He de confesar que me acerqué a Monster Summer no solo con la expectativa de ver otra incursión en el revival de la nostalgia ochentera/noventera del cine de "chicos en bicicleta" (ese eco omnipresente de Amblin que hoy día es casi un género propio), sino con una curiosidad más visceral y personal: ¿Podría esta película, ambientada en 1997 en Martha's Vineyard, capturar el verdadero sabor, el aroma, la textura de un verano adolescente a punto de romperse, incluso con una bruja acechando?

Lo que encontré fue una experiencia dual, casi esquizofrénica. Por un lado, la película de David Henrie (con el apoyo de un elenco adulto reconocible, como un Mel Gibson sorprendentemente eficaz en su papel de detective gruñón y solitario, Gene) hace un esfuerzo palpable por evocar ese sentimiento: el zumbido de los neumáticos de la bicicleta sobre el asfalto caliente, el olor a sal y a hierba recién cortada, el secreto compartido de una casa del árbol que es, en esencia, un último bastión antes de la edad adulta. Lo viví, lo sentí por un instante. Es el tipo de película que visualmente te envuelve en una manta de tardes interminables y aventuras forzadas por el aburrimiento estival.

Pero es en su afán de ser el "homenaje perfecto" donde Monster Summer tropieza. La trama, centrada en Noah (Mason Thames), un aspirante a periodista que investiga la extraña catatonia de los niños locales, y su alianza con Gene, se siente... demasiado inteligente en su diseño y demasiado formulista en su ejecución. Sí, es un thriller de terror familiar con una bruja chupadora de energía espiritual, un giro que es un alivio porque se aleja del monstruo literal para aterrizar en algo más insidioso y psíquico. Pero cada paso se siente calculado, cada beat narrativo una casilla marcada de un guion de "película de aventuras juvenil de los 90".
El Encuentro Profundo y la Falsa Nostalgia
La química entre Thames y Gibson, sin embargo, es el pulso honesto de la cinta. Gibson no está aquí solo para cobrar el cheque; inyecta a Gene una melancolía palpable, un pasado perdido que resuena con la pérdida del padre de Noah. Es una relación sustituta de padre-hijo, sí, pero es dinámica, cargada de diálogos gruñones y miradas de mutuo respeto. Cuando Gene suelta una línea seca, se siente el peso de un mundo que ha visto demasiado. Este eje, esta conexión entre el joven que busca su voz y el anciano que la perdió, es provocativo; sugiere que el verdadero "monstruo" del verano no es la bruja, sino el dolor no procesado y el miedo a la irrelevancia.

Analíticamente, la película juega con la idea del verano como un estado de transición. Los niños atacados no son asesinados; son despojados de su espíritu, de su voluntad. Esto es una metáfora poderosa sobre el fin de la infancia. La bruja (Miss Halverson, interpretada por una infrautilizada pero efectiva Lorraine Bracco) es, en esencia, el miedo a la vacuidad adulta, a ser un cascarón vacío de la persona apasionada que fuiste.
El Sensorio y lo Fallido
Mi crítica más apasionada y personal radica en el tono. Henrie quería evocar la magia, pero el resultado a menudo se siente sanitizado. Las escenas de terror son "familiares" de un modo que les resta mordiente. Queremos sentir el frío gélido de la amenaza sobrenatural, la aspereza de los '90, pero solo obtenemos una inquietud PG-13. Se agradece que la película no sea Goonies con gore, pero la falta de atrevimiento le roba la oportunidad de dejar una cicatriz más profunda, de ser verdaderamente memorable.

Monster Summer es, en última instancia, un digno, aunque modesto, ejercicio de estilo. Es inteligente en su elección de ambientación (el '97 como el último aliento antes de la era digital aniquilara el mito de los "chicos en bicicleta") y original en su giro de guion hacia la brujería folclórica. Pero le falta la suciedad, el caos y el riesgo emocional que hicieron icónicas a las películas que intenta emular.

Veredicto Final (Honesto): Si buscas una aventura divertida, bien actuada y nostálgica para ver en una tarde de lluvia, Monster Summer cumple. Pero si esperas que te transporte a un verano vivido de forma tan intensa que la amenaza te parezca real, te quedarás con la melancolía de un buen intento que, como la infancia, termina demasiado rápido y sin la efervescencia prometida.




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