La saga de El Conjuro siempre ha tenido un punto fuerte que la diferencia de otras franquicias de terror: sus raíces en hechos supuestamente reales. James Wan, creador del universo, entendió que el terror se vuelve más perturbador cuando lo que vemos en pantalla se vincula a testimonios, archivos y nombres concretos. Ahora, con El Conjuro 4: Últimos Ritos, estrenada este septiembre de 2025, los Warren regresan por última vez para enfrentarse a uno de los casos más controvertidos de su carrera: la pesadilla vivida por la familia Smurl en los años ochenta.
El caso Smurl: quince años de horror en Pensilvania
Jack y Janet Smurl parecían una familia común en Pensilvania. Pero entre 1974 y 1989 aseguraron haber sufrido un infierno que se extendió durante 15 años. Según sus declaraciones, su hogar estaba acosado por una entidad demoníaca que no solo generaba ruidos y olores nauseabundos, sino que llegó a atacarlos físicamente, incluso con episodios de abuso sexual. Este componente lo convirtió en uno de los relatos más escabrosos que los Warren jamás investigaron.
Los Smurl describieron sombras que recorrían los pasillos, objetos que se movían por sí solos y un hedor a azufre que impregnaba las habitaciones. Janet, en particular, afirmó haber sido agredida en varias ocasiones por una fuerza invisible. No se trataba, según ellos, de simples “travesuras de poltergeist”: era una invasión demoníaca de pleno derecho.
La historia atrajo tanto la atención de los medios que en 1986 los Warren fueron convocados. Como en tantos otros casos, Ed y Lorraine afirmaron identificar presencias malignas y se involucraron directamente en el intento de liberar la casa. Su presencia, lejos de apaciguar el debate, alimentó la controversia: ¿era real lo que ocurría en el hogar de los Smurl o una elaborada historia mediática?
El caso no se quedó en informes aislados. En 1986, el escritor Robert Curran publicó el libro The Haunted, que narraba con detalle las experiencias de los Smurl bajo la supervisión de los Warren. Poco después, en 1991, se produjo una película para televisión basada en el libro. De este modo, los sucesos en la casa Smurl se convirtieron en parte del imaginario colectivo de los ochenta y noventa, un capítulo más en la larga lista de expedientes paranormales que oscilaron entre el mito y la realidad.
Es precisamente este material el que ahora recupera El Conjuro 4: Últimos Ritos, aunque con licencias creativas. En la película, los Smurl adquieren un espejo maldito que funciona como portal de la entidad, recurso narrativo que concentra el horror y ofrece un símbolo cinematográfico reconocible. Más allá de la fidelidad histórica, lo que importa es cómo el film retoma aquel clima de paranoia y desesperación que los testimonios originales describían.
La visión cinematográfica de los Warren
La película comienza con un flashback al nacimiento de Judy Warren, hija de Ed y Lorraine, para luego situarnos en 1986, cuando el matrimonio se encontraba prácticamente retirado. Pero la llamada de los Smurl y el misterio del espejo maldito los obliga a regresar al terreno donde siempre fueron más efectivos: el enfrentamiento directo con lo inexplicable.
La dinámica entre Patrick Wilson y Vera Farmiga vuelve a ser el núcleo emocional. Su interpretación no solo se concentra en los sustos, sino en reflejar el desgaste y la fragilidad de una pareja que ha dedicado su vida a convivir con el mal. En ese contraste radica buena parte del impacto del film: mientras los Smurl atraviesan el horror en carne propia, los Warren lidian con las consecuencias emocionales de una vida entera enfrentando lo sobrenatural.
Como ocurre con todos los casos de los Warren, el de los Smurl divide aguas. Para los creyentes, es una prueba más de la constante presencia de fuerzas demoníacas que acechan a familias vulnerables. Para los escépticos, se trató de un ejemplo de histeria colectiva, problemas familiares y manipulación mediática.
Los críticos contemporáneos al suceso señalaron que los Smurl atravesaban dificultades económicas y personales, lo cual pudo haber motivado la difusión del relato. Otros investigadores apuntaron que nunca existieron pruebas sólidas: ni grabaciones irrefutables, ni imágenes concluyentes. De hecho, algunos vecinos aseguraron no haber presenciado nada fuera de lo común.
Y, sin embargo, esa ambigüedad es precisamente lo que alimenta al cine. La saga Conjuro se construye en ese espacio intermedio: lo suficientemente documentado para generar intriga, pero también tan discutido que deja margen para la imaginación.
El agregado del espejo maldito en Últimos Ritos no es casual. A lo largo de la historia del cine y la literatura, los espejos han simbolizado portales, dobles malignos y reflejos de lo prohibido. En este caso, funciona como metáfora del propio relato: lo que vemos puede ser un reflejo distorsionado, pero también puede ser una ventana a otra dimensión. El espectador, al igual que los Smurl, queda atrapado entre la duda y el terror.
El Conjuro 4: Últimos Ritos no solo adapta el caso Smurl: lo usa como pretexto para cerrar el ciclo de los Warren en pantalla. Más allá de las críticas —algunos señalan ritmo lento, otros celebran la carga emocional—, lo innegable es que esta entrega coloca al caso en el centro de la cultura pop contemporánea. Aquello que comenzó como una pesadilla en un vecindario de Pensilvania ahora forma parte del panteón del horror cinematográfico.
El caso Smurl es uno de los ejemplos más claros de cómo lo paranormal se inserta en la cultura: entre testimonios desgarradores, debates mediáticos, libros, películas y ahora un blockbuster de Hollywood. El Conjuro 4: Últimos Ritos rescata esa historia para darle un cierre épico a la saga de los Warren.
Lo único para criticarle un poco al cierre de la saga deja una sensación curiosa por momentos parece “marvelizado”. La aparición de múltiples personajes de películas anteriores reunidos en una boda, los guiños cruzados y el tono de “despedida épica” recuerdan a la lógica de un universo cinematográfico más cercano a Marvel que al terror clásico. Si bien esta estrategia funciona como fan service y ofrece un sentido de continuidad, también diluye en parte la crudeza que caracterizó al primer Conjuro, transformando lo íntimo y aterrador en un espectáculo coral que busca emocionar tanto como asustar.
Lo fascinante es que, al salir de la sala, la pregunta persiste: ¿fue todo un montaje, o realmente existió algo inexplicable en la casa de los Smurl? El cine no nos da la respuesta definitiva, pero sí nos recuerda por qué seguimos mirando, con miedo y fascinación, esos “expedientes reales” que parecen nunca terminar.


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