El Susurro en la Arcilla 

El duelo no es un sonido. Es una ausencia de sonido. Tras la muerte de mi madre, la casa se llenó de ese silencio espeso y pesado. Fue en medio de esa quietud que el abogado me llamó para decirme que mi abuela, a la que apenas conocí, también había muerto. Había heredado su casa, una cabaña aislada a tres horas de la ciudad, un lugar que mi madre siempre se negó a visitar, y mucho menos a mencionar.

Fui por pura obligación. La casa olía a tierra húmeda, a trementina y a algo más, algo vagamente metálico. Estaba llena de sus obras. Mi abuela había sido escultora, pero sus creaciones no eran de las que se exponen en galerías. Eran figuras humanas de arcilla, de un realismo grotesco. Personas contorsionadas en posturas de dolor o de un éxtasis inquietante, con los rostros alargados y las bocas abiertas en gritos silenciosos. Llenaban cada estante, cada rincón, observándome desde cuencas vacías.

En el sótano encontré su taller. El aire era frío y denso. Había docenas de figuras más, cubiertas con sábanas polvorientas. Y en el centro, sobre un caballete de madera, había un gran bloque de arcilla gris, húmeda al tacto, cubierta por un paño mojado. Sentí un impulso extraño, una curiosidad malsana. Hundí los dedos en la masa fría.

Esa noche empezó el sonido.

Era un chasquido húmedo y rítmico. Un pop suave, como el de una articulación que se recoloca, o el de una burbuja de aire que sube a la superficie del barro espeso. Venía de las paredes, del suelo. Al principio pensé que eran las tuberías viejas, pero el sonido tenía una cadencia, una intención.

Los días siguientes fueron un borrón. No podía irme de la casa. Me sentía anclado a ella. Empecé a tener sueños vívidos en los que mis manos, cubiertas de arcilla, daban forma a figuras horribles. Me despertaba con los músculos de los brazos y las manos doloridos, como si hubiera trabajado toda la noche. El sonido de los chasquidos se hizo más fuerte, más cercano.

Una mañana, bajé al taller y encontré una pequeña figura de arcilla sobre la mesa que yo no recordaba haber visto. Era un pájaro, con un ala rota, idéntico al gorrión que había encontrado muerto en el porche el día anterior. Mi sangre se heló. No recordaba haberlo hecho, pero sentía el tacto de la arcilla en mis manos, una memoria fantasma.

Fue entonces cuando encontré sus diarios. Los escritos de mi abuela eran un descenso a la locura. No hablaba de arte ni de técnica. Hablaba del "eco en la arcilla". Escribía que no era ella quien daba forma al barro, sino que el barro la usaba a ella. Decía que la arcilla "recordaba" las formas y que el chasquido era el sonido del "recuerdo" haciéndose sólido. "Toma lo que ve", escribió en una página temblorosa. "Toma la forma y deja el vacío".

El terror se apoderó de mí. El chasquido ya no era solo un sonido, era una presencia. Lo oía en mi propia respiración, en mis latidos. Empecé a ver las figuras de la casa de otra manera. No eran esculturas. Eran ecos. Réplicas.

Una tarde, mientras miraba por la ventana, vi a mi vecino, el señor Gable, trabajando en su jardín. Lo observé durante unos minutos y luego, como un sonámbulo, bajé al taller. El bloque de arcilla me llamaba. Mis manos se hundieron en él, moviéndose con una habilidad que no poseía. No era yo quien trabajaba. Mis dedos eran meras herramientas. Cuando recuperé la consciencia, frente a mí había una pequeña figura del señor Gable, de rodillas, con una expresión de agonía en su diminuto rostro de arcilla.

Al día siguiente, una ambulancia se llevó al señor Gable. Un ataque al corazón fulminante mientras cuidaba sus rosas, dijeron.

Lo entendí todo. El legado de mi abuela no era la casa ni el dinero. Era esta maldición. Esta conexión parasitaria con la arcilla. El eco no solo replicaba, sino que reemplazaba.

Ahora, el chasquido es constante. Viene de dentro de mí. Mis articulaciones hacen pop con ese mismo ritmo húmedo. A veces, cuando me miro al espejo, mi piel parece más pálida, más maleable. Ya no sueño. En su lugar, paso las noches en el taller, en un trance febril, mientras mis manos se mueven sin descanso sobre el bloque de arcilla que nunca se encoge.

Anoche terminé mi última obra. Es una figura de mi madre, sentada en su sillón favorito, con la misma expresión de tristeza resignada que tenía en sus últimos días. La he puesto en la sala de estar. Se ve tan real.

Y el silencio en la casa finalmente se ha ido. Ha sido reemplazado por algo mucho peor. Un suave chasquido húmedo que viene de la sala. Y un sentimiento terrible, una certeza absoluta, de que si voy allí ahora mismo, esa figura de arcilla levantará la cabeza y me sonreirá.

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