Esto no me pasó a mí, sino a una amiga de la escuela.
Se llama Sofía.
Me lo contó una tarde, en el recreo, cuando nos quedamos solas sentadas al costado de la cancha. Me acuerdo perfecto porque hablaba bajito, casi susurrando, como si no quisiera que nadie más la escuchara. Y no era de esas que inventaban historias. De hecho, Sofía siempre fue tranquila, seria, de las que te miran a los ojos cuando hablan. Por eso, cuando empezó a contarme lo que le había pasado, no pude dejar de escucharla.
Tenía once años cuando mis papás se separaron y mi mamá y yo nos mudamos a una casa nueva, o mejor dicho, vieja. Era de esas casas con piso de madera que cruje cuando caminás y puertas que no cierran del todo. Estaba en una calle tranquila, con pocos vecinos, y al fondo tenía un patio enorme. A mi mamá le encantó porque decía que por fin iba a poder tener plantas y un limonero. A mí también me gustó al principio. De día era lindo: entraba mucho sol, se escuchaban los pájaros, y hasta parecía que todo olía a limpio.
Mi pieza daba justo al fondo, al patio. Tenía una ventana grande con una cortina de flores viejas que había dejado el dueño anterior. De día, me gustaba dejarla abierta para que entrara el viento, pero de noche… era distinto. El vidrio reflejaba todo y el patio se veía oscuro, lleno de sombras que se movían con el viento.
La primera semana no pasó nada raro. Pero la segunda, una noche, me despertó un ruido afuera. Eran pasos.
Lentos, arrastrados, sobre las hojas secas del patio.
Pensé que sería un gato o un perro, porque siempre hay animales dando vueltas. Me tapé con la frazada y traté de no pensar en eso. Pero los pasos siguieron, cada vez más cerca de la ventana. Después, silencio.
A la mañana me levanté y no le dije nada a mi mamá. Me dio vergüenza, porque seguro pensaría que había soñado. Igual, me quedé mirando el patio un rato antes de ir a la escuela. No vi nada raro, solo las hojas y una maceta volcada que el viento había tirado.
Pero al día siguiente pasó algo.
Cuando volví de clases, mi mamá estaba en la cocina y me preguntó si yo había salido al patio antes de irme. Le dije que no. Entonces me mostró la puerta del fondo: estaba abierta, y la traba estaba rota. Ella pensó que el viento la había forzado, pero yo sabía que no.
No se sentía como algo del viento.
Esa noche me costó dormir. Me quedé leyendo un rato con la linterna bajo la frazada, hasta que me empezó a dar sueño. Y justo cuando estaba por quedarme dormida, escuché otra vez ese crujido de hojas.
Pasos.
Pero esta vez no eran lentos. Iban más rápido, como si alguien estuviera caminando nervioso.
Me quedé quieta, con la respiración cortada. Los pasos pararon justo bajo mi ventana.
Esperé.
Pasaron unos segundos y escuché un sonido distinto, como un roce. Como si alguien hubiera apoyado la mano en el vidrio.
No me animé a mirar. Me tapé la cabeza con la almohada y no dormí más.
A la mañana le conté a mi mamá. Me escuchó en silencio y me dijo que iba a revisar. Pero cuando fuimos al patio no había nada. Ni huellas, ni vidrios marcados, nada.
Solo que una de las macetas que habíamos puesto cerca del limonero estaba movida, más cerca de la ventana.
Mi mamá me dijo que seguro había sido el viento, otra vez.
Durante unos días todo volvió a la normalidad. Pero yo empecé a notar cosas pequeñas.
El cubrecama se caía al piso aunque yo lo dejara bien puesto.
La cortina aparecía corrida a la mañana.
Y una vez, cuando volví del colegio, encontré mi cuaderno de dibujo en el piso, abierto justo en la página donde había hecho una casita con una ventana igual a la mía. No le di mucha importancia, pero no dejaba de pensarlo.
Una noche, mientras hacía la tarea, escuché un golpecito en el vidrio. Fue un “tac” seco, corto. Miré por reflejo, sin pensar. No había nadie.
Pero cuando me acerqué, vi algo en el suelo del patio: una piedrita. Chiquita, redonda.
Al día siguiente, cuando volví del colegio, la piedrita ya no estaba.
Esa madrugada fue la peor. Me despertó una respiración.
No un ruido fuerte, ni un golpe, ni pasos. Solo eso: una respiración lenta, pesada.
Venía de afuera, de la ventana.
Y lo sé porque se veia una sombra atravesando la cortina
Me quedé inmóvil, sin siquiera tragar saliva.
La respiración duró unos segundos… y después, pasos. Pasos alejándose entre las hojas, uno por uno, lentamente.
A la mañana siguiente le conté todo a mi mamá, temblando. Esta vez no se rió ni trató de explicarlo. Llamó a la policía.
Vinieron dos oficiales, revisaron el patio, los alrededores, hasta el terreno vacío de al lado. No encontraron a nadie, pero uno de ellos nos llamó:
—Señora, venga a ver esto.
Había marcas en el vidrio.
Dos huellas de manos, borrosas, pero ahí. Como si alguien se hubiera apoyado para mirar adentro.
Esa noche mi mamá trabó la puerta con una silla y puso una lámpara en el pasillo. Me dejó dormir en su cama.
A la mañana, mientras desayunábamos, llegó una vecina. Le contó que hacía semanas estaban viendo a un hombre merodear por los patios del barrio. Que se metía en los terrenos vacíos, que a veces lo habían visto observando las casas desde lejos, pero que cuando alguien salía, desaparecía entre los árboles.
Yo no dije nada.
Solo miré por la ventana de la cocina, hacia el patio, donde el viento movía las hojas.
Esa misma semana empezamos a empacar para mudarnos de nuevo.
Pero la última noche, mientras mamá dormía, me despertó otro ruido.
Los pasos.
Eran iguales.
Solo que esta vez, no venían desde la calle, ni desde la vereda.
Venían desde adentro del patio.
El sonido era claro: hojas aplastándose, ramas secas rompiéndose.
Me quedé sentada en la cama, temblando, mirando la cortina que se movía apenas con el viento.
Y entonces, entre el ruido de las hojas, lo escuché otra vez.
Esa respiración lenta asustaria a cualquiera.
No grité y ni me atrevi a moverme.
Solo esperé.
A la mañana siguiente, cuando mamá abrió las persianas, todo estaba igual. Ni huellas, ni marcas, ni nada.
Pero yo sé que alguien estuvo ahí.
Nos mudamos dos días después.
Desde entonces no volví a esa casa, pero a veces, cuando me despierto a mitad de la noche y todo está en silencio, juro que escucho el mismo ruido.
Ese crujido de hojas, tan suave, tan despacio.
Como si alguien caminara justo debajo de mi ventana.




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