Una noche con Jodie Foster 

De niña solía compartir las noches de películas con mi mamá. Ella era —y es— una gran admiradora de actrices como Jodie Foster, Meryl Streep, Demi Moore, Julia Roberts etc. Yo, en cambio, era demasiado pequeña para muchas de las películas que elegía, así que me enviaban a dormir temprano. Pero muchas veces me hacía la dormida para quedarme despierta y verla a ella, en la penumbra, encender el televisor y sumergirse en historias que no estaban pensadas para niños.

Una de esas noches vi Acusados, la película en la que Jodie Foster interpreta a Sarah Tobias. Recuerdo con nitidez el ambiente de la habitación: la luz azulada de la pantalla iluminando todo, el murmullo lejano de la calle y el silencio pesado que se instalaba cuando la historia, a medida que avanza se va tornando cada vez más intensa. Hay muchísimas películas que vi durante mi niñez, pero ninguna otra dejó tan grabada en mi memoria una escena tan cruda como la de la violación, y aunque de momento no entendí exactamente que sucedía, sabía que era algo muy malo, doloroso de mirar (incluso a escondidas) sin embargo seguí mirando, y lo siguiente que viene es Jodie Foster corriendo semi desnuda, con las piernas sucias y ensangrentadas pidiendo ayuda. Estas escenas me hicieron reflexionar sobre las cosas malas que les suceden a las mujeres. Mi cerebro de niña se preguntaba por qué sucedían estas cosas y creo que aún al día de hoy lo hace.

No fue una experiencia traumática, sino reveladora. Fue la primera vez que entendí que el cine podía mostrar lo que el mundo prefería callar. Mientras otros recuerdan canciones y finales felices de las películas de su infancia, yo pienso en esa noche: mi mamá con su película y yo escondida tras una manta, y claro, Jodie Foster luchando por justicia en la pantalla. Curiosamente, de todas las películas que vi de niña, esta es la que me transporta con mayor claridad a mi infancia. No es la más dulce ni la más colorida, pero es la que me enseñó que el cine podía ser mucho más que películas felices. Tal vez por eso hoy sigo amando las historias que incomodan.

Años después descubrí que Acusados está inspirada en el caso de Cheryl Araujo, una joven de 21 años que en marzo de 1983 fue víctima de una violación grupal en Big Dan’s Tavern, un bar de New Bedford, Massachusetts. Lo más perturbador es que varios clientes presenciaron la agresión sin intervenir, e incluso algunos alentaron a los atacantes. El caso fue televisado, algo inusual para la época, y convirtió a Cheryl en el centro de un juicio que capturó la atención del país entero. Durante el proceso, la defensa de los acusados intentó desacreditar a la víctima, cuestionando su conducta y su vida privada. Este tratamiento mediático generó indignación y abrió un debate sobre la culpabilización de las víctimas y la responsabilidad de los testigos en crímenes de esta magnitud. Finalmente, dos de los hombres fueron condenados por violación y otros cuatro por incitación al delito, un fallo que sentó un precedente en el sistema judicial estadounidense.

Saber esto hizo que la película adquiriera aún más peso en mi memoria: ya no era solo la historia de Sarah Tobias, sino la representación de un caso que cambió la conversación sobre justicia para las víctimas de agresión sexual. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que fue mi mamá quien moldeó mi relación con el cine. Sus elecciones marcaron el tono de las películas que veía, y gracias a ella aprendí a buscar historias que me desafiaran, que me hicieran sentir y pensar. De alguna forma, cada vez que veo una película que me sacude, sigo siendo aquella niña que se hacía la dormida para ver lo que su madre veía.

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