E.T. y el cambio de Paradigma en las películas de extraterretres 

Para el año de 1982 cuando se estrenó “E.T. El Extraterrestre” en Coro, una pequeña ciudad costera del estado Falcón, un estado ubicado al centro-occidente de Venezuela, yo tenía solo 5 años de existencia, no tenía capacidad crítica para visualizar, entender y juzgar las escenas que desfilaban ante mis ojos en la pantalla del ya desaparecido Cine Miranda, único que había para aquel entonces.

No lograba comprender que hacia esa película tan interesantes que todos los niños de mi ciudad estaban entusiasmados por verla, hasta que se proyectó ante mis ojos la magia del cine de la mano de la dirección de Steven Spielberg, atrapándome en una historia encantadora de amistad más allá de lo convencional, acción, aventura, ciencia-ficción y por supuesto una trama donde se entremezclan los vínculos afectivos, el sentido de protección de Elliot (el protagonista) y la complicidad con su hermana menor Gertie, interpretada por una naciente Drew Barrymore (quien, confieso, fue mi primer amor platónico).

Toda la historia se resume en la lucha de E.T. por comunicarse con sus padres, familiares o seres significantes, quienes lo habían dejado abandonado en un bosque cercano a la casa de Elliot cuando recolectaban muestras botánicas para su estudio y fueron sorprendidos por agentes gubernamentales, por lo que en la premura de la huida no advirtieron que faltaba el pequeño E.T. Sin embargo, por un caso fortuito se da el encuentro con el protagonista y en una muestra de asombro, curiosidad y empatía, atrae al pequeño visitante interestelar con dulces y así se inicia la hermosa amistad entre este ser de otro mundo y el niño Elliot.

Muchas fueron las escenas que quedaron indeleblemente marcadas en mi memoria, pero dos destacan del resto, la primera cuando E.T. enciende su dedo en color rojo para curar el dedo herido de Elliot, y la segunda, la persecución de los niños por parte de agentes gubernamentales o policiales donde se produce la imagen que me marcaría para siempre: E.T. en una canasta de bicicleta manejada por Elliot levitando por telequinesis sobre una barricada colocada por las patrullas que les cerraban el paso. Pienso que es una de las imágenes más icónicas del cine del siglo XX e indudablemente una de las escenas que forma parte de la cultura popular de todas las personas contemporáneas conmigo que tuvieron la oportunidad de ver la película.

Ahora bien, a pesar de lo maravillado que mi yo de entonces podía haber estado al ver la película, lo entretenido de su historia, la marcada carga emotiva y sentimental, demostrando sensibilidad, empatía, imaginación, sentido de protección, ternura y amor (sobre todo por parte de Gertie); amén de una banda sonora exquisita que acompaña a cada una de las escenas de forma magistral, hay algo que a mi corta edad si pude percatarme; “E.T. no era la típica historia de una criatura alienígena hostil, agresiva e invasora que dibujaban los filmes anteriores sobre temas parecidos”, lo que supuso un cambio de paradigma respecto a la imagen del extraterrestre en el imaginario colectivo.

A partir de ese momento comenzó la E.T.-manía, reflejado en la mercadería de la época: ropa, zapatos, morrales, loncheras, bolsos, juguetes, cereales, historietas, cartas o barajitas, y un largo etcétera inundaron los mercados con la imagen de un alíen bonachón que cura a la gente y tiene el poder de levitar; fiebre a la que yo quedé expuesto y de la que formé parte. Ya de adulto, reflexionando sobre el tema fue que me surgió la gran pregunta: ¿Tenia el Hollywood de la época la misión de transformar el pensamiento común sobre los extraterrestres hacia actitudes más tolerantes o solo fue un hecho aislado que obligó a seguir ese camino como un canon?

A partir de allí el fenómeno se replicó, no con la misma intensidad, pero si persistentemente, visto en casos como: “El vuelo del Navegante” de 1986, que narra la historia de un niño de 12 años abducido por una nave alienígena pilotada por una inteligencia superior pero con actitud amigable, dando inicio a una gran aventura; también está el caso de la serie de T.V. “ALF El Extraterrestre”, donde se narra la historia de un ser de otro mundo que convive con una típica familia norteamericana en un sin número de situaciones verosímiles, así como innumerables historia bajo esa misma línea.

Pero, por encima de las interrogantes que pude tener sobre esta película, y de los análisis posteriores que realice de la misma con el pasar de los años, hay algo de lo cual si estoy completamente seguro: “E.T. El Extraterestre”, siempre me recordará las mismas emociones que sentí la primera vez que la vi, me hará recordar mi niñez y de lo feliz que algún día fui con mi juguete que iluminaba su dedo y decía “E. T. llama a casa”, los zapatos con la imagen del el pequeño ser del espacio, la lonchera amarilla que llevaba a mi escuela con una estampa también del mismo personaje, En fin, E.T. no solo me devuelve a la infancia cada vez que lo veo: me devuelve la certeza de que la ternura, la amistad y la magia aún pueden salvarnos, aunque sea desde una canasta de bicicleta voladora.

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