Las nubes tapan el sol 

El pueblo donde crecí no concuerda con el típico concepto de pueblo. Si bien cualquier otra persona que aún lo habite dirá que es un lugar tranquilo, con una paz envidia de las grandes urbes, con mucho verde y vecinos que te saludan por tu nombre al cruzarte en la calle, me atrevo a decir que es muchísimo más que eso.

Recuerdo con tanta claridad mi niñez allí. Cada tarde salía en bicicleta, luego de convencer a mis padres de que me diesen un par de monedas para ir a jugar videojuegos a un par de cuadras de casa. Podía pasar horas y horas hasta que caía la noche, y entonces me sentaba en la vereda a mirar las estrellas. A veces, con los chicos del barrio improvisábamos una fogata y reíamos a carcajadas de algún chiste o escuchábamos a los más grandes hablar sobre fútbol o sus noviazgos fugaces. pero aun entre risas yo sentía que alguien más nos observaba. Una presencia silenciosa, paciente.

Debo reconocer que siempre me gusto mucho lo oculto, lo paranormal incluso leer sobre los enigmas del mundo, etc. El interés creció junto conmigo. Mucho más todavía cuando un amigo de la familia, Horacio, aparecía para charlar ocasionalmente con mis padres, y de alguna manera terminaba hablando sobre ovnis. Eso me fascinaba, pero también me aterraba un poco.

Tenia 11 años cuando hice un nuevo amigo. Un pibe de mi edad, que apenas veía a pesar de vivir a pocos metros de distancia. Un pibe que, como yo, le interesaba casi lo mismo, y que cuando charlábamos, coincidíamos tanto qué terminamos forjando una amistad enorme. Nos volvimos inseparables.

Un día llevé a mi amigo y mis revistas a casa de Horacio. Era como ir a una biblioteca, pero sin estanterías. Tenía libros desparramados por doquier, desde economía hasta el monstruo del lago Ness. Debatíamos sobre todo, a esa altura ya me consideraba todo un profesional de lo paranormal. Y Horacio, nuestro mentor, una suerte de Yoda o Señor Miyagi, solía prestarnos sus muchos libros de manera ilimitada. Pero sólo una vez, nos mostró su cuaderno de anotaciones:

"Jueves - 20:50 horas - puente - luz roja, era el patrón que se repetía en cada semana del calendario".

No explicó mucho, solo dijo que jamás se había atrevido a acercarse. Cuando le preguntamos por qué, nos miró fijo y contestó con una seriedad que todavía me hiela la sangre:

—Porque siento miedo.

Ese día llegue muy tarde a casa y con la sensación de haber hecho el mayor descubrimiento de mi vida. Y al día siguiente, la ansiedad de que apenas fuese martes me hizo sentir una eternidad hasta que llegó el jueves.

Ese día me levanté a las 5:00 am. No podía dormir, me dolía la panza, la mañana no terminaba. El colegio no fue mejor: un compañero me había dicho que estaba loco igual que Horacio, toda la gente hablaba mal de él y que seguro era un degenerado, entre otras estupideces. Nunca fui un chico conflictivo, pero se había ganado una piña en la nariz, y aunque eso me hizo terminar con un par de reproches en dirección, puedo asumir cuasi orgulloso que no me arrepiento. Sin embargo, al salir de la escuela me sentí un poco angustiado y avergonzado al pensar en la posibilidad de que la gente pensase lo mismo qué mi compañero. Mi cabeza no paraba y el malestar crecía.

Alrededor de las 19:00 vino a casa mi amigo. Triste y reacio, le conté lo que había ocurrido y le pedí que se alejara, que no quería ser la burla del pueblo, y que incluso también dejaría de frecuentar a Horacio. Él se quedó parado en el umbral de la puerta mirándome con sorpresa y esperando que se tratara de un chiste. Con un nudo en la garganta, lo despedí casi de un portazo.

No pasaron ni 5 minutos cuando lo escuché gritando que saliera, no quise. Decidido, abrió la puerta de mi casa y me sacó a la calle tironeándome de mi remera. Señalando al cielo me dijo: - Hace lo que quieras, pero primero abrí bien los ojos y mirá...

Y ahí estaba. Estábamos siendo testigos por primera vez del recorrido de cada jueves de la famosa luz. Era roja bajaba hacia el puente, lenta y firme, como si nos buscara. Sentí el impulso de correr, pero mis pies estaban clavados al suelo.

Fuimos corriendo a casa de Horacio a contarle. Lo encontramos sentado, anotando otro jueves más, solo que esta vez, mucho más temprano de lo habitual. Pero la respuesta siguio siendo la misma No hay que acercarse.

Así nada más. Algo que sonó tan seco, tan hermético, tan egoísta para mi cabeza no le encontraba sentido que un adulto que estuvo toda su vida investigando de cierta forma tenga miedo.

Nos retiramos decepcionados, y aunque luego tratamos de comentar el tema en nuestras respectivas casas, no tuvimos éxito o no les importaba tanto como a nosotros.

Pasó un tiempo e intentamos volver a la normalidad, jugar a la pelota, frecuentar a esos amigos que teníamos olvidados, a los videojuegos y a los chistes. Incluso creo que pasó un buen tiempo hasta que volví a leer algo sobre el tema. A veces me pasaba de volver tarde a casa y habia lugares muy oscuros en esa época y siempre senti la sensación de ser observado aun cuando no había nadie cerca.

¿Alguna vez sintieron una angustia por algo que no pueden explicar qué es? Al día siguiente me desperté con esa sensación. Si no me equivoco era octubre y esta vez el clima estaba muy pesado, húmedo y asfixiante. Es más, creo que fue en la panadería que escuché a dos señoras hablando de que el día estaba raro:

- Quizás llueva, esta humedad no se soporta y el cielo está cubierto. - No, seguro pasa un viento enseguida y se despeja.

Yo solo prestaba atención a las nubes, parecían explosiones gigantes en el cielo. Cuando llegue a casa, habían cortado la luz. El tanque de agua del pueblo sin electricidad no funciona, así que nos quedamos sin agua también.

A eso de las 11:00 am, mi amigo me contó que salieron temprano de la escuela, y que de tarea tenía que buscar renacuajos y juntarlos en un frasco de mermelada vacío. Me pareció algo súper extraño: íbamos a la misma escuela, mismo curso, pero diferente turno, y jamás nos habían pedido algo similar. Me pidió que lo acompañase, le sugerí un par de lugares donde podríamos encontrar algunos y objetó cada uno, alegando que ya había pasado por ahí. No me percaté en ese momento de la imposibilidad de que hubiese hecho semejante recorrido en tan poco tiempo. Y me sugirió:

-Mi papá me dijo que en el arroyito abajo del puente seguro voy a encontrar ¿Me acompañas?

Sin decirle a dónde íbamos, le pedí permiso a mi mamá y me advirtió que volviese antes de las 12:30.

Fuimos caminando para poder andar más tranquilos. Llegando al lugar, un hombre nos preguntó gritando a dónde íbamos y le respondí. El sujeto nos advirtió algo, pero no recuerdo qué o quizás no le presté atención. Me sentía un poco aturdido, mi amigo seguía caminando y yo solo me limité a seguirlo mientras sobre mi hombro veía a aquel hombre a lo lejos, quién parecía seguir diciendo algo.

El sol quemaba y las nubes no lograban taparlo a esta altura, a pesar de que eran muy grandes. Estaban quietas, yo aseguraba que desde la mañana estaban en el mismo lugar. En ese momento solo sentía mucho calor y no imaginaba otro lugar que mi casa.

Para llegar a nuestro destino debíamos pasar por un sendero que se cerraba cada vez más mientras lo íbamos transitando. Los matorrales eran altos y el camino se tornaba indistinguible llegando hacia la parte de atrás del cementerio del pueblo, pero se lograba al menos divisar los monumentos. Se suponía que no quedaba mucho para ver el río.

De repente sentí un movimiento, un ruido de pasos hacia el lado derecho del camino. Había algo entre las malezas. Nuevamente me invadía la inquietud, se me erizaba la piel con cada paso que daba. Miraba precavido alrededor, me sentía en peligro, cómo una presa.

- ¿Qué será eso? - dijo mi amigo. Lo primero que pensé es que alguien del otro lado del camino nos estaba molestando con un espejo, porque reflejaban la luz del sol en nuestra cara. Me detuve un segundo porque no podía ver bien, pero mi amigo siguió unos pasos más. El reflejo se detuvo y pude ver algo metálico, parecía una chapa tirada.

Mi amigo se dio la vuelta, repentinamente soltando su frasco de vidrio. Algo lo tiró hacia el costado del camino, donde había escuchado el ruido. Comencé a desesperarme, y dentro mío esperaba que solo me estuviese jugando una broma, esperaba que todo el propósito de ese trayecto fuera una broma de mal gusto. Pero estaba pasando en frente mío y él no estaba. No podía ir muy lejos, tenía que estar ahí.

Comencé a gritarle, a llamarlo, y no me respondía, definitivamente lo había perdido. Volví a escuchar el ruido, esta vez, mucho más cerca de mí. Me carcomía el terror, pensé que algo me iba a pasar, qué ahora yo iba en desaparecer. De repente me di cuenta que estaba en el lugar de las anotaciones de Horacio. Mi cabeza estaba a punto de explotar, el instinto me decía que tenía que salir de ahí, pero no podía solo abandonar a mi amigo y huir.

Estando en crisis, y sabe solo Dios cómo o por qué, atiné a levantar la vista y divisé algo a lo lejos, algo que se aproximaba cerca del puente al que restaba un buen tramo para llegar. Me acerqué un poco desconfiado, rogando que fuese alguien que pudiera ayudarme. Pero mis ojos no podían dar crédito de lo que veían: era mi amigo, que venía caminando lentamente con la mirada perdida y en total silencio. ¿Cómo había hecho para llegar hasta ahí? El lapso de tiempo que había transcurrido no concordaba con el que tenia para llegar a ese punto, sin contar el esfuerzo y considerando que no había un camino marcado. Simplemente era imposible.

Él continuó sin hablar ni responder nada, solo siguió caminando. Lo tomé del brazo y le pedí que saliésemos rápido de allí.

Las nubes finalmente taparon el sol y por un momento pensé que caería la noche. Fue muy tedioso, cada vez sentía que el camino se volvía más largo, y por más que viese el final, era en vano. Estaba desesperado y absolutamente abrumado. Me guardé el llanto y las ganas de gritar para cuando me sintiera a salvo.

- Te dije que no fueras allí, -escuché que me hablaban desde el final del camino de matorrales - de noche anda una luz y aparecen unas sombras. Cuando la vea a tu mamá le voy a contar que andas por estos lados. Era el señor que nos gritaba a lo lejos al principio, me estaba regañando enojado con rostro preocupado. Y sin embargo yo seguía sin prestarle atención, solo quería llegar a casa, quería que mi amigo me hable y me dijera que todo estaba bien.

Nunca dijo nada, solo caían un par de lágrimas de sus ojos perdidos.

Llegamos primero a su casa y el continuaba en silencio. Tuve que mentir que habíamos peleado con otros chicos, su madre supo entender a pesar de su enojo. En cambio, la mía me esperaba furiosa afuera de casa.

- ¡Pero mamá, si no me tardé nada! - le dije

Enojada me mostró la hora y eran las 15:00. Sólo me nació abrazarla, lloraba y le pedía perdón. Ella me devolvió el abrazo y noté que me miraba sorprendida.

El pesar me agobiaba, así que me acosté y me desperté con mucha sed a las 22:00. Todavía me sentía cansancio pese a todo el tiempo que había dormido. En la sala, mi madre charlaba con mi abuela sobre el clima.

- Seguro se viene una tormenta grande, estuvimos mucho tiempo sin luz, seguro debe haber llovido en algún lado.

Mi abuela abrió la puerta y llamó a mamá.

- Mira de feo que está el cielo, debe ser una tormenta grande.

Yo también decidí salir a ver.

Nunca fueron nubes, nunca fue una tormenta. ¿Cómo explicar que había llamas en el cielo? Eran objetos muy brillantes, como si estuvieran hechos de fuego, iluminaban todo el pueblo, se movían muy rápido, como si estuvieran monitoreando todo. Todos lo vieron. Duró varios minutos me atrevo a decir media hora, hasta que desaparecieron. Yo quedé atónito, porque cuando todo terminó, miré en dirección al lugar donde estuve por la mañana y pude observar cómo dos luces grandes salían de allí y desaparecían.

Al día siguiente, el pueblo se hundía en comentarios sobre las luces. Incluso en la televisión informaban que en muchos lugares vieron lo mismo. En otros se hablaba de que incluso se hallaron animales mutilados. Era delirante, se dijo de todo, que se trataba de reflectores, globos, y no sé qué más.

Mi amigo no recordó nada de lo que había pasado. Su último recuerdo fue cuando vino a buscarme a casa. Lo demás es cómo si nunca hubiera sucedido.

Horacio ya no quiso recibirnos, se enojo mucho cuando supo lo que hicimos. Casi diez años tuvieron que pasar para encontrarme nuevamente con él: se había mudado a otra ciudad por trabajo, y yo estaba estudiando en la facultad. Fue una vez que me dirigía a tomar un café para preparar unos trabajos cuando nos reencontramos y me dijo que hacía tiempo que me esperaba. Me sorprendió mucho encontrarlo, conversamos un buen rato, y antes de irse me confesó:

- Lo que pasó ese día fue que una nave se averió, estuvieron mucho tiempo tratando de arreglarla. No sé cuáles habrán sido sus intenciones reales, pero desaparecieron y simplemente no volvieron. Quizás sea mejor que no regresen, pero tuvieron suerte. Eso no fue nada comparado con lo que les pasó a otras personas.

Me despidió y se fue como si nada.

Meses después supe que Horacio había sufrido un problema que lo dejó postrado en su cama. No lo niego, tardé mucho en visitarlo y cuando lo hice, no lo reconocí. Cerré los ojos un momento y recordé esa parte de mi niñez a su lado. Deseaba tanto que el tiempo no hubiera pasado, deseaba haber podido compartir más con él. Me acerqué, pero no quiso o no podía hablar, no sé con exactitud. Me tomó fuerte la mano, y señaló hacia arriba.

- ¿Acaso ellos tienen algo que ver con lo que te paso? - le pregunté.

Movió su cabeza asintiendo.

Luego de otras visitas más en la semana, murió. Todas las preguntas y respuestas en mi cabeza desaparecieron.

En su velatorio me encontré con aquel amigo de la infancia, ambos recordamos nuestros momentos de niños. Quise contarle lo que me había dicho Horacio, pensaba que podía cerrar ese capítulo, pero él sólo esbozó una sonrisa y me dijo "lo siento, no sé de qué hablas, yo no me acuerdo nada de eso".

Hoy, cada vez que el cielo se cubre de nubes inmóviles, siento el mismo frío en la nuca.
Y cuando cierro los ojos, me pregunto:

¿De verdad volvió conmigo mi amigo ese día?

Quisiera, como él, tampoco recordar.

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