Armand: Trauma y surrealismo en la película noruega del nieto de Ingmar Bergman y Liv Ullmann 

Si hay algo que no imaginé encontrar en la ópera prima de Halfdan Ullmann Tøndel es el revés de las reiteradas angustias de su abuelo, el mítico Ingmar Bergman. Es que Halfdan no es otro que el nieto del gran director sueco y de la actriz Liv Ulmann, pareja y protagonista de su etapa consagratoria, al mismo tiempo que también directora. Ambos dieron cuerpo a una etapa audaz en lo temático y experimental en lo formal de la trayectoria del director de El séptimo sello (1957), la que inauguró Persona (1966), y llegó a sus desvíos más mainstream con El huevo de la serpiente (1977) y, al mismo tiempo, más confesionales con Escenas de la vida conyugal (1973). Pero en ese universo, siempre la infancia parecía gravitar sobre adultos atormentados y esquivos a su responsabilidad. Los miedos del pasado acorralaban a sus personajes, los asaltaban en sus pesadillas, los llevaban a rincones sombríos que nunca habían imaginado. En cambio, Halfdan enfrenta a los adultos a la responsabilidad que supone su vida en presente, más allá de las marcas que vengan de la niñez y los traumas que condicionen su conducta. Los niños del hoy son los afectados por esos adultos refugiados en sus miedos y ansiedades, y a menudo dispuestos a esquivar lo que implica tomar decisiones, sean estas buenas o malas.

Poster italiano de la película, ganadora de la Cámara de Oro en el Festival de Cannes de 2024.

La historia comienza con Elisabeth (la extraordinaria Renate Reinsve, que puede hacer de todo y todo le sale bien) algo alterada cuando recibe un mensaje al celular mientras maneja su auto. La convocatoria a una reunión la pone en alerta, se va cambiando a las apuradas, intenta mantener la calma al volante y consigue llegar a destino sin estrellarse. Mientras tanto, en el colegio, los directivos parecen ponerse de acuerdo para atender un asunto algo espinoso. Sunna (Thea Lambrechts Vaulen), la maestra de grado, algo inexperta, se muestra dubitativa, nerviosa por lo que se viene. Jarle (Øystein Røger ), el director, trata de sortear el compromiso, y Ajsa (Vera Veljovic-Jovanovic ), otra de las responsables de la dirección, comienza a sangrar por la nariz, como un llamado de alerta entre divertido e inquietante. Ya en el aula Sunna recibe con cierto sobresalto la llegada de Elisabeth, a quien nada se le dice hasta que no lleguen los padres del otro alumno involucrado en el incidente. “Nada serio”, insiste Sunna, pero las cosas cambian cuando aparecen Sarah (Ellen Dorrit Petersen) y Anders (Endre Hellestveit). Ellos son los padres de Jon, el mejor amigo de Armand, el hijo de Elisabeth.

El “incidente” se revela envuelto en reiterados eufemismos en relación con su veracidad. Armand, de seis años, es acusado de abusar de su compañero en el baño, de dejarlo con rasguños y sin pantalones. La reacción de Elisabeth oscila entre la incredulidad y la negación, y el clima se espesa aún más luego de que Sarah afirme la oblicua responsabilidad de la madre en la agresión. Elisabeth es actriz, pero además es viuda, y con el correr de la historia vamos descubriendo que hay más historia entre los tres adultos que la amistad de sus hijos. Elisabeth ha perdido a Thomas, su marido, recientemente. Thomas es, además, el hermano de Sarah y su muerte es objeto de reflexión y culpabilidad. Violencia, depresión, maltrato desfilan como traumas escondidos en esa trama familiar que enreda adultos tratando de sortear sus roles y utilizando a la autoridad escolar como árbitro.

Sin embargo, lo que uno puede imaginar como un drama social, una especie de terapia de shock que sale de la pantalla hacia el espectador se convierte en una estrategia más audaz y desconcertante. A menudo la película nos sitúa en una posición incómoda en la que nadie quiere estar y de la que es muy difícil salir. Por ejemplo, cuando es evidente que la institución educativa tiene serios problemas para lidiar con los padres antes que con los alumnos, Elisabeth responde a un intento de lectura de las conclusiones de la reunión con una risa nerviosa e interminable, una situación que pasa del gag, a la inquietud, a la agobiante desesperación. Ullmann Tøndel maneja los tiempos con inteligencia, creando en el espectador ese mismo desconcierto que experimentan los que están allí presentes.

Renate Reinsve se consagra como una de las mejores actrices del cine contemporáneo.

Pero, además, consigue romper el realismo con pasajes oníricos y alucinatorios que incluyen lo festivo y catártico como una forma de escapatoria de la realidad, sobre todo para Elisabeth. Reinsve condensa en su expresión todas las ambigüedades posibles, desde el dolor por la perdida, la conciencia del maltrato, el intento de protección de su hijo, y una corriente de sensualidad que resulta inevitable. El personaje nunca se acomoda a lo que necesita el espectador, a esa vocación de encasillarlo en un lugar único, el de víctima o victimario, el de abusador o abusado. Y la complejidad de la puesta en escena, que no sale de la escuela pero la convierte en un territorio espeso y neblinoso, laberíntico y opresivo, absurdo y liberador, concreta la encrucijada que subyace en la película, la del sistema educativo y sus deficiencias para lidiar con un mundo que cambia todo el tiempo y demasiado rápido.

Armand, quien da titulo a la película en el original, nunca está. Su presencia asoma en una fotografía, en una imagen fugaz o congelada. Su dimensión simbólica le permite al director esquivar la psicología propia del melodrama para abrazar una reflexión más compleja, casi metafísica. ¿Qué pesa sobre ese niño acusado de convertirse, con solo seis años, en un abusador? ¿La tragedia de su padre, esa muerte dudosa y nunca tramitada por la familia? ¿O las cuentas pendientes entre su madre y su tía Sarah, silenciadas en público, pero dichas en voz baja a cuentagotas, con sugerencias de secreto y perfidia? ¿O tal vez un sistema escolar que revela sus limitaciones para lidiar con un presente complejo, signado por una convivencia más tensa, por el impacto de las nuevas tecnologías y la abundancia de la información, por la crisis de la autoridad y de la institución nacida en el siglo XIX?

Ullmann Tøndel no pretende abordar todos los temas que sugiere de soslayo, y es cierto que por momentos su narrativa se torna algo confusa, embarullada, atenta a la dimensión simbólica, a las implicancias oníricas, a la fascinación con su actriz, pero también es cierto que su película impone la necesidad de cambiar de costumbres a la hora de mirar la realidad, y con ello el cine puede ofrecer el mejor aprendizaje. Representar lo que no entendemos de manera que posibilite una reflexión fresca, diferente, que atienda a esas cosas que no vemos a menudo en pantalla pero que nos empujan a enfrentarlas sin cobardía. Algo de eso ocurre con los padres, con los maestros, con los directivos de una escuela que se convierte en caja de resonancia de todo aquello que la excede pero que también la condiciona. Bienvenida Armand para ello, y bienvenido Ullmann Tøndel con el peso de su herencia y el riesgo de su toma de posición.

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