Un Viaje a la Infancia con Mario Bros.  


Existen recuerdos que quedan fijados en la memoria como diminutas luces que nunca se apagan. Un sonido, el olor de un recuerdo o incluso la melodía que acompaña una letra, sirve para abrir la puerta hacia la infancia y regresar a esos días donde todo parecía de un modo más sencillo. Para la mayoría de nosotros, una de esas puertas mágicas está construida de píxeles, colores brillantes y una musiquita muy característica: la del Mario Bros.


El viejo cartucho gris del nintendo le daba al televisor que ocupaba medio mueble de la sala. Soplar el cartucho antes de jugar como un ritual. Luego, el botón rojo encendía el mundo de Mario : de pronto dejabas de ser un niño con las rodillas raspadas a convertirte en un héroe bigotudo que aventaba tortugas y esquivaba caños en ruta a la búsqueda de la princesa. El mundo se reducirá a un control y a la misión de pasar de nivel sin perder las tres vidas.


El caso es que Mario Bros no era solo un juego; era una experiencia compartida. Si no te encontrabas con el control en las manos, te encontrabas al lado, disparando consejos que nunca eran escuchados como, Salta ahora.


La cosa curiosa es que Mario Bros no fue sólo un videojuego. Era una experiencia compartida. Si no tenías el mando en la mano, estabas al lado gritando consejos que rara vez llegaban a ser escuchados: "¡Salta ahora!", "¡Cuidado, un Goomba!" Cuando llegaba el momento de jugar, los nervios competían con la excitación al ser consciente de que les mirabas a todos jugar más lejos que el anterior.


Recuerdo que el tiempo se detenía. Afuera daba igual que el sol se hubiese puesto, que los vecinos charlasen en la acera, porque en la casa enseguida era Mario el que proponía la vuelta a la realidad. Hasta los errores pasaban a formar parte de la diversión. Morir no era un drama: era la excusa adecuada para volver a intentarlo. Y si alguien lograba llegar a un mundo difícil, la victoria no era individual sino colectiva; celebraban como si hubiesen ganado todos juntos.


Ahora, mirándolo en la distancia, me doy cuenta que Mario Bros no era sólo un videojuego. Era una metáfora de la vida misma. Cada nivel representaba un obstáculo, cada enemigo una dificultad, y cada salto una acción arriesgada. Hubo caídas, sí, pero también oportunidades para levantarse y seguir adelante. Esa noción de seguir avanzando cada paso, un mantra que cualquiera de los que tuvieron que atravesar el paso del tiempo en Mario Bros han repetido sin cesar, se vuelve un recurso para jugar algo más que a un videojuego: se vuelve saludable y se admite uno mismo.
Pero la música también estaba ahí.

Ese sonido de fondo, pegajoso y alegre, ha continuado atrapado para la memoria colectiva de una generación entera. Cómo unas pocas notas pueden llevarte en segundos a la niñez es asombroso. Escucharla en la actualidad, mientras pasas la página de esas horas tan ocupadas, es como abrir una ventanita secreta a esos días en los que lo más importante es rescatar a la princesa y sonríer.


A la larga llegaron las máquinas más nuevas, las imágenes más variadas, los juegos más complicados, pero la magia simple de Mario Bros no dejó nunca de engañarnos. Tal vez porque simplemente no era Mario Bros lo que nos marcaba, sino lo que se le atribuía: momentos compartidos, risas, rivalidades sanas, la sensación de ser niño y sin preocupaciones.


El redescubrimiento de la infancia a través de Mario es el testimonio de que, aunque adulemos haber crecido, esa chispa queda ahí, en esos recuerdos que nos hicieron lo que somos, en la capacidad de dejarnos llevar con cosas pequeñas, en el deseo de seguir jugando a pesar de las caídas.
Puede que por eso, cada vez que escucho la melodía de Mario no pienso en un videojuego. Pienso en esas tardes eternas con los colegas, en la voz.

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