Estamos en algún año de la década de los ochenta en un pueblo suburbano de los Estados Unidos. En el interior de la casa, una niñera adolescente se ocupa del cuidado de dos niños. El más pequeño está asustado por el monstruo que vive en su ropero y que se asoma en la oscuridad. La madurez de Emily (Summer H. Howell), la niñera a cargo de la casa, comienza a flaquear cuando el monstruo parece ser real. Mensajes en papeles, ruidos extraños y una presencia amenazante que, con máscara de calavera y traje tan negro como el de la parca, la filma con una cámara de VHS, serán el detonante de una noche que sólo puede terminar en fatalidad.
La secuencia inicial de Night of the Reaper, sencilla pero efectiva, nos sumerge en un mundo en crisis, oscuro y perturbador, marcado por el asesinato de una adolescente. En ese contexto surge Deena (Jessica Clement), la protagonista: una joven estudiante de criminalística que regresa al pueblo donde creció para reencontrarse con sus familiares y amigos. Su vida es tan triste como su mirada: una madre ansiosa por su vuelta, una amiga que no puede irse del pueblo y un padre ausente que no habla. Esa es toda la información con la que contamos, aparentemente insuficiente. ¿Por qué Deena sufre? ¿Qué ocurrió con su familia? Sabemos que todo está ahí pero Christensen decide mantener las respuestas en suspenso.

El misterio del film comienza a elaborarse desde el punto de vista del Sheriff Rodney Arnold (Ryan Robbins), quien recibe esa misma mañana una caja misteriosa en su casa. Dentro de ella se encuentra el control remoto de la puerta del garaje donde Emily, la niñera de la secuencia inicial, fue asesinada. Ese no será el único envío sino el inicio de una serie de mensajes que llevarán al Sheriff a iniciar una investigación. ¿Qué es Night of the Reaper, la firma que aparece en cada uno de los VHS que recibe? ¿Quién comete y filma los asesinatos en el pueblo?. La locura se desata, junto con la búsqueda de un culpable.
Cuando su mejor amiga Haddie (Savannah Miller) se enferma repentinamente, Deena debe cubrirla en su trabajo, cuidando al pequeño hijo del sheriff en una casa alejada del pueblo en el corazón del bosque. Sabemos que esa noche algo malo va a pasar, pero también que algo no está bien con Deena. Ese aire depresivo y preocupado nos permite intuir que su rol dentro de la historia es algo más que el de la final girl, la única capaz de ponerle un fin al raid del asesino.

La construcción de la narración se da mediante la presentación de dos historias, la del Sheriff y la de Deena, que sólo encontrarán una convergencia al final del film. La historia de cada uno de estos personajes tiene un punto de contacto que el espectador deberá develar a fuerza de paciencia. En ese sentido, Christensen no le muestra al espectador todas las cartas. Esto, lejos de ser una estrategia satisfactoriamente acertada, ubica al espectador en un lugar de carencia, donde la sensación de “no haber entendido algo” flota en el aire hasta el final.
El monstruo, o el asesino enmascarado del film, no se le presenta al espectador de manera constante. Sólo es necesario ese primer contacto, en la secuencia de apertura donde se nos revela en el televisor con su mascara de calavera y su traje negro, para que su imagen quede impregnada en la memoria. De esta forma, todas las veces que el monstruo acecha o aparece se da desde las sombras o, incluso, por medio del uso del sonido. El trabajo que Christensen hace sobre el plano sonoro, en lo que refiere a la música y al ruido, ocupa un lugar determinante en la construcción del miedo. De manera simple y efectiva, la presencia del asesino se construye por fuera de lo visual, mediante el uso de sonidos que alertan a los personajes.

SI bien es una película que se alimenta de la ya gastada nostalgia de los ochenta, tan recurrente en el cine y las series de la última década, el uso de la época que Christensen hace no se detiene únicamente en la copia del estilo visual sino que, sobre todo, retoma el tópico clásico del cine slasher que es el de la niñera. La primera secuencia del film retoma visual y argumentalmente a la película de 1979 When a Stranger Calls de Fred Walton, en la que el acecho y el acoso no viene del exterior sino directamente del interior de la casa, haciendo que la amenaza sea aún más extrema.
Cada una de las secuencias de muerte presentes en el film retoma el tópico clásico del slasher y su carácter aleccionador. Los adolescentes que sufren, y luego mueren, incurren en algún tipo de falta. O fuman, o se drogan o beben alcohol a escondidas del mundo adulto y, para peor, a cargo de niños a quien deben cuidar. Esto, que en la película solamente es mencionado al pasar, en el cine de los ochenta era el elemento que indicaba quiénes eran los que estaban destinados a una muerte segura. Christensen lo presenta para caracterizar el mundo adolescente, en clara referencia a ese universo de films del que Night of the Reaper se alimenta.

El sistema de personajes de Night of the Reaper es reducido. Por fuera de quienes se convertirán en sospechosos o funcionan acompañando a los protagonistas, todo el peso de la historia recae en Deena y en el Sheriff. A pesar de eso, Christensen no profundiza en sus historias. Algunos detalles de su pasado, significativos para el desarrollo de la intriga, se irán develando de a poco, revelándose por completo hacia el final. Esto provoca que el espectador no comprenda profundamente las motivaciones de los personajes o sus propias batallas, determinantes para la complejización de la trama. Las mismas se descubren de manera repentina en el encuentro final, cuando Deena termina cara a cara con el asesino nocturno.
La ausencia de profundización psicológica responde a la elaboración de un final con múltiples giros de guion, donde cada una de las ausencias de sentido o carencias de información comenzarán a cobrar sentido. Aun así, con las respuestas reveladas, el espectador puede sentirse engañado, por no haber tenido a disposición todas las cartas para llegar a un entendimiento de la situación. El monstruo de Night of the Reaper, una personificación demasiado humana de la parca, le muestra su rostro al espectador quitándose la máscara (más de una vez) de la misma forma en la que los monstruos de Scooby Doo revelaban, hacia el final, su condición humana.
La plataforma Shudder no deja de confirmar su apuesta por un cine de terror que, aunque recurre a subgéneros del pasado, busca refrescar esas viejas fórmulas pensando no sólo en sus múltiples posibilidades, aquellas en las que no se profundizaron en su momento, sino en los nuevos públicos que pueden desconocer gran parte del acervo cultural del pasado del que estos films beben. En este sentido, Night of the Reaper no es una película novedosa sino la reinterpretación de un clásico que no sólo no defrauda sino que tiene la habilidad de ofrecer eso que tanto nos gusta del terror: sentir miedo mientras nos divertimos.



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