"Mi madre no me vió. Pero Quasimodo si". 

El jorobado de Notre Dame es la película de mi vida. No tengo una deformidad física, pero durante toda mi niñez pasaba desapercibida ante la gente; no hizo falta cadenas ni ninguna catedral.

Todo comenzó a mis seis años cuando murió mi padre y yo no me despegaba del lado de mi madre porque inconscientemente tampoco quería perderla a ella.

Siempre me cuenta que yo no quería ir a los cumpleaños de mis compañeros de jardín ni de la primaria para no dejarla sola a ella…

Me costó muchísimo socializar y encajar, y poco después de mis treinta años, con ayuda de terapia, descubrí que el apego hacia ella pedía a gritos ser amada, aprobada y acompañada. Cosa que nunca recibí porque, según ella, no sirvo para nada ni soy buena en nada…

Es muy raro, complejo y doloroso a la vez darte cuenta a los 41 años de que una madre debe proteger a un niño indefenso, lleno de miedos e inseguridades.

Pero ella hizo lo que podía, y podía muy poco. Creo que realmente fuimos felices hasta que papá murió, que la mitad de ella se fue con él ese día y que ahora está viva sólo porque respira.

Tampoco todo es tan malo en ella; recuerdo tardes de verano en la pileta del club y mi casa llena de amigos. Nunca nos faltó un plato de comida, ni ropa, ni útiles para la escuela, pero sí faltó lo más importante: una buena salud mental. Hubiera preferido que fuese al revés, ahora que lo pienso.

Ella se empezó a perder entre depresión y depresión, y llegó el turno del abuso emocional y la psicopatía a dos niños de 6 y 8 años que habían perdido recientemente a su padre.

Con el correr de los años, mi hermano se rebeló y se alejó de nosotras; odia a mamá por todos sus errores y a mí por estar con ella, en presente, sí, porque a pesar de todo, lo sigo estando.

¿Algo cambió desde entonces? No. ¿Pudimos recomponer nuestra relación? Tampoco.

Con el pasar de sus años y la llegada de su vejez, se le ha endurecido mucho más el corazón; nunca reconoce sus errores ni pide disculpas; si hay algo que no tiene, es empatía, y yo soy su empleada, su trapo sucio que insulta, agrede y echa de casa cuando no hago algo justo en el momento que ella lo pide.

Y acá está la cuestión… Las relaciones tóxicas son lo peor, cuesta tanto salir de ellas. Imagínate para una hija que le ha hablado miles de veces y le ha dado miles de oportunidades para que pueda cambiar.

¿Y cómo influye hoy esto en mi vida? Pues no soy el daño que ella me ha hecho, no me define para nada. Y elijo no hacérselo a los demás.

Creo firmemente que existen buenas personas, y que uno elige qué hacer con vivencias traumáticas a lo largo de su vida. Sí. Elijo creer, aprender y canalizarlo de la mejor manera.

Yo sí quiero ser feliz. Yo sí quiero, por una vez en la vida, solo pensar en mí, alejarme de ella para tener paz. El fantasma de la hija abandónica ahora me persigue, pero creo que podemos llegar a hacer un pacto para vivir los dos en el futuro.

Por último, y no menos importante, al graduarme de la escuela primaria allá por 1996, al principio de mi adolescencia, ¿sabes con cuál tema entramos toda esa generación? SÍ, no me lo vas a creer. El tema elegido resultó ser “Sueña” de Luis Miguel. El mismo que grabó para la película de “El jorobado de Notre Dame”.

Quasimodo estuvo en mi pasado, ahora en mi presente y seguramente en el futuro, recordándome que nunca hay que dejar de soñar con un mundo nuevo y lleno de paz.

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