Crítica. Todo documento de civilización: el caso Luciano Arruga, bajo la lupa 

En su nueva película documental Todo documento de civilización, la cineasta Tatiana Mazú reinterpreta el género true crime y aborda la desaparición y muerte de Luciano Arruga desde una perspectiva experimental: no hace un seguimiento clásico del caso, sino que propone un perfil emocional y sensorial del joven de Lomas del Mirador, derribando prejuicios sobre como operó lo marginal en su vida (muchos de ellos surgieron por la cobertura amarillista de la noticia). La voz en off de Mónica Raquel Alegre, madre de Luciano, acompaña el relato que hace foco en aspectos poco abordados de la crónica policial.

En Todo documento de civilización la directora Tatiana Mazú parte de un estudio de campo en el que documenta la historia, superficie y características del espacio en el que aconteció el crimen de Luciano Arruga, un joven de clase obrera que fue desaparecido por la Policía en democracia y cuya historia reabrió viejas heridas sobre el pasado reciente de Argentina y su historia con las dictaduras. La información de la calle, las garitas de la cana, el tránsito cotidiano, la noche, el barrio de Lomas del Mirador, las movilizaciones, escenas urbanas que reconstruyen una historia de fantasmas; el espacio que cuenta una historia. Si bien no es sencillo darle forma a un estilo de narración tan particular (si no hay oficio, el riesgo de colisión es mayor), el trabajo de Tatiana Mazú está muy bien estructurado. Es muy fácil entrar en los códigos abstractos de la película.

La principal dificultad a la que se enfrenta Todo documento de civilización (la ausencia física de Luciano Arruga) es, casualmente, la que llevó el gran hallazgo del trabajo de Tatiana Mazú: el perfil emocional (y, por momentos, sensorial) de Luciano, a cargo de los testimonios de su madre, voz en off que hace de material fundamental para el documental. Los fragmentos más emotivos del documental son aquellos donde cobra fuerza el relato oral. Como un proceso de excavación aparece la fascinación del joven de 16 años por las novelas de aventuras de Julio Verne, un punto sobre el que la cineasta busca y rebusca -y ahonda, con tacto, pero con firme convicción de exploradora- en pos de reconstruir los vacíos. Todo documento de civilización es una de las películas argentinas más audaces y conmovedoras del año.

Todo documento de civilización. Opinión: Muy buena.

Dirección y guión: Tatiana Mazú González.

Producción: Nacho Losada.

Testimonios: Mónica Raquel Alegre.

Dirección de fotografía y cámara: Francisco Bouzas.

Dirección de arte: Joaquín Maito.

Montaje: Manuel Embalse.

Diseño sonoro: Julián Galay.

Entrevista a Tatiana Mazú

¿Cómo te acercaste al caso Luciano Arruga?

- En el 2009, cuando Luciano desaparece en manos de la policía y del Estado y sus múltiples instituciones, yo estudiaba cine y militaba muy activamente en organizaciones políticas de izquierda anarquistas, así que fue un tema que tenía muy cerca. Pero no fue hasta el 2014, cuando apareció el cuerpo de Luciano después de años de búsqueda de su familia y el equipo de antropología forense, que empecé a meterme más en la historia.

La noche que me enteré de la noticia abrí Facebook y vi que alguien había subido una captura de Google Maps del cruce de General Paz y Emilio Castro, donde se hizo el hallazgo, y si bien yo sabía que la historia había ocurrido en Lomas del Mirador y yo tengo una historia con ese barrio -porque mi familia materna vive acá desde los años ‘70-, recién ahí pude dimensionar que ese lugar que para mí significaba bajarme del colectivo para ir ver a mi abuela, para otra persona era el lugar de la desaparición forzada de su hijo en democracia. El deseo de hacer una película en relación a esa ambivalencia, a esa realidad que oculta otra realidad, apareció en el momento de la aparición del cuerpo.

Me gustó mucho la búsqueda estética de la película, que el espacio cuente la historia. ¿Cómo fueron las jornadas de rodaje?

- Hace 10 años atrás, cuando apareció esa inquietud por narrar esa historia a través de las huellas en el espacio, estaba viendo muchas películas de Harun Farocki y de cineastas que trabajan con lo analítico de la imagen y con la imagen como representación política de una geografía. Pero luego me di cuenta que a mí me interesaba hacer una película más emocional y abstracta, y no tanto una película sobre la representación técnica del espacio. Es un documental que fue mutando.

Primero filmamos las marchas en el año 2016, como un acercamiento, y en el 2017 fue el rodaje más grande: fueron casi dos semanas que filmamos de noche en el cruce. Fue un rodaje un poco difícil porque estábamos a escasos metros de las garitas policiales y eso tenía su complicación, porque yo vivo a dos cuadras del cruce y entonces eran policías que me ubicaban y que se acercaban a preguntarnos constantemente qué estábamos haciendo.

¿Y qué les respondían?

- Nosotros inventábamos una gran cantidad de excusas tontas, pero a la vez había algo en ellos de regularmente darnos a entender que sabían quién era yo. Fueron situaciones de tensión, pero el hecho de estar filmando en grupo hizo que me fuera posible habitar más largamente ese espacio de noche.

¿La decisión de no mostrar el rostro de la madre de Luciano Arruga fue una decisión intencionada?

- No hay una sola respuesta, hay muchas cosas que se entrecruzan. Por un lado, es algo que yo ya hice en mi otra película, Río Turbio, donde trabajé con conversaciones con más de 12 mujeres de la zona, un pueblo minero de la Patagonia de donde es mi familia. Quizás en ese momento había razones estéticas, pero también éticas y políticas que confluían. También pasa que como yo soy una persona bastante tímida, me pone muy mal que me pongan una cámara delante, el hecho de no filmar a otro es algo que me sale naturalmente, más si sé que me va a abrir unos costados tan frágiles, dolorosos y complejos de su vida. En ese sentido pienso que el sonido nos cuida mucho más que la imagen. De hecho, la conversación con Mónica está grabada y somos ella y yo en su casa tomando mates.

Por otro lado, hay algo que me interesa de correr el eje y pensar que podemos conmovernos con alguien sin verlo en un primer plano, como el cine clásico nos propone constantemente. Esa idea de desindividualizar las historias me parece importante, incluso políticamente, a la hora de pensar qué nos conmueve del mundo. Es un ejercicio importante a hacer en la vida.

Si bien la desaparición de Luciano Arruga ocurrió en 2009, no pierde vigencia. Es algo que podría haber sucedido ayer si analizamos la relevancia triste que cobró la Policía en estos últimos años.

- Es una película que surge en un gobierno progresista, porque la desaparición ocurrió en el año 2009, y entonces eso ya plantea una complejidad a la hora de pensar la problemática sobre la que la película da vueltas. Nos obliga a hacernos cargo de que hay ciertas prácticas y estructuras, que tienen que ver con cómo está organizado el mundo en términos de clase y raciales, que nos atraviesan socialmente en tiempo y espacio, más allá de los Gobiernos. En el caso de Luciano hubo complicidades policiales e institucionales de distintas escalas a nivel provincial y estatal. A la vez, iban pasando los años y había momentos en los que dudaba de si la película seguía teniendo sentido pero la realidad me terminaba dando la razón.

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