Si a alguno de mis conocidos se le consultara la razón por la cual elegí la docencia como camino de vida, ni siquiera el mayor de mis confidentes se atrevería a arriesgar que la razón es un personaje maravilloso, de una película maravillosa, pero que forma parte de una de las sagas más tristemente planas de la historia del cine.
Y es que después de haber leído la obra de Rowling no podría decir que soy un fanático ni de sus polémicas opiniones ni de sus personajes absolutamente carentes de alma. David Yates no ha hecho mucho para redimir la obra original, las excelentes actuaciones de grandes nombres como Gary Oldman o Ralph Fiennes, se ven opacadas por una dirección mediocre, caracterizada por filtros del Movie Maker y guiones llenos de agujeros.
Sin embargo, Don Alfonso Cuarón es una excepción a la regla, y es que es en los ríos más turbulentos donde el avispado explorador encuentra las pepitas más brillantes. Y El prisionero de Azkaban es una película que brilla espectacularmente entre montones de tierra y barro, con una profundidad única para un cine que, cada vez más, busca ser facil de digerir y peca de venir ya masticado.
Corría el año 2004, y Argentina comenzaba a levantarse de una de las crisis económicas más graves de su historia. En este contexto, para mi familia, que acababa de mudarse a la capital, se habían acabado las tardes de cine y McDonald's de cada fin de semana, y en el departamento que le prestaron a mi vieja en un PH sobre la calle Ramón Falcón mi único contacto con el cine era un reproductor de VHS, una tele de tubo y los videocasettes que mi abuela compraba en el kiosco de diarios de Teresa. Llegar de la escuela era sentarme frente a la televisión a mirar hasta el hartazgo (literalmente hasta el hartazgo) el mismo doblaje regional de Los Increíbles que me tenía tan enganchado, o las dos únicas temporadas de Yugioh que tenía de una colección incompleta. Entonces, cuando llegó esa cinta, de tapa oscura, y extremadamente intimidante para mis seis añitos, más allá del miedo al introducirla, agradecí la variedad.
No me equivoqué en nada, la película era distinta, y sí, hablaba sobre el miedo: Harry tenía miedo. Sirius Black, quien hasta ese momento creíamos que era un peligroso asesino, escapó de la cárcel y le estaba dando caza, y a lo largo de todo el filme el protagonista construye una relación muy cercana con el profesor que, para variar, ocupa el cargo más bastardeado de la historia de Hogwarts, maestro de defensa contra las artes oscuras.
Remus Lupin es, como su nombre lo indica, un hombre lobo y, desde su posición de marginado, la de alguien que vivió escondiéndose por su condición cada noche de luna llena enseña a Harry en particular y a cada uno de sus estudiantes a lidiar con sus miedos y dificultades. Remus es un hombre amable, inteligente y muy empático, y se atreve a hacer pedagogía a lo Freire: enseña para los marginados, desde el margenz mostrándose humano.
Los Boggarts, seres que adoptan la forma del mayor miedo de quien los enfrente, lo muestran ante los estudiantes tan humano y frágil como todos ellos, al mostrarle su mayor miedo, la luna llena que lo condena.
Revisitando está película, ya con mis 18 y una decisión en mente, no dude en ver a Remus como una inspiración, porque mi llamado nunca fue enseñar letras, fue ayudar a mis estudiantes a construir sus propias historias, a conseguir su propia voz, para así vencer el miedo, y eso se lo debo a Remus Lupin.

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