tenía que doler. Que podía cantarse. Y eso me daba esperanza.
Hoy la veo y canto. No me importa si desafino. Porque cuando suena esa música, vuelvo a ser ese chico que soñaba con bailar sin miedo.
MENSAJE FINAL
No sé si todo esto tiene sentido para otros. Pero para mí sí. Ultraman me cuidaba. Mazinger me defendía. Grease me hacía sentir amado. Juntos, me construyeron. Me dieron un refugio. Un lugar donde podía ser yo, sin miedo, sin dolor.
Y aunque crecí, ese mundo sigue ahí. Esperando que cierre los ojos y vuelva. Porque a veces, ser preadolescente es mejor que ser adulto. Aunque sea solo por un rato.




¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.