¿A quién no le ha obsesionado especialmente un episodio de alguna serie?
Y, más que la trama, el sentimiento que les provocó. Ese que nos hace volver y volver a verlo para poder desmenuzar con calma ese sabor que dejó en la boca. Ese dolor dulzón al que cada tanto regresamos para sentir algo, aunque sea una herida.
Eso me ocurrió con el último capítulo de la temporada 2 de Alice in Borderland, a propósito del estreno de su tercera temporada.
Una mezcolanza de humor inesperado que refresca toda la historia y la garganta, hecho con suave ternura apenas espolvoreada como azúcar glass y el gusto puro de sentirse sostenido por un cariño como el de Arisu y Usagi.
Revisemos pues, cómo es que este capítulo se coló en los adentros de los asiduos a esta serie y en mi paladar.
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Contexto: de la serie y su significado
Alice in Borderland es un programa japonés de ciencia ficción y drama basado en el manga de Haro Aso.
A lo largo de 2 temporadas muestra a un grupo de personas en una serie de juegos donde perder significa la muerte. Ninguno de ellos sabe cómo o por qué llegó ahí, como en los sueños.
El espacio ficticio creado para estos personajes vuelve inesperado el panorama de la travesía y permite plantear con claridad las cualidades de “la realidad” y “el destino”.
La referencia a Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Caroll se hace presente desde el título sugerido para la serie.
Los personajes retoman las cualidades de los seres de la obra literaria, especialmente, la relación entre Arisu (fonéticamente en japonés: Alice) y Usagi (conejo en japonés).
A través de los episodios se hace un recorrido emocionante por diferentes juegos de destreza física y mental en una versión onírica de Tokio, capítulos interesantes que te dejan pensando en las distintas posibilidades para resolver los retos. Sin embargo, hay uno que además agrega una fuerte emotividad y humor oscuro: el último episodio de la temporada 2.

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T:2 E:8 Alice in Borderland
Director Shinsuke Satô
Arisu y Usagi se han vuelto cercanos en el camino, se han protegido y cuidado el uno al otro. Como Alice y el Conejo, ellos se siguen. Él la persigue como la vida al amor y ella lo busca como sangre al corazón.
Son los únicos que quedan para el último de los juegos: el de la Reina de Corazones, el croquet.
Para ganar sólo deben jugar tres rondas sin retirarse, sin importar si ganan o pierden, lo que desconcierta a Arisu y a su compañera por la aparente facilidad.
La reina gana el primer set pero a partir de ahí, empieza a alargar el juego, sólo le importa divertirse lo más que pueda.
Arisu gana el segundo set. Al terminar la Reina los invita a tomar el té. Ahí inician una discusión sobre lo que “en realidad” es ese juego.

La ficción y la verdad. La frontera
Arisu quiere entender, saber la verdad detrás de todas esas pruebas: qué son. Pregunta con insistencia y coraje, tiene un motivo para saber; sus amigos murieron en el transcurso sin saber por qué.
La Reina de Corazones accede, explica que la realidad de ese mundo es virtual. Lo real es que se encuentran en un futuro muy lejano, a mil años de distancia, donde la evolución ha alcanzado tal avance tecnológico y científico que la gente ya no enferma ni muere, no hay nada de qué preocuparse u ocuparse. Por esa razón, se inventaron esos juegos virtuales donde se inserta a la gente para lograr alguna emoción nuevamente y tener un motivo para seguir existiendo ante la aburrida eternidad.
La pareja de jóvenes está absorta en la explicación. Todo concepto de lo que creían conocer se pone en duda. Ninguno de los dos ha parpadeado.
La Reina los ve y ríe, se burla de ellos, todo es mentira.
Yo también reí, también lo creí. Me pareció una ingeniosa y divertida forma de manipular la narrativa: hacer creer a los jugadores aquel relato de ciencia ficción y a nosotros que los hemos acompañado en ese trayecto de supervivencia y cuestionamientos sobre la realidad.
De la misma forma estamos a merced de proyectar la realidad que nos sugiera el televisor, el internet o cualquier discurso político. Hemos cedido la autoridad de nuestra realidad a voluntades ajenas creyendo que somos libres: engañados, manipulados.
Arisu y Usagi no dudaron ni un poco de esta versión, pero no los culpo, cómo podrían advertirlo si tampoco entienden la realidad que los envuelve y los ha atado como un mito al destino. Cómo darse cuenta de que se está soñando dentro de un sueño.
La Reina pide disculpas y ofrece una aclaración: no creía que estuvieran listos para escuchar lo que, de hecho, está pasando: alienígenas llegaron a nuestro mundo y capturaron a un grupo de humanos seleccionados para observar a los jugadores desde una posición estratégica. El único motivo es el mismo que el del mercado: apostar y generar ganancias. El capitalismo no es ajeno al espacio exterior.
Eso suena igual de increíble que lo anterior. Arisu no está seguro ¿es verdad? pregunta él.
Pero tampoco es cierto, la Reina se divierte, se vuelve a burlar.
Otra vuelta de tuerca, tal vez un poco predecible esta vez, pero hecha con la misma gracia calculada y afilada por parte de la gobernante de ese juego. Una crueldad finamente elaborada que busca divertirse para hacer vibrar la emoción e incertidumbre en el espectador. Lo que se agradece en este punto de la trama.
La manipulación mental y emocional resulta ser la razón de ser de la Reina de Corazones.
Alice monta en cólera y apunta a la Reina con el arma. Ella no se inmuta, se sabe dominante, no le importa.
Si la mata ¿cómo podrá saber la verdad? y, aún más importante, ¿cómo podrá ganar el juego?
Ella cede, o más bien, así lo decide. Esta vez está dispuesta a contarle la verdad ante su convencimiento por descubrirla. Le remarca que él así lo quiso.
Usagi comprende de qué trata ese último juego, le pide a Arisu continuar con el croquet, no escucharla.
Pero Arisu quiere, necesita saber qué es verdad y qué no.

De locura y medicina mental
En ese momento, todo cambia. La Reina de Corazones ya no es más un personaje de un mundo onírico. Lleva puesta una bata blanca y con ella, toda la legitimidad que una psiquiatra puede proyectar. Ya no habla tratando de convencer sino con la calma de la certeza y una total atención a Arisu, quien está sentado frente a ella en una habitación monocromática: es su paciente.
Le dice con tiento que todo es una ilusión, que es su doctora y está tratando de ayudarlo a recordar.
Ese “mundo de juegos” fue una invención de su imaginación para evitar el dolor de la realidad: es culpable de la muerte de sus amigos.
La justificación es convincente: la culpa ha hecho que Arisu proyecte otra realidad que le permita seguir viviendo ante la culpa. Otra vuelta de tuerca mucho mejor que las anteriores, más realista y coherente con el mundo que habitamos. Aunque, ciertamente más triste.
Nos es más fácil aceptar aquello que nos resulta familiar, a pesar de que tampoco ofrezca certezas que satisfagan.
A lo lejos los ve otra paciente, su compañera en el psiquiátrico: Usagi, que escucha con timidez el diálogo, cuidando siempre a Arisu.

La doctora demuestra que lo que Arisu quiere saber, en lo profundo, es quién es, cuál es el sentido de su vida. Ella ha abierto sus heridas y le pregunta si hay alguien en este mundo que lo necesite.
Pone el dedo en la llaga.
Le hace ver que ha vivido una vida inútil, sin propósito. Hasta el punto que Arisu se da cuenta de su vacuidad. La psiquiatra parece satisfecha con una sonrisa casi imperceptible, tiene el control.
Él se sumerge cada vez más hondo en ese sentimiento sin fondo y sin sentido, lleno de dudas y de culpa.
La psiquiatra le ofrece acabar con su sufrimiento, le sugiere terminar el juego.
Usagi se da cuenta de todo el engaño e interviene, las heridas en sus piernas reaparecen, cae.
Esa mujer fría, de palabra precisa, corazón calculador y cabeza maquiavélica, está dispuesta a sacrificar a dos personas con tal de ganar ese juego mental.
Escucha, observa. Sólo espera contemplar el desmoronamiento al abismo existencial de ese par de cuerpos, la caída de almas moribundas que se rinden a su capricho perverso, a la enfermedad mental que les ha provocado con su falso discurso de cura psicológica: aceptar que no pueden hacer nada, que son esclavos de ese sistema de creencias que está podrido, que sólo son gusanos que han despertado a su triste condición y no hay otra. Esa realidad que cuidadosamente construyó en el pensamiento de Arisu: su vida es inútil y no ha hecho nada que valga la pena para continuar, es un parásito que estorba.
Totalmente desencantado, manejado hábilmente por el argumento de la bata blanca, Arisu se tira al piso de la habitación. Azuzado y atormentado por los cuestionamientos existenciales de su psiquiatra, de su morbosa crueldad.
Ante ello, Usagi decide herirse a sí misma para hacer reaccionar a su compañero de viaje, para despertarlo, para recordarle que poco importa el sentido de la vida en ese crítico momento, que lo que importa es que todo este tiempo estuvieron buscando juntos y no les hizo falta nada más.
Se necesita una promesa para poder confiar en alguien y eso era lo que tenía Usagi. Guardaba en ella aquel juramento que le hizo Arisu de protegerla hasta el fin. Esas palabras eran lo único que ella había necesitado y ahora debía devolverlas a Arisu para que él confiara en ella y no en la psiquiatra.
Porque la verdad nunca es como parece, siempre hay más detrás.
Usagi quiere gritarle que sólo siga su voz, que no haga caso de “lo que ve”, que confíe en ella que lo quiere.
Y en esa muerte lenta y dolorosa, la psiquiatra ve otra cosa aparecer: una delgadísima flama que apenas palpita.
Aquí, mi corazón empieza a derretirse como el de ella.
Algo se enciende nuevamente en el corazón de Arisu, le responde a Usagi que quiere volver a tomar su mano, volver a comer juntos, que quiere reír con ella una vez más.
Por su parte, Usagi quiere subir una montaña con él, aunque sólo sea una vez.
Ella a punto de morir para alcanzarlo, él en el fondo del vacío. Se encuentran.
La de bata blanca los mira.
Arisu tumbado, hundido en la tristeza. Usagi sangrando, herida de muerte para llegar hasta donde su querido amigo, para sacarlo de ahí o quedarse con él.
La ternura entre dos que se quieren.
Ese amor que fluye entre Usagi y Arisu hace que él se levante y rechace las palabras tramposas de la doctora, se niegue a retirarse del juego y ganar en el sueño.
El calor que todavía se brindan como compañeros de ese sueño, le cura la dolencia a Arisu.
Le devuelve la energía, el motivo para continuar.
Le recuerda aquello que deseaba.
La psiquiatra se pasma ante lo que nunca imaginó posible: Usagi ha incidido en Arisu, logró penetrar en la realidad que había preparado sólo para él, lo motivó con susurros de esperanza, en un anhelo por permanecer juntos, sosteniéndose con la palabra en lo poco que les queda de vida.
Se conmueve hasta derramar una lágrima.
La psiquiatra se ha quebrado.
La Reina de Corazones ha perdido.
La Locura Disfrazada de Medicina Mental vencida con La Cura de la Vida Amiga.
Deciden despertar.

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Conclusión. Lo que deja en uno
Un episodio favorito es el acento de una serie. Los intereses personales, deseos y fantasías proyectadas en escenas, resumidos en diálogos que se concentran en 50 minutos.
Este capítulo capturó con sorpresa el hilo de la historia en la serie, lo refrescó con una nueva tensión: la mental. Juguetea en la frontera entre la ficción, la locura y el poder, en honor a Alicia en el País de las Maravillas y su Reina de Corazones.
Deja sentir con frases cortas la lealtad entre dos amigos que son capaces de acompañarse hasta la muerte.
Un buen final de temporada con sabor a té helado de limón con miel.
Veamos que trae la tercera temporada.




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