
Mi nombre es Mordo. Alguna vez, fui Karl Amadeus Mordo, un hombre de honor y disciplina. Fui el guardián de la ley, el protector del orden sagrado que la Anciana nos había legado. Creía en la pureza de la magia, en la necesidad de un equilibrio cósmico. Mi vida era un juramento de servicio, cada meditación, cada hechizo, una pieza en el rompecabezas de la armonía universal. Pero esa creencia se hizo pedazos en el momento en que vi a Stephen Strange, ese arrogante cirujano, jugar con las leyes del tiempo y la realidad, como un niño con un juguete nuevo, sin conciencia de las consecuencias.

La Anciana, la misma que me había enseñado todo, había traicionado su juramento al extraer energía de la Dimensión Oscura para prolongar su vida. "Para proteger la realidad, a veces hay que doblar las reglas," me dijo una vez, con esa calma que solo el poder otorga. Su confesión no fue un lamento, sino un desafío a todo lo que yo creía, una grieta en la roca de mi fe, un recordatorio de que incluso los más sabios podían sucumbir a la tentación del poder. Pero esa herida era solo la antesala de la traición final. Strange... él no solo lo ignoró, sino que lo superó, engañó a una entidad cósmica, a un ser de poder ilimitado, usando un truco barato, un bucle temporal. En ese instante, todo lo que había sacrificado, cada regla que había obedecido, se sintió como una burla. Mi mundo se derrumbó por completo, la magia que había reverenciado no era más que una herramienta para la conveniencia, un medio para romper las reglas sin consecuencias. Strange lo llamó victoria, pero yo lo vi como el inicio de un cataclismo.
Fue entonces cuando lo supe, la traición no había sido de un solo hombre, sino de un sistema completo, un juramento que se había vuelto corrupto. No podía seguir a la Anciana, no podía seguir a Strange, y no podía seguir en Kamar-Taj. Me fui, dejé el mundo de la luz y la oscuridad, de los portales y los hechizos, y abracé la verdad: hay demasiados hechiceros en el mundo. El equilibrio se había roto, y yo sería quien lo restauraría, mi misión comenzó de inmediato.

Fui a buscar a Jonathan Pangborn, a él, a quien Strange había despreciado en su vida anterior, la magia le había dado una segunda oportunidad para caminar. Lo encontré sentado en la hierba, sus piernas firmes, su sonrisa un testimonio de la magia que había aceptado. "Esa energía," le dije, mi voz un susurro en el callejón solitario, "no es tuya para tomar, no es un regalo, es una deuda. Y esa deuda corrompe el alma." Pangborn, con su sabiduría de hechicero viejo, me miró, y la luz en sus ojos se desvaneció, comprendiendo mi convicción, y en un acto de rendición, me cedió su poder. "La cuenta llega al final, Jonathan," le dije, y la verdad de mis palabras resonó en el eco de su caída. Fue mi primer ajuste de cuentas, y no sería el último.

Mi viaje me llevó a las sombras de cada ciudad, a los rincones olvidados del mundo. Viajé por el mundo con la habilidad que la magia me permitía, caminando sin ser visto, un fantasma con una misión. A diferencia de Strange, no buscaba un enemigo externo, sino el cáncer que crecía desde adentro, una plaga que se alimentaba de la ambición humana. Cada hechicero que encontraba era un recordatorio de lo que Strange había liberado, el desorden que había desatado en nombre del heroísmo. Muchos habían abandonado la magia, asustados por su poder o por su propia debilidad, eran fáciles de encontrar, sus auras místicas eran como faros en la oscuridad para mí.
En las montañas del Tíbet, encontré a un anciano que había usado la magia para curar sus heridas de guerra. Había vivido en paz durante décadas, pero su energía mística era un desequilibrio. Me acerqué a él, le expliqué mi filosofía, que su magia era una distorsión, una deuda que el universo tarde o temprano le cobraría. "He usado este poder solo para bien," argumentó, su voz suave y temblorosa, "para traer paz, para curar." "Y al hacerlo," le respondí, mi voz sin emoción, "has robado el destino de aquellos que debían sanar por sí mismos. No hay tal cosa como la magia 'buena' sin un costo, sin una factura que debe pagarse." Me miró a los ojos, vio mi convicción, y en un momento de lucidez, se rindió, tomé su energía, no como un robo, sino como una liberación. No hubo dolor, solo un suspiro de alivio, como si una pesada carga hubiera sido levantada de sus hombros.

En las calles de Tokio, descubrí a una joven que había usado la magia para manipular los sueños de la gente, dándoles falsas esperanzas a cambio de su felicidad. Era un reflejo de lo que la magia puede hacer, un espejismo que oculta la corrupción. "Es inofensivo," dijo, sus ojos llenos de miedo, "solo les doy un poco de alegría." "No," le respondí, mi voz firme, "les das una mentira. Les enseñas a depender de algo que no es real, mientras que en el fondo, la magia se come tu alma. Esa es la naturaleza de nuestro 'don', es un parásito que promete todo y lo toma todo." No fue tan fácil con ella, luchó, sus ilusiones se estrellaron contra mi realidad, pero mi disciplina era superior a su arte. La derroté, le arrebaté su magia y la dejé en un estado de completa confusión. Ella no entendió mi propósito, pero algún día lo haría, lo sabría, al igual que lo supe yo.

Y entonces, el universo se rompió. No con una explosión, sino con un susurro. La mitad de la vida en la galaxia desapareció en un instante, un evento que la gente llamó el "Blip". Yo estaba en un pequeño pueblo de la India, persiguiendo a un hechicero que había usado su poder para desviar un río. Sentí la energía del mundo contraerse, como un pulso que se detenía en un corazón. No me desvanecí, mi camino no era de esos, mi destino era el de un observador, el de un vigilante.
Los siguientes cinco años fueron un regalo inesperado. En la oscuridad, en el dolor y el silencio de un mundo que había perdido la mitad de su vida, los hechiceros se hicieron más visibles. Se sentían solos, vulnerables, no tenían dónde esconderse. Muchos renunciaron a sus artes, sus poderes les recordaban sus pérdidas, y yo estaba allí para liberarlos de esa carga. Recorrí el mundo, purificando el desorden, restaurando el equilibrio, mis acciones no fueron juzgadas ni siquiera por el universo. Era un tiempo de desorden, y yo era la única constante, era el único que seguía el camino correcto.

Cuando el Blip se revirtió, la explosión de energía fue ensordecedora, como el nacimiento de un nuevo sol, un pulso de poder que me hizo dudar de mi propósito por un segundo. Pero luego vi el caos, el pánico y la desorientación. Supe que mi misión no había terminado, que el ajuste de cuentas aún estaba pendiente, el universo había sido restaurado, pero las heridas que los hechiceros habían causado aún sangraban.

Cuando escuché los rumores sobre una bruja que había creado su propia realidad en Westview, mi corazón se hundió. Sentí su poder a miles de kilómetros de distancia, un eco de caos que resonaba en cada rincón del mundo. Vi lo que Strange y la Anciana habían ignorado: que el poder no se puede controlar, que solo puede desatar el caos. Vi cómo Wanda Maximoff, con su dolor y su inmenso poder, se había convertido en una plaga para la realidad, un virus que se esparcía sin control. Y entonces, mi peor pesadilla comenzó a cobrar forma. Las realidades se empezaron a romper. No era una fractura, era una hemorragia.

Desde la distancia, vi la desesperación de Strange. Vi a una joven, América Chávez, abrir un portal. Era un acto de magia tan puro y caótico que hizo que mis huesos vibraran. Strange y América se desvanecieron en ese resplandor, huyendo hacia una dimensión desconocida. Pero no estaba solo. En el mismo momento, sentí un poder aún más oscuro, más antiguo, un hedor a corrupción que solo podía venir de un lugar. El Darkhold. Vi a Wanda, con sus ojos llenos de un rojo carmesí, empuñar el libro. Ella no iba a seguirlos, los iba a cazar. Sentí cómo el libro abría una grieta en su mente, permitiéndole "deambular" por el Multiverso.

No podía intervenir físicamente. El riesgo de contaminarme con esa energía caótica era demasiado grande. Pero mi disciplina me había enseñado a ver más allá del velo. Usé una técnica prohibida incluso en Kamar-Taj, una proyección astral tan fina que no era más que una sombra de mi conciencia. "Permanece, Mordo," me dije a mí mismo, "observa. No te dejes corromper." Proyecté mi conciencia a través del portal que Wanda había abierto, siguiendo su estela. Mi objetivo no era poseer, sino deambular, observar la realidad a través de los ojos de mi yo alterno en ese universo.

En el universo de los Illuminati, viví la experiencia a través de mi contraparte. Sentí su arrogancia, su creencia inquebrantable en un orden que estaba a punto de desmoronarse. Él también despreciaba a Strange, pero su desdén era diferente al mío, era el desdén del poder. Lo vi debatir con Strange, vi su mirada de desprecio cuando Strange intentó defender sus acciones. Y luego, sentí el horror cuando Wanda destruyó a los Illuminati con una facilidad aterradora. Fue la prueba final. La Bruja Escarlata no era una excepción; era la regla. Era lo que le pasa a la magia sin orden, al poder sin disciplina. Mi contraparte murió en ese caos, una víctima de su propia arrogancia, de su confianza en reglas que no eran sagradas. Y supe que si no detenía a Strange, mi propio universo enfrentaría el mismo destino.

Hoy, el mundo todavía se aferra a la fantasía de los "héroes", la gente aplaude a los Vengadores, a los defensores de la Tierra, pero no ven la verdad. No ven que la LA DINASTÍA DE KANG se acerca, y que no podrán detenerlo si hay hechiceros sin control, yo soy el verdadero guardián, el único que ve la verdad.
Mi viaje continúa, sigo purificando el mundo de la magia que lo corrompe, no soy un villano, sino el que mantiene el equilibrio. No soy un hechicero, soy la cuenta que el universo está cobrando, no soy un héroe, soy el ajuste de cuentas. Y al final, cuando el caos de Strange y sus "héroes" colapse sobre sí mismo, yo estaré allí, de pie en los escombros, para restaurar el orden de nuevo.




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