Caperucita Roja (Tatiana Mazú, 2019) 

Una de las imágenes más pregnantes de la mujer que camina sola en un espacio público, abierto, es Caperucita Roja. Una niña que cruza el bosque con una cestita llena de cosas para su abuela a pedido de su madre. En el bosque se cruza con un peligro: un lobo antropomorfizado. Caperucita es un cuento viejo como los cuentos, de esos que tienen su versión en todas las culturas. Una niña o mujer joven que sale al mundo vestida del color más llamativo de todos los colores, y se enfrenta instantáneamente con una serie de peligros. Hay versiones de caperucita de los Looney Tunes, de Mickey Mouse, del cine clásico, del cine contemporáneo. Hay versiones de caperucita niña, adolescente y adulta. Hay incluso versiones de Caperucita de Igmar Bergman y Wes Craven, si pensamos en La fuente de la doncella o su remake del genio del terror, Last house on the left. Incluso hay, podríamos pensar, versiones de caperucita en las que no vemos a las caperucitas sino a quienes las buscan incansablemente, como L’avventura, de Antonioni. Hay caperucitas en todos lados para quien tenga ojos para encontrarlas.

En sus versiones literarias más conocidas, Caperucita roja es una fábula y, por lo tanto, en su versión de Charles Perrault y en la versión de los hermanos Grimm tiene una moraleja. La de Perrault reza:

La niña bonita,

la que no lo sea,

que a todas alcanza

esta moraleja,

mucho miedo, mucho,

al lobo le tenga,

que a veces es joven

de buena presencia,

de palabras dulces,

de grandes promesas,

tan pronto olvidadas

como fueron hechas.

Mientras que la de los hermanos Grimm dice:

Pero Caperucita Roja solamente pensó: "Mientras viva, nunca me retiraré del sendero para internarme en el bosque, cosa que mi madre me había ya prohibido hacer.”

La primera advierte a las niñas a no fiarse de los hombres y la segunda apunta a la importancia de no desobedecer a los padres y salirse de la directriz. Una tiene que ver con desarrollar un músculo ante la desconfianza, la otra tiene que ver con ejercer la obediencia. El final de Caperucita suele ser aleccionador, pero es el medio lo que es verdaderamente interesante: paseos, comida, cazadores, lobos llenos de piedras, hojas y carreras.

El primer largometraje en soledad de la cineasta argentina Tatiana Mazú, Caperucita Roja, recupera el cuento de la caperucita en medio de un clan de mujeres: abuela, madre, nietas leen y recitan de memoria la versión del cuento que tienen en la familia. Esa lectura hace eco en la vida y los vínculos de cada una de las integrantes de la familia. El cuento de Caperucita con sus versos es central en el vínculo entre este clan de mujeres que crean una vida en común a través de los objetos y las actividades que las definen: la hija y nieta que es cineasta (Tatiana) filma a las demás; la hermana militante trae algunas discusiones a la casa familiar, a la vez que guía al grupo familiar hacia la calle; la madre, profesora de literatura, trae los cuentos, historias y versos; la abuela, costurera, enseña su oficio a sus nietas, que articula la película a través de crear algo en conjunto durante la película, el abrigo rojo con capucha.

De todas las caperucitas de la familia, cuatro mujeres que salen a la calle a vivir el mundo, la abuela Juliana es la principal. Su vida, su oficio y la relación con las mujeres de su clan más jóvenes son el centro de todo. Movida por las ganas de su nieta de hacer una película al respecto, Juliana comienza a escribir sus memorias, y estas toman un poco la forma de un cuento de hadas, del estilo de Hans Christian Andersen: niños de infancias difíciles, duras, de maltrato y pobreza. La forma en que Juliana cuenta su vida es también la de una fábula, una que aún no tiene moraleja porque no termina. Criada en España, contemporánea a la Guerra Civil, maltratada por unos parientes que la hacían trabajar duro desde los seis años, el mundo exterior es para ella a la vez terror y refugio. En el bosque los milicianos y en el pueblo los falangistas, en casa los maltratadores. Apenas puede, se embarca sola hacia Argentina en barco. Ahí comienza a trabajar de empleada en casas, como en la casa de sus tíos, y cuando se da cuenta de que no hay forma de tener una vida más o menos libre o con cierto libre albedrío en casa ajena decide hacerse costurera, oficio que mantiene hasta el día de hoy. Una forma de trabajo en su propia casa, con sus propios tiempos.

La confección a mano es un oficio lento y detallista, que ocupa las manos pero deja desocupada la boca. Así, los espacios de trabajo de costura son para muchas mujeres un espacio de pasar tiempo juntas y conversar. Implica mirar el cuerpo, medirlo, anotarlo, pensar en el molde, en los pliegues de las telas, en los materiales. En ese proceso, la conversación se va volviendo más tensa entre las caperucitas conforme se acerca el presente: las nietas y la abuela tienen desacuerdos frente a cosas que para las nietas son centrales. Discuten sobre feminismo y sobre conciencia de clase, sobre el lugar que ocupan como obreras y la violencia machista. Es raro ver una película de abuelas en las que las generaciones discutan, y ahí están.

Ahí comienzan a abrirse algunas preguntas. ¿Cómo es que Juliana no ve lo mismo que quien mira la película en su relato?¿Cómo no ve la vida de explotación y maltrato, como no ve las cuestiones estructurales detrás de esa historia que ella ve como personal?¿Cómo no ve los cruces entre biografía y política? En un momento, Juliana le dice a su nieta: “el tiempo es la historia, hija”. ¿Dónde nace la ceguera de las ideas de una a las ideas de la otra, si está todo dado para que no sea así?¿Está en la percepción?¿O está en el peso de ese tiempo?

Juliana odia a los “rojos” de la guerra civil (en una postura cercana al “no hubo buenos en esta guerra”) mientras que sus nietas cantan en sus tiempos juntas canciones de la izquierda internacional y los milicianos. Juliana dice que jamás se hubiera casado si no fuera para tener hijos y Tatiana le cuenta que hace unos años se hizo un aborto. Al final de la película Sofía, la hermana militante, lidera una columna en una marcha de Ni una menos multitudinaria a la que van su hermana y su madre mientras vemos, en un montaje paralelo, a Juliana en la terraza de su casa, escuchando la marcha a través de los sonidos que viajan de la calle. Quizás demasiado grande para poder ir a la marcha, o quizás porque está concentrada en otra cosa, las caperucitas se separan justamente en el afuera: las más jóvenes en las calles, la más grande en lo alto de su casa.

Pero la película no termina ahí: listo el abrigo rojo, Juliana y Tatiana van a un bosque a caminar. Ahí, en un camino entre los árboles, Tatiana le pasa la cámara a Juliana y se aleja caminando sola, una caperucita completamente materializada. Detrás, Julian mueve mucho la cámara tratando de capturar a su nieta que se va muy rápido y se ve tan chiquita en la pantalla. La va dejando ir eventualmente. Repite los versos de la infancia, pero ya no son sólo suyos, y ya no son sólo versos.

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