Fantasía, yo y la historia que no tiene fin. 

Los noventas… Ah, ¡qué tiempos aquellos! No cabe duda, los noventas fueron años gloriosos para la televisión… Recuerdo haber visto por primera vez en la pantalla chica joyas como IT, Los Goonies, Abracadabra, Las Brujas, Mi pobre angelito; todas obras maestras que, con el tiempo, fueron convirtiéndose en cine de culto. No obstante, debo mencionar, ninguna que me haya marcado tanto como La historia sin fin.

A ver… Me queda claro que ninguno de esos hermosos largometrajes son de mi época (estrictamente hablando), a excepción de Abracadabra (1993). Sin embargo, me tocó ser testigo de su trasmisión en televisión durante muchos años después de su estreno en cines. La carrera de Atreyu y Bastian por salvar la tierra de Fantasía de la “Nada”, marcó toda una generación de jóvenes que, como yo, nos consideramos, cuando menos, fanáticos del séptimo arte y que continuamos apreciando la belleza de aquellos filmes de antaño, los cuales, cabe destacar, ya no se hacen hoy en día.

Son pocas las producciones modernas que logran mantenerse tanto tiempo en la mente de sus espectadores, y yo me pregunto: ¿a qué se deberá?

¿Cómo olvidar esa preciosa melodía a cargo de Limahl?, ícono musical ya de la cultura pop, tanto así que en Stranger Things, en su tercera temporada, se le hizo un merecido homenaje. O los paisajes fantásticos acompañados de ese soundtrack del que si me acuerdo, lloro, por lo sencillamente evocador que resulta…

¿Es acaso la humanidad de la que hacen gala los personajes de esta maravillosa cruzada?, ¿la manera en la que uno logra identificarse con la vida de Bastian y su amor por los libros y los relatos épicos?

Antes de que las franquicias fantásticas capitalizaran el mercado del cine de ciencia ficción y fantasía, tuvimos La historia sin fin, el gran inicio de una saga fallida, una adaptación de la literatura al cine como pocas adaptaciones, rescatando los aspectos más agraciados de la obra escrita homónima. De este metraje se rescatan tantas cosas, desde el diseño de producción, hasta la profundidad de la narrativa.

¿Qué podemos absorber de esta epopeya fantástica?

Para mí, es simple… Dos cosas:

1. Como dijo alguien alguna vez: “Leer es la única forma de viajar sin moverse y llegar sin prisa”; qué mejor cuando se viaja a lugares llenos de mística, leyendas y mitos… Vaya, llenos de mucha magia.

2. No perder la capacidad de asombrarse del mundo. Hay todo un universo allá afuera esperando ser descubierto. Las historias abundan y se mantienen inertes, pacientes, confiando en que algún día un alma aventurera las encuentre y las cuente, en un libro, en el cine, por obra de un flujo inesperado de inspiración.

Hoy, veo esta peli y vuelvo a esos sábados por la tarde, yo con 5 o 6 años, temiendo por el destino de Fantasía, llorando por la tragedia de Artax, sintiendo miedo por culpa de Gmork, queriendo volar en el lomo de Fújur y enamorándome por primera vez de la emperatriz infantil. Por todo eso y más, La historia sin fin, es la historia de mi infancia.

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