En 2013 James Wan hizo algo extraño: resucitó el cine de terror mainstream con una película de exorcismos. Extraño porque el género ya había quemado todas sus cartas, desde El exorcista de Friedkin las salas se llenaban de crucifijos invertidos, voces guturales y chicas flotando como si hubieran tomado demasiado energizante. Sin embargo, El Conjuro sorprendió. No era una reinvención radical, sino un retorno a lo básico con cancha: atmósfera de los setenta, un matrimonio protagonista (los Warren) que en lugar de ser “sacerdotes de utilería” eran casi una pareja de sitcom enfrentando demonios, y un director que sabía jugar con el fuera de campo como si estuviera afinando un violín desafinado para molestar al espectador.
La fórmula funcionó tan bien que en 2016, con El Conjuro 2, Wan se consolidó como uno de los pocos directores capaces de generar miedo en el mainstream sin resignarse al efectismo barato. Fue también ahí donde nació el verdadero pecado: la conciencia de que lo que tenían entre manos no era una saga, sino un “universo”. Y en Hollywood, como todos sabemos, la palabra “universo” no remite al espacio infinito, sino a la billetera infinita.

La lógica de los estudios ya no es hacer películas, sino franquicias, líneas de montaje narrativas donde cada producto funciona como engranaje. Marvel lo convirtió en religión, DC lo imitó con torpeza, y los demás géneros (acción, terror, hasta los dramas juveniles) copiaron la receta.
En el caso de El Conjuro, la expansión fue casi inmediata: Annabelle, Annabelle: Creation, La Monja, La Llorona… criaturas que en la película original eran apenas un truco visual o un susto de pasillo se convirtieron en protagonistas de sus propias entregas. Es decir: el cameo elevado a la categoría de obra completa.
El problema es que el terror, a diferencia del superhéroe o la space opera, no se lleva bien con la serialización infinita. El miedo depende de lo inesperado, del vacío, del misterio. Si un monstruo tiene biografía, secuelas y merchandising en Funko Pop, deja de ser monstruo y se vuelve mascota. El “universo” del Conjuro mató su propio poder: institucionalizó el miedo, lo convirtió en rutina.
Y llegamos a El Conjuro: Últimos Ritos, estrenada como cierre de la saga principal (aunque ya nadie se cree esa clase de epitafios). La película, dirigida por Michael Chaves —el mismo que firmó la olvidable La Llorona y la desangelada El Conjuro 3—, intenta clausurar la historia de los Warren con un último exorcismo, un “gran caso” que pondría a prueba no solo su fe sino la cohesión de todo este universo disperso.
La sinopsis es sencilla: los Warren enfrentan a una presencia demoníaca que conecta, de algún modo, con todos los casos anteriores. Una suerte de “best of” del catálogo de monstruos, como si en lugar de un clímax narrativo fuera un compilado de grandes éxitos de una banda que hace rato no compone nada nuevo. Hay crucifijos ardiendo, posesiones con coreografía, levitaciones repetidas y un par de “sustos de trailer” bien calibrados.
El problema es que lo que alguna vez fue tensión ahora es trámite. El guion funciona como checklist: aparición en el espejo, niño poseído, demonio con nombre impronunciable, gritos de Vera Farmiga en slow motion. Wan está ausente y se nota: Chaves filma como si siguiera un manual de instrucciones, sin la paciencia del fuera de campo ni el ingenio de los planos largos que daban densidad a las primeras dos entregas.

Sería injusto negar que la saga tuvo momentos de auténtico terror. El Conjuro y El Conjuro 2 demostraron que el cine de sustos podía ser también cine de atmósfera. Annabelle: Creation (2017) sorprendió porque, en lugar de la torpe precuela del primer Annabelle, optó por un cuento macabro con ecos de Los otros y una puesta en escena más artesanal.
Esas tres películas resisten el paso del tiempo, aunque tampoco sean obras maestras. El resto… relleno industrial. La Monja fue un festival de clichés góticos sin alma, La Llorona apenas una caricatura folclórica hecha para el mercado latino, y Annabelle Comes Home parecía un episodio extendido de Scooby-Doo con demonios.
Últimos Ritos intenta, sin éxito, recuperar la densidad de las primeras entregas. Pero cuando un monstruo ya pasó por siete spin-offs, difícilmente logre asustar en el octavo. El público conoce demasiado la coreografía del terror como para entrar en la trampa.

Acá conviene detenerse en una idea: ¿puede el terror sostener un universo? La respuesta parece ser no. A diferencia del superhéroe, que puede expandirse en infinitas aventuras sin perder su esencia (un tipo en mallas resolviendo problemas), el terror depende de lo irrepetible. Un buen susto no puede industrializarse.
El universo del Conjuro fracasó porque intentó sistematizar lo azaroso. El miedo funciona como anomalía, no como saga. Cuando cada fantasma tiene spin-off, cada exorcismo se conecta con otro, cada susto se replica con variaciones mínimas, lo que se pierde es la sorpresa. Se transforma en rutina, y la rutina es lo contrario del miedo.
En este sentido, El Conjuro: Últimos Ritos es más un documental involuntario sobre el agotamiento del modelo que una película de terror. Lo que asusta no son los demonios en pantalla, sino la certeza de que la lógica de universo ha vaciado de misterio al género.

El marketing la vende como la “última entrega”, pero nadie en su sano juicio cree que Warner dejará morir a una vaca lechera. Es probable que haya reboots, spin-offs, precuelas, crossovers o cualquier cosa que permita ordeñar un poco más el esqueleto. Tal vez Annabelle termine en una serie de animación para HBO Max, o La Monja aparezca en una colaboración con Batman. Todo es posible.
Sin embargo, Últimos Ritos sí funciona como epitafio simbólico: un recordatorio de que lo que alguna vez fue genuinamente perturbador terminó convertido en franquicia, víctima de su propio éxito. El conjuro se deshizo, no por falta de demonios, sino por exceso de cálculo.
El universo del Conjuro deja tras de sí una enseñanza amarga. En un género que vive de la sugestión y la incertidumbre, la planificación empresarial lo mata todo. Los fantasmas, cuando se convierten en personajes recurrentes, pierden su poder. Los Warren, que alguna vez fueron pareja de carne y hueso enfrentando el abismo, terminaron reducidos a héroes de póster.
Quizá lo mejor que pueda pasar ahora sea precisamente lo que el título promete: un último rito. Dejar que el universo descanse, aunque sepamos que el cadáver va a seguir moviéndose gracias a la necromancia de Hollywood.
En definitiva, lo único que da miedo en El Conjuro: Últimos Ritos no es el demonio de turno, sino la imposibilidad de que el cine de terror vuelva a sorprender mientras siga atrapado en la lógica del universo compartido. El verdadero exorcismo sería liberar al género de esa camisa de fuerza industrial.

De todo este largo conjuro solo quedan tres piezas que merecen recordarse: El Conjuro, El Conjuro 2 y Annabelle: Creation. El resto son notas al pie en la historia de un experimento fallido.
Si algo enseñó esta saga es que el miedo no necesita universos, sino momentos: una puerta que se cierra sola, una sombra al fondo del pasillo, una respiración en la oscuridad. Nada de eso puede sostener franquicias de diez películas. Y está bien: el terror, como los fantasmas, debe aparecer y desaparecer, no quedarse a pagar alquiler en la misma casa.
Lo demás son últimos ritos prolongados, funerales repetidos de un universo que ya nadie extraña.



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