—Ste, despierta… vamos tarde otra vez.
Empujé la puerta de su habitación y sentí un vacío en el pecho. La cama estaba tendida, impecable… y vacía. Mi hijo tiene cinco años; pensé que estaría escondido como siempre, esperando a que lo encontrara. Entré despacio, con una sonrisa nerviosa.
—Ste, ¿estás aquí? —pregunté, asomándome bajo la cama.
Nada. Un frío me recorrió la espalda. Busqué en la despensa, en las escaleras, llamando su nombre.
—Amor, ya no es gracioso… debemos irnos ya.
El silencio era tan espeso que dolía. Entonces, un golpe estremeció el techo. Me cubrí la cabeza, gritando su nombre, pero no hubo respuesta. El techo se abrió como una herida, y emergió una bestia: un lobo descomunal, con alas negras y un rostro torcido por hambre y rabia.
Me quedé paralizada. El rostro de mi hijo cruzó mi mente y, de golpe, volví a moverme. Corrí fuera de la casa, pero la criatura me alcanzó. Su baba cayó sobre mi piel, repugnante. Cerré los ojos, segura de que todo había terminado.
Un golpe metálico interrumpió el ataque. Una chica apareció, empuñando un tubo de hierro.
—Tranquila, te sacaré de aquí —dijo, empujando al monstruo hasta hacerlo caer.
Me encogí en la calle, cubierta de sangre y sollozos.
—¿Dónde está mi bebé? —grité con la voz rota.
Ella se arrodilló frente a mí.
—Tu hijo no está aquí… pero debe estar bien. Respira.
—Él… él desapareció…
—Lo sé. Mi hija también. Manejaba con ella cuando, de pronto, ya no estaba. Pero lo siento… siguen vivos.
Quise creerle. Me ayudó a ponerme de pie y abrió el pecho del monstruo: un diamante amarillo brillaba en su interior. Lo mordió como si fuera pan, y me ofreció un trozo.
—Esto te hará más fuerte.
—Yo solo quiero a mi hijo —susurré.
Ella asintió.
—Entonces lucha. Nosotras dimos vida, y ahora debemos protegerla.
En ese instante supe que mi camino sería volverme fuerte para encontrarlo.
Ha pasado una semana desde que Dayana me salvó. Siete días sin ver a mi hijo, pero con la esperanza intacta. Peleamos contra monstruos que guardan gemas de colores. Yo ya he probado once: cada una distinta, cada una un pedazo de poder.
No entiendo nada. ¿Dónde estamos? ¿Quién nos arrojó aquí? Pero sigo. Por él sigo.
Hoy dejamos la isla en un barco rumbo a Estados Unidos, el país que siempre sobrevive en las películas. El viaje fue un suplicio: nueve días de tormenta y hambre. Dayana, enferma, apenas podía levantarse. Pero entonces apareció tierra firme. Reímos juntas como náufragas que vuelven a nacer.
La arena gris se deslizaba entre mis dedos. El mar era sereno, casi sagrado. Acosté a Dayana bajo una sombrilla abandonada y avancé hacia la orilla.
El horizonte se extendía infinito. Y allí, en la calma extraña de esa playa desconocida, cerré los ojos y murmuré:
—Espérame, hijo. Voy a encontrarte.


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