En mis casi 30 años de vida, se puede decir que la infancia filmográfica ha formado su apego y nostalgia en las producciones de los noventa y los años dos mil. Producciones narrativamente exquisitas como la inigualable trilogía del señor de los anillos, o la renovación del género de magia y fantasía con “Harry Potter” y un elenco que crecía junto al espectador, respetando tras cada película, un criterio narrativo literario y no comercial, considerándolo el último de su género.

Luego, vino el desastre, la hiperproducción y la saturación de los medios de difusión generó una implosión cultural que busca el entretenimiento, en lugar de la profundidad estilística de sus personajes. Pocas son las audacias fílmicas pensadas para abrazar la soledad significancia de un niño y hacerlo sentir un héroe en su propia historia. Sin embargo, aun nos quedan los recuerdos con los que medir la pretenciosa mediocridad actual, con el campo verde de la nostalgia infantil, no será del gusto de todos, pero era el nuestro y en nosotros nos queda.
El stop motion es una técnica de animación realizada por medio de foto montaje de figuras móviles. Es cara y su largo y lento proceso solo puede resultar en un viaje psiquiátrico para su autor o en una obra maestra pulida con la pulcritud de un caligrafista arabe. De mi infancia, rescato tres significativas películas de dicho género que aún resuenan en mi conciencia como films que abrazan a mi niño interior. “James y el durazno gigante” de 1996, son de esas extrañas y silenciosas producciones de Disney que resuenan en la cápsula encefálica del privilegio de haberlas visto una vez, y nunca haberla visto trascender en la cultura popular. Se trata de una película que explora la fantasía onírica infantil, ornamentando visualmente la historia desde la perspectiva escapista de un niño. Esto lo hemos visto en otras producciones como “Laberinto” o “la historia sin fin”, y en “James y el durazno gigante”, nos vuelve a refrescar esos sueños escapistas con un durazno gigante que nos transporta hacia un mejor lugar, acompañado de una tropilla de avatares simbólicos del propio ser de James proyectados en forma de insectos.

Continuando con la sensibilidad nostálgica con este género, no es de extrañar que la anterior película tenga al mismo director en las siguientes dos, al gran Henry Selick, quien junto a Tim Burton, construyeron una marca registrada de la animación onírica, compitiendo en audacia y traumatización infantil con el anime japonés. Por lo que fue “El extraño mundo de Jack” que dio origen y principio arquetípico a esta marca audiovisual, que lograba darle forma a nuestros sentimientos más perturbados. Tan es así que Jack trascendió, y lo sigue siendo, como un símbolo de la insatisfacción personal, el fracaso, los sueños no correspondidos y la búsqueda del verdadero amor, concluyendo que la vida no se trata de lo que hayas construido con lo que eras bueno, sino de todo aquello que aun puedes lograr a espalda de las expectativas que hayas generado en tu propio público.

Finalizando con este género, tenemos “los mundos de Coraline” del año 2009, que continuó transmitiendo, sin ninguna exageración, aquel terror onírico cargado de significados para un niño que dejó de serlo, en su ya supuesta madurez preadolescente. Pues nos encontramos a una Caroline rebelde, que reniega de su familia, mientras encuentra proyectada todas sus iluminadas fantasías en una dimensión paralela, de la cual, se le ofrece quedarse pero con un propósito siniestro, el ser el centro de atención constante de su propia fantasía. Terrorífico como pensamos en la destrucción de los sueños que implican estos escapismos oníricos, y es que son eso, escapismos, que en algún momento tropezamos, caemos, nos levantamos y los enfrentamos hasta aceptar lo bello de la realidad, que nos pertenece.

Tal vez la nostalgia sea la memoria onírica a la cual escapamos, cuando la llamada “fábrica de sueños” pasó a convertirse en un reel de tik tok comercial, destinada a vender muñequitos pasajeros y olvidables, con poco uso al significado que le hemos dado. Y ahí están, en aquel pasado, los icónicos personajes nos enseñaron en el desafiante heroísmo de un “Mulán” o un intachable código de honor como de Milo en “Atlantis: el imperio perdido”, que siguen resonando como los estereotipos en los que construir una historia memorable. Habrá muchas más películas con las que identificarse, por el momento, las tres descritas son las que han desprendido en lágrimas de celulosa mis ojos de video type.




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