Conducir de noche siempre me ha generado cierta incomodidad. No es miedo exactamente, sino una mezcla de cansancio, silencio y esa sensación de estar aislado del mundo en medio de la oscuridad. Pero lo que viví aquella madrugada cambió para siempre la manera en que veo las carreteras vacías. Fue un episodio que no puedo olvidar, por más que lo intente.
Eran alrededor de las tres de la mañana. Había visitado a un amigo en un pueblo cercano, y decidí regresar a la ciudad esa misma noche porque tenía que trabajar temprano al día siguiente. La carretera estaba desierta, salvo por algún que otro camión que pasaba cada veinte minutos. El aire estaba frío, y el parabrisas se empañaba ligeramente con mi respiración. El silencio era tan absoluto que incluso el motor del carro me parecía demasiado ruidoso.
Encendí la radio para distraerme, pero solo encontraba estática. Ninguna emisora parecía sintonizar. Finalmente la apagué y me quedé con el sonido monótono de las llantas sobre el asfalto. Los faros iluminaban apenas unos metros delante de mí, y el resto era un mar de sombras.
Fue en una de esas curvas cerradas cuando la vi. A lo lejos, al borde de la carretera, había una mujer de pie. Llevaba un vestido largo y negro que le llegaba hasta los tobillos, y sostenía el brazo levantado, como quien pide un aventón. Su silueta se recortaba contra la neblina, inmóvil, esperando.
Mi primer impulso fue reducir la velocidad. La compasión pudo más que la lógica: ¿qué hacía una mujer sola, a esa hora, en medio de la nada? Pero a medida que me acerqué, la sangre se me heló. No tenía rostro. Donde deberían estar los ojos, la nariz y la boca, había una mancha oscura, como una sombra espesa que borraba sus facciones.
El pánico se apoderó de mí. Sin pensarlo, pisé el acelerador y pasé de largo, sin atreverme a mirar hacia los lados. Durante unos segundos traté de convencerme de que había sido una ilusión óptica, un juego de la neblina y mis ojos cansados. Pero no pasaron ni trescientos metros cuando el motor del carro empezó a fallar.
Las luces delanteras comenzaron a parpadear, el volante se sentía pesado, y el motor tosía como si se fuera a apagar. Reduje la velocidad hasta detenerme en el arcén. El silencio que siguió fue sofocante. Apagué y encendí la llave varias veces, pero el carro no respondía. El miedo se me trepaba por la espalda como un animal invisible.
Fue entonces cuando miré por el espejo retrovisor. Y lo que vi todavía me persigue en sueños: la mujer de negro estaba parada justo detrás del carro. Inmóvil, a menos de dos metros de distancia, con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como observándome. Su silueta parecía aún más oscura que la noche misma.
El corazón me golpeaba el pecho con violencia. Las manos me temblaban tanto que casi no podía girar la llave. Cerré los ojos un segundo, murmuré una súplica desesperada, y al intentarlo otra vez, el motor rugió como si nunca hubiera tenido problema alguno. No lo pensé dos veces: aceleré a toda velocidad, sin mirar atrás.
Conduje el resto del camino con las manos pegadas al volante y los ojos clavados en la carretera. Cada curva me parecía interminable, cada sombra me parecía moverse. No paré hasta llegar a la ciudad, donde por fin las luces de los postes y el ruido lejano del tráfico me dieron un poco de alivio. Aparqué el carro frente a mi casa, apagué el motor y me quedé sentado varios minutos, respirando agitadamente, como si necesitara convencerme de que realmente había llegado a salvo.
Al día siguiente llevé el carro al taller. El mecánico lo revisó de arriba abajo, pero no encontró absolutamente nada. “El motor está perfecto”, me dijo, “como si nunca hubiera tenido ninguna falla”. Yo asentí en silencio, pero por dentro la certeza me corroía: esa noche, algo había interferido con mi vehículo.
Con el paso de los días intenté olvidar el episodio, racionalizarlo, explicarlo con el cansancio, la neblina o el estrés. Pero cada vez que cierro los ojos y recuerdo la silueta inmóvil detrás de mi carro, sé que no fue una ilusión. Esa figura estaba allí. No era un reflejo, no era un sueño. La vi con mis propios ojos.
Desde entonces nunca más he vuelto a conducir solo en esa carretera de madrugada. Prefiero esperar al amanecer o tomar un camino más largo pero concurrido. Cada vez que alguien me pregunta por qué, sonrío nerviosamente y cambio de tema. No quiero sonar como un loco contando historias de fantasmas en la carretera.
Sin embargo, cuando voy de pasajero y pasamos por esa curva exacta, no puedo evitar girar la cabeza hacia el borde del camino. Siempre medio espero verla de nuevo: la mujer de negro, con el brazo levantado, esperando a que alguien se detenga.
Y sé que, tarde o temprano, alguien lo hará.

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