“The babadook” - ¡quiero dormir, quiero dormir! 

«Ya sea en una palabra o en una mirada, no puedes deshacerte de... El Babadook», nos anuncia el libro para niños más horripilante de la historia. Una amenaza que resultó ser cierta, ya que a más de diez años del estreno de The babadook (Jennifer Kent, 2014), tanto la película como el personaje del monstruo que le da nombre continúan acechándonos.

La ópera prima de Kent –directora también de The nightingale (2018)– es una de las películas de terror más importantes del siglo XXI. Filmada en Australia con un presupuesto acotado para los estándares internacionales, suele ser considerada como la obra que dio inicio al llamado “elevated horror” (terror elevado), un concepto un tanto snob respecto al cine de terror, pero que sirve para identificar cierta vertiente dentro del género. Estamos hablando de películas que no solo buscan asustar a su audiencia sino también transmitir algunas ideas. No es lo mismo pensar en el efecto que produce la saga de Actividad paranormal (iniciada en 2007 con la dirección de Oren Peli), o la vertiente de “porno-tortura” que proponen películas como Hostel (Eli Roth, 2005), que en la experiencia que nos otorgan historias que centran su carácter perturbador en los demonios personales de sus personajes. Este es el combustible para películas como Hereditary (Ari Aster, 2018), Raw (Julia Docournau, 2016) o Us (Jordan Peele, 2019). En este tipo de cine, el trauma sirve como trampolín para que el terror se manifieste. Ya sea la muerte accidental de una hija, el despertar predatorio atado a una herencia genética, o las consecuencias de un hecho terrible del pasado, cada una de estas películas tematiza las zonas oscuras que aguardan dormidas en el núcleo familiar.

Samuel (Noah Wiseman) y Amelia (Essie Davis).

The babadook cuenta la historia de Amelia (Essie Davis) y su hijo Samuel (Noah Wiseman). Ambos viven en una casa que se siente demasiado grande para ellos dos solos, y la respuesta a esta sensación llega de la boca de Samuel: «Mi papá está en el cementerio, murió en un accidente llevando a mi mamá al hospital para tenerme a mí», le espeta el niño a una desconocida en la cola del supermercado. Samuel tiene siete años y dice todo lo que se le pasa por la cabeza. Es inteligente y amoroso, pero tiene serios problemas de conducta, tanto en su casa como en el colegio. Claire (Hayley McElhinney), la hermana de Amelia, no lo quiere cerca de su hija de la misma edad, y las autoridades del colegio, superados por los actos de Samuel en clase, le solicitan a su madre que lo saque de la institución. Amelia trabaja como cuidadora en un geriátrico, y el amor que siente por su hijo es equivalente al cansancio atroz, físico y mental, que transmite su rostro. Dicho de la manera más directa posible: Amelia no da más. Y lo que necesita de manera urgente, lo que su cuerpo le pide a gritos, es algo que todo ser humano que participa activamente de la crianza de un niño anhela con mayor o menor desesperación: dormir.

Todas las noches Amelia cumple con el maternal rito de leerle a su hijo cuentos en la cama. Y así es como Samuel le acerca un enorme libro rojo con un enigmático nombre: El babadook. «¿De dónde lo sacaste?», pregunta Amelia. «Del estante», contesta Samuel como si no entendiera la pregunta. El libro contiene unos perturbadores dibujos que se proyectan hacia afuera –es un pop-up book, uno de los formatos más disfrutados por los pequeños lectores–, y que presentan al babadook, un monstruo que acecha los hogares escondiéndose en roperos y debajo de las camas. Con un diseño que remite al expresionismo alemán –El gabinete del Doctor Caligari (Robert Wiene, 1920)– e incluso a los orígenes del cine fantástico y/o de terror, tales como Vampyr (Carl Theodor Dreyer, 1932) y ciertos cortos de George Mélies, lo que el libro narra es el pedido del babadook para que lo dejen “entrar”; y con una serie de rimas siniestras, indica con claridad su objetivo: asesinar niños e incentivar el suicidio de sus padres.

El libro de “The babadook”.

El efecto que produce la lectura es desastroso y a la vez precautorio. Amelia sufre por haber generado otro motivo de estrés en su ansioso hijo, pero para Samuel es la confirmación de que algo no está bien en su casa, que efectivamente hay un monstruo ocultándose en su interior. Y en definitiva, ponerle un nombre y conocer sus objetivos, es fundamental para poder enfrentarlo.

«The babadook surgió de mi propio dolor por la muerte de mi padre. Mientras estaba atravesando esa situación, reflexioné acerca de una alternativa: ¿qué pasaría si no me permito darle tiempo al duelo? ¿Qué monstruosidad surgiría para llenar ese agujero negro de dolor?», cuenta Jennifer Kent en una entrevista para The New York Times. Mucho se ha escrito sobre la capacidad del terror para metaforizar traumas de la vida cotidiana, y también sobre la figura del monstruo como un envase vacío para que la audiencia deposite en él sus propios miedos y fantasías. Uno de los ejemplos más peculiares puede escucharse de la boca de Slavoj Zizek en la excelente The pervert’s guide to ideology (Sophie Fiennes, 2012). Disfrazado de marinero y subido a un bote dentro de un estudio de grabación, Zizek cuenta acerca del fanatismo que Fidel Castro profesaba por Tiburón (Steven Spielberg, 1975), y explica cómo Castro consideraba al monstruo de dientes afilados una obvia metáfora sobre la voracidad asesina del sistema capitalista. Es decir, cada quien ve en el monstruo aquello que lo obsesiona.

El babadook (Tim Purcell).

En el momento de su estreno, en parte debido a su inquietante escena final, todo el mundo interpretó que el babadook era la representación del dolor que acarrea el personaje de Amelia por la muerte trágica de su pareja. Según esta lectura el monstruo surge por el hecho de que Amelia no ha querido (o podido) procesar de una manera sana la tragedia que marcó el inicio de su maternidad. Esta idea explica la ubicuidad de la amenaza que el babadook representa, una entidad que no solo ataca a Amelia y Samuel en su casa, sino que también lo hace en otros sitios, tales como la comisaría en donde Amelia intenta denunciar el acoso que está sufriendo en el hogar, o mientras conduce su auto. La escena en la que el babadook aparece sobre el techo del auto es una de las mejores de la película, y recuerda al episodio del avión dirigido por George Miller en La dimensión desconocida: la película (1983). Habiendo derrapado en la banquina, y teniendo que soportar los insultos de otro conductor, Amelia y Samuel se miran pensando lo mismo: no hay donde escapar.

Si bien esta lectura es cierta, y además está avalada por la autora, es importante decir que los sentimientos que produce The babadook no son los mismos si uno tiene hijos que si no los tiene. Y mejor aún, que resulta muy interesante haberla visto sin ser padre, y volver a verla siéndolo. Porque no caben dudas de que, si bien es tan solo un niño, Samuel es completamente inmanejable. Una pesadilla cotidiana de intensidad variable. Y es por esto que el terror en The babadook no radica en un monstruo vestido con gamulán y galera oscura, sino en el tener que convivir con un niño problemático que no hace caso. Y sobre todo, el tener que hacerlo solo, sin la compañía y el sostén de una pareja con quien repartir tareas y responsabilidades. En definitiva, es el terror que produce la carga de la paternidad.

Noah y Amelia.

Por otro lado, también es cierto que en el final Samuel es quien salva a Amelia. Lo logra no solo por su astucia, sino por haber tenido el temple necesario para “no dejar entrar” al babadook en su interior. Esto parece indicar que tanto la raíz del problema como las estrategias para enfrentarlo provienen de la misma fuente. Que “terror” y “amor” son las dos caras reconocibles a la experiencia de paternar. Y que Siddharta Gautama, El Buda, le pasó el trapo a mamis y papis modernos por igual al elegir el nombre de su hijo: Rahula, que quiere decir “obstáculo”.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 11
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.