"Tarzán": Una Charla de Mamá 

Todo arranca con una imagen que te hiela la sangre... una familia, como la nuestra, luchando por sobrevivir en medio de la nada. Me los imagino, a esos papás, con su bebito en brazos, llenos de miedo pero con esa fuerza que solo te dan los hijos, construyendo un refugio en un árbol. Uno se pone en su lugar y piensa... "yo haría lo mismo". Pero la vida a veces es bien dura, y esa fiera, Sabor, les quita todo. De solo pensarlo, se me hace un nudo en la garganta.

Pero justo ahí, en medio de tanta oscuridad, pasa algo que me devuelve la fe. Kala, esa mamá gorila a la que le acababan de arrebatar a su propio crío... ella, con su corazón de madre hecho pedazos, escucha un llanto. Y no lo piensa. No le importa que ese sonido venga de un "bulto rosado" y sin pelo. Es el llanto de un bebé que la necesita. Y cuando lo carga, ¡ay, esa escena! Es la prueba de que el amor de una mamá no tiene especie, no tiene raza, no tiene lógica. Es puro instinto, pura entrega. Kerchak, su pareja, tan fuerte y tan terco, le dice que no, que es un peligro. Pero ella lo defiende con uñas y dientes y le susurra "yo seré tu madre". En ese momento, Kala se convirtió en mi heroína.

Verlo crecer a Tarzán es revivir tantas cosas que pasamos con nuestros propios hijos. Ese sentimiento de no encajar, de querer ser aceptado... ¿cuántas veces no hemos visto a nuestros chiquitos sufrir por eso en el nido o en el colegio? Tarzán se sacaba el ancho tratando de ser un gorila más, solo para que Kerchak, esa figura de padre que él tanto anhelaba, le diera una mirada de aprobación. Me mataba de pena verlo. Pero ahí estaba siempre Kala, su refugio. Esa conversación en la que le dice "cierra los ojos... somos iguales aquí, en el corazón", es para ponerla en un cuadro. Es lo que una siempre trata de meterles en la cabecita a sus hijos: no importa lo que digan afuera, lo que vale es lo que eres por dentro y el amor que nos tenemos.

Y bueno, el niño crece y se vuelve un hombre de la patada, ¡qué tal físico, Dios mío! Pero más allá de eso, se nota que tiene un corazón bueno. Y justo cuando por fin siente que pertenece, aparecen los humanos. Y con ellos, Jane. Es tan bonito ver cómo se descubren el uno al otro. Él, con la inocencia de un niño, y ella, con una ternura que traspasa la pantalla.

Pero como en toda historia, hay un malo, Clayton. Un hombre que ve la belleza de la selva y en lugar de admirarla, solo piensa en cuánto dinero puede sacar. Es un reflejo de tanta gente, ¿no crees? Y Tarzán, por amor, por querer que Jane se quede, comete el error de confiar en él.

La parte que me rompe es cuando Kerchak, sintiéndose traicionado, le dice "Tú nunca fuiste uno de los nuestros". ¡Imagínate el dolor de Tarzán! Pero el verdadero carácter de una persona se ve en los momentos difíciles. Cuando Clayton ataca, a Tarzán no le importa nada más que proteger a los suyos, a su mamá, a sus amigos... a Kerchak. Pelea como un león por su familia.

Y el final... ay, el final. Cuando Kerchak, agonizando, le pide perdón y le dice "hijo mío"... se me caen los lagrimones, siempre. Porque en ese instante, Tarzán recibió el amor de ese padre que tanto buscó. Y Jane, al quedarse, nos demuestra que el hogar no son cuatro paredes, ni una ciudad con todas las comodidades. El hogar es estar con la gente que amas. Punto.

Para mí, esta película es un manual de vida. Es un recordatorio de que la familia es la que te abraza, la que te cuida, la que daría la vida por ti, no la que lleva tu misma sangre. Nos enseña a decirles a nuestros hijos que esas cositas que los hacen diferentes son, en realidad, lo que los hace increíbles. Les muestra que ser valiente no es buscar pleito, sino defender a los que quieres, y que el amor de verdad, el que vale la pena, se demuestra con hechos, no solo con palabras.

En serio, "Tarzán" es más que una película. Es una caricia al corazón que nos recuerda lo que realmente importa en esta vida.

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