“Llega siempre un tiempo en que el populacho perdido vira hacia las ideas simples, hacia la sabia brutalidad de los hombres fuertes. En nosotros, encuentran una salida para sus rencores, un escape de su mortificante sensación de impotencia, una repentina y milagrosa esperanza de revertir su insatisfactorio destino. Basta con decir las palabras correctas, simples, directas, con la mirada correcta y el tono justo. Entonces nos aman, nos veneran. Me amaron locamente. Durante 20 años me adoraron y me temieron como a una divinidad. Y luego me odiaron, me odiaron locamente porque aún me amaban. Me ridiculizaron, profanaron mi cadáver por miedo a ese amor enloquecido que sentían por mí, incluso después de muerto. Pero, díganme, ¿de qué sirvió? Miren a su alrededor… De nuevo estamos aquí.”
Monólogo inicial de “Mussolini: Hijo del siglo”.
El primer ingrediente necesario para dar a luz a un tirano es una sociedad en crisis. La Alemania pre Hitler la tuvo gracias a la “Gran Depresión” de 1929, su derrota en la Primera Guerra Mundial y la pobreza que esto conllevó. La Italia previa a Mussolini lo tuvo casi con iguales argumentos, derrota en la guerra, sociedad empobrecida y descrédito en el sistema político. Luego es importante encontrar un chivo expiatorio para señalar como culpables del fracaso del modelo previo: para los nazis fueron los judíos, eslavos, discapacitados, homosexuales, socialistas, comunistas y gitanos; para los fascistas de Italia eran los rojos socialistas y para algunos gobiernos actuales pueden ser los inmigrantes, los pobres, los jubilados, los docentes, los científicos, los homosexuales o cualquier ser humano que tenga un pensamiento político que promueva la redistribución de la riqueza y la justicia social o cualquier otro tipo de idea de corte progresista.
El segundo ingrediente es comunicacional. Hace falta un discurso violento, de choque y confrontación, que se exprese retóricamente a partir de un líder excéntrico y carismático, preferentemente un outsider del sistema político para canalizar el descontento de la población con sus gobernantes con una cara nueva, pero conocida popularmente, como puede ser el caso de Mussolini, Donald Trump y Javier Milei, todos de un similar origen mediático caricaturesco. Esa violencia discursiva, debe ser acompañada por una fuerza de choque brutal, que pueden llamarse Camisas Negras como fue en Italia, SS para los nazis, o cualquier ejército o policía con carta blanca para reprimir, torturar, desaparecer y aniquilar a sus detractores por fuera de la ley. El totalitarismo no duda, actúa, ataca e intimida. El miedo es su principal combustible. No hay ciudadanos en igualdad de derechos: están los elegidos y los enemigos.
Esta semana se estrenó “Mussolini: Hijo del Siglo”, la serie ítalo-anglo-francesa dirigida por Joe Wright, cineasta británico conocido por “Orgullo y prejuicio” (2005), “Expiación, deseo y pecado” (2007), “Anna Karenina” (2012) y “Las horas más oscuras” (2017), donde retrató al líder británico Winston Churchill. La serie tiene como protagonista al italiano Luca Marinelli en el papel del dictador. “Quiero llamar la atención sobre el peligro de los populismos, y también el peligro de la masculinidad tóxica. La historia siempre se ha repetido, desafortunadamente, y nos cuesta aprender las lecciones del pasado. Me pareció un momento y un tema importante para llevar a las audiencias modernas en todo el mundo”, dijo el director en el estreno del Festival de Venecia del año pasado. Más allá de la calidad de la serie, es vital esta reflexión sobre la violencia política, sobre todo en este tiempo en el que parece que la paz mundial pende de un hilo y los representantes políticos no ayudan a brindar tranquilidad.
No es que la historia se repite cíclicamente como un reloj, pero si podemos pensar que el paso del tiempo es como un espiral. A los tiempos de bonanza para los pueblos, tarde o temprano les toca una crisis. Muchas veces perpetrada tras bambalinas por actores políticos, económicos y financieros que se verán beneficiados por el conflicto social, como muestra la serie con el comienzo de Mussolini apoyado por los grandes terratenientes que veían peligrar sus empresas. Pero cada tiempo suma sus avances científicos y tecnológicos, y sus particularidades de época. Las guerras son más sangrientas porque las armas evolucionan. La propaganda se vuelve más sutil, global y sofisticada, porque ya no llega en panfletos sino que entra por las venas como una droga a través de las pantallas de nuestros celulares.
Y también crece como espiral, porque la línea de la tolerancia y aceptación del discurso fascista se va corriendo siempre un paso más allá. Cada permiso que una sociedad concede a los tiranos de moda, marca un nuevo punto de partida para lo que venga luego. Así, este tiempo es uno de los más violentos de la historia de la humanidad. Desde el discurso en los principales presidentes del mundo, tensando las relaciones diplomáticas hasta llevarlas al borde de un conflicto global, hasta los hechos que ya tomamos como cotidianos en casos como el genocidio televisado de Palestina, convertido en un reel más de Instagram que pasa para que luego nos vendan una rutina para adelgazar o unas zapatillas nuevas.

El guión de la serie fue concebido a partir de la biografía escrita por el napolitano Antonio Scurati, -periodista en conflicto constante con la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, parte de la ola de ultraderecha europea- donde se narran los sucesos históricos de aquellos años documentados con diarios, discursos, cartas, artículos y algunas pinceladas de ficción. “El libro está brillantemente investigado y estructurado. Me gustó cómo usa muchas formas literarias diferentes, y eso fue algo que intenté emular en el estilo de la serie. Presentaba a un personaje muy defectuoso pero humano, y eso resultaba fascinante”, dijo Wright. Los ocho capítulos de la serie -en Argentina recién se estrenaron los dos primeros, y cada miércoles se sumarán episodios nuevos- reflejan un espíritu de musical, de ópera, con el protagonista rompiendo la cuarta pared permanentemente, hablando a cámara para revelar su pensamiento, no siempre en concordancia con sus acciones. En la oscuridad, los niños mendigando, en los tonos grises, en la madera, el barro, el hierro y el humo, se siente la rusticidad y la decadencia de la época.

El relato comienza en 1919, con el surgimiento de los Fasces Italianos de Combate, los veteranos de guerra que dieron origen al Fascismo. Los Camisas Negras, eran grupos de soldados que cargaban con la cruz de haber dejado su vida en la guerra para volverse aún más miserables que lo que eran antes. Fue Mussolini, de origen humilde e hijo de un herrero y una maestra, y por entonces director de un diario, quien supo canalizar ese descontento y convertirlo en rabia para lograr su ascenso al poder. Su modus operandi era la violencia directa y sangrienta. Esta primera temporada de la serie llega hasta 1925, con el asesinato del diputado socialista Giacomo Matteoti promovido por Il Duce y llevado a cabo por los Camisas Negras. Este crimen fue una bisagra en la historia del Fascismo, ya que Mussolini lo utilizó para promover la dictadura a largo plazo, con la prohibición de la oposición eliminando los otros partidos políticos, reprimiendo a la prensa opositora y eliminando el derecho de huelga.

Para sumarle vértigo a la narración, el director convocó a Tom Rowlands, del dúo de música electrónica The Chemical Brothers, para hacerse cargo de la banda sonora de la serie. “Es un elemento visceral que penetra la narrativa y se adentra en las profundidades de un violento período histórico, suspendido entre el pasado y el futuro. La banda sonora de la serie, fusionándose con la estética operística de Joe Wright, no sólo reproduce la intensidad del libro de Antonio Scurati, sino que se convierte en una extensión del mismo, un lenguaje autónomo que relata la brutalidad del fascismo de forma universal y atemporal. Quise mostrar a un hombre asustado y desesperado que intentaba imponer control en un mundo de caos. Me obligó a mirar los rincones más oscuros de mi propia relación con la masculinidad”, dijo el músico. Su aporte al espíritu de la serie es determinante, acelera y profundiza el dramatismo con un sonido mecánico de techno industrial y apocalíptico. Y sobre todo, trae esa sensación de peligro al presente, con un sonido de hoy. Esa es, claramente, la búsqueda de esta serie: no sentir que estos personajes son parte de una historia lejana, sino que están, como una pesadilla, metidos en nuestras sábanas.



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