La mujer poseída: una escena que marcó al cine de género 

Cuando la vi por primera vez pensé que era más antigua. Me sorprendió descubrir que pertenecía a los años ochenta. La vi en soledad, en mi casa, empujado por la recomendación de un profesor de cine brillante. Aquella primera vez no pude asimilarla. Tiempo después tuve una segunda oportunidad: el Malba programó un ciclo y allí apareció, presentada por Fernando Martín Peña, en una copia íntegra de 127 minutos en 35 mm. La película era Una mujer poseída, de Andrzej Żuławski.

“Filmo películas sobre lo que me tortura, y la mujer actúa como médium”, dijo alguna vez Andrzej Żuławski. Esa confesión ilumina, de algún modo, el corazón de su cine: mujeres como presencias centrales, atravesadas por algo inconcebible. Él tiene una marca que lo acompañaría en toda su carrera: el exceso y la locura como un faro. Todo en su cine se desborda —los argumentos, las actuaciones, los travellings, la cámara en mano que parece perder la razón— como si cada plano fuera un intento desesperado de mantener una cordura insostenible.

La película fue, en cierto modo, un exorcismo vomitivo: Cuando filmó Una mujer poseída, en 1981, Żuławski acababa de atravesar un divorcio áspero con su primera esposa. Con su cuarta obra guió todo su odio y dolor y lo transformó en una de las representaciones más demenciales y violentas que el cine haya hecho sobre la disolución de una pareja.

Dicho sea de paso: Sam Neill e Isabelle Adjani —en las que quizás sean las actuaciones más descarnadas de sus carreras— encarnan ese derrumbe estrepitoso del amor al odio a los celos a la violencia y de nuevo, por qué no, al amor.

Lo que sigue resulta casi indescriptible. El encierro del personaje de Isabelle Adjani en un departamento, y su posterior descenso a la locura, remite a Repulsión (Roman Polanski, 1965). Pero para el final de la película el horror toma cuerpo: una criatura extraña, deforme, parecida a un descomunal aparato genital provisto de tentáculos —un eco perturbador de los bichos que usó Cronenberg en algunas de sus obras— se materializa en pantalla. Gracias al grotesco diseño del monstruo la película fue censurada y remontada en diversos países.

Antes del desenlace delirante de la película —un enredo de espías en las calles heladas de Berlín— ocurre algo devastador. La escena del subte, exactamente a los setenta y cuatro minutos, prescinde de efectos especiales: es una resurrección filmada. Con una bolsa de compras en la mano, Isabelle Adjani se arrastra por el piso como si estuviera pariendo a su propio demonio. Se retuerce, se golpea, grita, gime, se desangra. Y en ese descenso brutal alcanza un estado de trance con los ojos en blanco: un éxtasis feroz, casi místico.

Adjani hace una masterclass actuación. Cuando hablo con críticos, escritores o artistas, todos coinciden en lo mismo: la mirada hacia la película, y su análisis, se detiene siempre en esa escena de gritos y de locura.

Esa escena condensa la quintaesencia del cine de Żuławski: una secuencia enrarecida, arrancada de cualquier lógica, que provoca un desajuste brutal en la mirada. Un error de paralaje que se expande sobre los escombros del amor, la oscuridad, el deseo y el odio de un director feroz.

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