Mad Max (1979) fue un éxito por fuera del radar de toda la industria, el motivo es que esa película nació como un proyecto autogestionado por el productor Byron Kennedy y el director George Miller. Kennedy y Miller cruzaron caminos en un curso de cine en la Universidad de Melbourne, allí se unieron para hacer Violent in the Cinema, Part 1 (1971), un cortometraje de 20 minutos sobre los efectos de la violencia en el cine. Luego de este trabajo, Miller y Kennedy se propusieron hacer un primer largometraje, para ello el primero desempolvó su título de médico (profesión que ejerció hasta 1970) y consiguió trabajo como médico de emergencias. Además de juntar dinero para costear la película, también recolectó diferentes experiencias de vida al atender a pacientes en situaciones de riesgo, muchas de ellas por accidentes de tránsito lo cual colaboró a confeccionar la idea de Mad Max en un mundo al borde del apocalipsis donde el poder estuviera en el uso de una maquinaria, en este caso los autos customizados para adquirir mayor velocidad y resistencia.
La cualidad que distingue a la trilogía Mad Max es el riesgo asumido de ubicar a su personaje en aventuras muy diferentes una de otras, es decir a diferencia de otras franquicias construidas en la época, Miller y Kennedy siempre presentaron una versión distinta de Max Rockatansky. En la primera película era un policía de carretera agobiado por el momento de un mundo al borde de caer por un precipicio de violencia crónica que azotaba a la sociedad, antes de que ello sucediera decide renunciar para huir con su familia a un lugar recóndito, lejos de la ciudad. Todo termina de la manera más amarga, que es con el asesinato de su mujer y de su bebé, a pesar de cobrar venganza, su perfil cambia rotundamente para convertirse en un personaje más de la fauna postapocalíptica, sin retorno alguno. Esa marca a fuego que le queda en su alma se termina de advertir en la continuación: Mad Max: El guerrero del camino. Encontramos a Max en una fase de sociabilidad despojada, su único propósito es tener gasolina suficiente para el auto, que lo lleva por un recorrido sin destino aparente. De ser un policía con vocación y protector de su familia pasa a ser un mercenario, a contracorriente de un grupo de sobrevivientes que mantiene una refinería, la cual es acechada por unos bandidos pintorescos e igual de violentos dispuestos a hacerse de ese oro negro a cualquier costo.

Debajo de la coraza de hierro del carácter de Max hay un dejo mínimo de humanidad, hacía el final regresa para ayudar a escapar al grupo de la refinería en lo que es una de las persecuciones más realistas, salvajes y trepidantes del cine de la década. El ADN australiano provisto de una crudeza para representar actos concretos de violencia está desde Hombre sin mañana (Wake in Fright, 1971) de Ted Kotcheff, película seminal que abrió el camino para lo que después fue el desarrollo del fenómeno llamado Ozploitation, un término que empezó a tener circulación gracias al maravilloso documental Not Quite Hollywood: The Wild, Untold Story of Ozploiation! (2008).
En la tercera parte, este héroe agotado por las aventuras anteriores aparece como un hombre errante en la inconmensurabilidad del desierto, ya no tiene su auto característico, su medio de locomoción son unos camellos que tiran de un carro al mejor estilo de una diligencia. La energía que provoca la codicia desbordada no es más el petróleo, la maquinaria para sostener el movimiento y la pulsión de vida se deslizó hacia el ingenio y la creatividad, las cualidades humanas todavía respiran en un mundo en ruinas, igualmente la violencia ronda porque la dinámica de la sociedad sigue en un corte medieval. Max es asaltado por Jedediah The Pilot interpretado por Bruce Spence, quien también estuvo en la película anterior como The Gyro Captain. Ambos personajes tienen las mismas características: son piratas del desierto algo caricaturescos y manejan un vehículo volador llamado “The Flying Jalopy”, su nombre técnico es Transavia PL-12 Airtruck, diseñado y fabricado para un propósito agrícola en 1965. A pesar de las similitudes, Miller decidió llamar a los dos personajes con nombres distintos. En el final de película anterior, The Gyro Captain se convertía en el héroe menos pensado al liderar ese convoy hacia “el paraíso” (representado en una playa a 5000 km) luego de la batalla final contra la banda de Lord Humungus.
Tras perder su diligencia, Max queda literalmente con lo puesto y su única salida es dirigirse a Bartertown -Truequelandia, podría ser una traducción posible-. Este pueblo rudimentario se mueve a partir de las necesidades de demanda y de oferta, en función de lo que cada uno tiene para ofrecer: bienes y servicios por igual. La llegada de Max no es ni para una cosa ni para la otra, solo quiere recuperar sus bienes robados, lo que sucede es que una vez que algo fue intercambiado allí no existe ningún reclamo válido.

La trama creada por Terry Hayes y George Miller se acomoda en la estructura de un reino sostenido por la apariencia, el personaje de Turner tiene el control de las riendas hacia el afuera, pero debajo de la superficie está la moneda de cambio que hace mover a Bartertown, como se dijo, el petróleo fue cambiado por otra energía que sale de las heces de los cerdos. El que maneja esos criaderos y provee de electricidad al pueblo es Master (un hombre de talla baja), el verdadero cerebro de este intento de sociedad nueva, mientras que Blaster es el cuerpo que le permite al primero manejar el lugar. Cuando ambos se juntan conforman Master Blaster: cerebro y cuerpo. Probablemente esta sea la mejor idea de la película, el concepto de la deformidad mancomunada como posibilidad para sobrevivir y en como los marginales, llevado al extremo, son los que toman el poder.
Aunty quiere apropiarse de esa fuente de energía, cansada de negociar con Master, ve en Max la oportunidad de arrebatar todo sin ensuciarse las manos al proponerle un trato: matar a Master Blaster a cambio de recuperar sus bienes. Por supuesto, todo sale mal y Max se ve obligado a participar de una pelea en el Thunderdome -al mejor estilo gladiador romano- contra Blaster que es una máquina de matar. En la elaboración estética de este mundo y en sus personajes todavía persiste la “mugre” australiana para mostrar la ruina, la violencia e incluso algo de perversión.
Cuando Max es desterrado de Bartertown por no cumplir nada: ni el trato, ni tampoco en matar a Blaster, como lo dicen las reglas de las batallas en el Thunderdome. En ese acto de misericordia, nuestro errante y trágico héroe, encuentra su maldición. A partir de este punto se puede considerar la idea de un personaje atravesado por un perfil diferente en cada entrega, no cabe duda que las aventuras vividas moldean la figura con conflictos y objetivos distintos, aunque el primario siempre es sobrevivir.
A Max lo salvan un grupo de niños que viven en una sociedad, más rudimentaria que la de Bartertown todavía, cuya esperanza es la llegada de un mesías. En esta segunda parte, los guionistas toman la premisa de “El señor de las moscas”, la novela de William Golding, la cual cuenta la historia de un avión que lleva a unos estudiantes y que cae en una isla desierta, solo sobreviven los niños. A partir de la ausencia de reglas y normas, la única vía es dar cuenta de una faceta salvaje. La aparición de Max les hace creer a los niños que él es un capitán que los llevará a una tierra prometida. Tras una serie de disputas, en otro acto de redención, Max salva a unos niños lanzados a las profundidades del Wasteland y como única salvación lo que se presenta es el regreso a Bartertown para dar lugar a la última secuencia de acción, en lo que es momento más cercano a Mad Max 2: El guerrero del camino.
En el mismo año de Mad Max: Más allá de la cúpula del trueno, el propio estudio de esta película, estrenó Los Goonies un mes antes. Ambas películas tuvieron un desempeño más que aceptable en la taquilla, en otra época un mismo estudio o distribuidora podía lanzar dos películas al sistema de estrenos comerciales sin el miedo a una saturación o al desencuentro de un público pretendido. En la actualidad sería impensado por la atomización del acceso a las películas, sin embargo, la lectura de un momento es importante para comprender un funcionamiento de aquellos productos culturales que todavía nos llegan. En este caso se presentan dos cuestiones: la continuación de una saga que presentó una nueva cosmovisión de un mundo postapocalíptico y, también, permite pensar a modo de ejemplo como funciona una tercera parte que ya no carga con la presión de ser la continuación directa de un gran éxito, de ahí la libertad para seguir explorando en una saga, una cualidad que Mad Max: Más allá de la cúpula del trueno presenta sin dudar.




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