Hay recuerdos que no se desvanecen. No son como las fotos viejas que amarillean con el tiempo; son más como cicatrices. Permanecen en relieve, sensibles al tacto, y te recuerdan para siempre el momento exacto en que te las hiciste. Mi cicatriz tiene la forma de una curva en una carretera de montaña, y me la hice hace casi diez años.
Éramos tres. Marcos, que conducía su viejo Seat León como si fuera un coche de rallies; su novia, Sara, sentada de copiloto, controlando la música; y yo, en el asiento de atrás, medio dormido, viendo cómo los pinos se convertían en manchas oscuras bajo la luz de la luna. Volvíamos de un pequeño festival de música en un pueblo perdido en la sierra. Eran casi las tres de la madrugada y la carretera, estrecha y sinuosa, estaba completamente desierta.
La conversación se había agotado hacía una hora, y solo el zumbido del motor y una vieja canción de rock rompían el silencio. Fue Sara quien la vio primero.
"Para", dijo, con la voz ahogada.
Marcos frenó en seco, las ruedas chirriaron sobre la grava del arcén. "¿Qué pasa? ¿Un animal?".
"No", susurró Sara, señalando hacia adelante. "Ahí. Hay una chica".
A unos cincuenta metros, recortada por la luz de nuestros faros, había una figura. Era una mujer joven, de pie al borde de la carretera, con el brazo extendido. Llevaba un vestido blanco, sencillo y fino, totalmente inadecuado para el frío penetrante de la montaña. Su pelo oscuro le caía sobre los hombros y no se movía, a pesar de la brisa que agitaba las copas de los árboles.
"Ni de coña", sentenció Marcos. "Son las tres de la mañana en mitad de la nada. Es una trampa".
"No seas paranoico", le contestó Sara. "Mírala, parece asustada. Podría tener problemas".
Yo no dije nada. Había algo en su quietud que me helaba la sangre. No parecía una persona esperando ayuda; parecía una estatua colocada allí para nosotros. Pero la insistencia de Sara ganó la batalla. Marcos, refunfuñando, avanzó lentamente y bajó la ventanilla.
"¿Necesitas ayuda?".
La chica se acercó. De cerca, era aún más extraña. Su piel era pálida como la cera y sus ojos, enormes y oscuros, parecían vacíos. No tiritaba de frío.
"Voy al siguiente pueblo", dijo con una voz apenas audible, como el susurro de las hojas secas. "Mi coche se ha averiado".
Nunca vimos ningún coche averiado. Pero antes de que pudiéramos preguntar, Sara ya había abierto la puerta trasera. "Sube, te acercamos".
Se sentó a mi lado. El asiento se hundió bajo su peso, pero no sentí ningún calor corporal. Al contrario, un frío gélido emanó de ella, como si hubiera abierto la puerta de un congelador. El coche se llenó de un olor extraño, a tierra mojada y a ozono, como el aire después de una tormenta.
Marcos arrancó, visiblemente tenso. Sara intentó iniciar una conversación.
"¿Cómo te llamas?".
"Teresa", respondió ella, sin apartar la vista de la carretera.
El silencio que siguió fue denso, pesado. La música se había detenido. Yo miraba de reojo a la chica. Estaba completamente inmóvil, con las manos sobre el regazo. No parpadeaba. Sentí un nudo de puro pánico en el estómago. Quería gritarle a Marcos que parara, que la echara de allí, pero las palabras no me salían.
Condujimos así unos cinco minutos que se sintieron como cinco años. Entonces, nos acercamos a una curva muy cerrada que todos conocíamos. La llamaban "la curva de la viuda" por la cantidad de accidentes que había habido. Justo cuando Marcos empezaba a reducir la velocidad, la chica se irguió de repente. Su cuerpo, antes flácido, se puso rígido como una tabla.
"¡Cuidado!", gritó. No fue un susurro. Fue un alarido desgarrador, lleno de terror y advertencia, que nos reventó los tímpanos. "¡Esta curva! ¡No frenes!".
El grito fue tan inesperado y aterrador que Marcos, por puro instinto, hizo lo contrario de lo que haría cualquier conductor sensato: aceleró, girando el volante con una fuerza desesperada. El coche se inclinó peligrosamente, los neumáticos gritaron en protesta contra el asfalto, y por un segundo eterno, sentí que volcaríamos hacia el precipicio. Pero, milagrosamente, el coche se enderezó y salimos de la curva.
El corazón me latía en la garganta. Marcos jadeaba. Sara sollozaba en silencio. Me giré para mirar a la chica, para preguntarle qué demonios había sido eso.
Pero el asiento estaba vacío.
La puerta estaba cerrada. El cinturón de seguridad estaba abrochado sobre el asiento vacío. El frío y el olor a tierra mojada habían desaparecido. Se había desvanecido.
Paramos el coche en medio de la carretera, temblando, incapaces de procesar lo que acababa de ocurrir. Nos quedamos allí hasta que los primeros rayos del sol pintaron el cielo, demasiado asustados para movernos.
Años después, vi en internet un vídeo viral portugués sobre una chica llamada Teresa Fidalgo. Era una recreación, un corto de terror. Pero cada vez que lo veo, el sudor frío me recorre la espalda. Porque sé que no todas las historias son inventadas. Algunas se sientan a tu lado en el asiento trasero de un coche, en una carretera solitaria, y te dejan una cicatriz que nunca, nunca se cura.




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