Wall-E: La chispa que encendió mi intancia 

Recuerdo con claridad y todavía me sorprende la primera vez que fui al cine. Tenía siete años, vivía lejos de la ciudad y para mí todo en ese lugar era fantastico: el olor a pochoclos flotando en el aire, las luces que se apagaban lentamente y sobre todo la pantalla gigante que se convertía en un portal hacia otro mundo. Sentado en mi butaca, con los pies que apenas tocaban el suelo y la bolsa de pochoclos entre las manos, sentí que estaba a punto de entrar en algo mas grande que yo mismo.

Cuando apareció Wall-E en la pantalla, un pequeño robot solitario limpiando basura en un planeta devastado y contaminado, no supe de inmediato por qué eso me atrapaba tanto. Era solo un robot, pequeño, torpe, que agarraba montones de basura y los transformaba en su interior. Creo que era eso… transformaba en su interior.

Sus movimientos, su curiosidad, su manera de mirar el mundo me llenaron de un sentimiento que me desbordaba. Cada chasquido metalico, cada parpadeo de sus ojos luminosos me hacía sentir que estaba frente a alguien que, aunque no hablara, entendía todo. Me enseñó sin palabras como la bondad y la curiosidad podía convertir un lugar vacío en un universo lleno de sentido.

Cuando apareció Eve, sentí una mezcla extraña de emoción y ansiedad. Wall-E la seguía con una torpeza adorable, con una determinación que me hacía reír mucho. Recuerdo que quería que todo le saliera bien a él. Cada pequeño gesto, mirada, accidente, me hacía sentir que estaba viviendo la aventura con él. Era como un amigo que mostraba como incluso los mas pequeños gestos podían cambiarlo todo, el amor y la curiosidad podían mover montañas aunque sean solo de basura.

Lo más fuerte de Wall-E es que no solo me enseñó a imaginar; me enseñó a sentir de una manera nueva. Descubrí que la ternura podía ser un superpoder, algo tan valioso como la valentía o la fuerza. En un mundo donde todo parecía apagado y desolado, ese pequeño robot me mostró que incluso los lugares más vacíos podían transformarse si había alguien dispuesto a cuidar, a mirar con atención y, sobre todo, a soñar con algo mejor. La ternura de Wall-E era contagiosa: me hacía creer que los gestos más simples, tomar una mano, guardar un recuerdo, proteger una planta, podían ser capaces de cambiarlo todo.

Hoy, cuando vuelvo a verla, siento exactamente lo mismo que aquel día en la butaca del cine: nostalgia, asombro y esa chispa que todavía está presente, que todavía cree que la magia existe en los lugares más inesperados. Esa película tiene la capacidad de arrancarme de la rutina y recordarme que la esperanza nunca es ingenua, que la curiosidad es lo que mantiene viva la imaginación, y que siempre hay algo maravilloso esperando detrás de lo cotidiano.

Wall-E marcó mi infancia de una manera hermosa, tan profunda que ni siquiera lo entendí del todo en su momento. Fue mucho más que mi primera experiencia cinematográfica: fue el primer recuerdo de que la vida, por más complicada y gris que parezca, siempre guarda un rincón para la esperanza, para la curiosidad y para la maravilla. Y esa certeza, nacida de la ternura de un robot en una pantalla gigante, todavía me acompaña hoy, como una brújula silenciosa que me recuerda que nunca se debe dejar de soñar.

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