El hombre del sombrero: La imagen que veo antes de dormir. 

Definitivamente soy una persona crédula e ingenua, y aunque en mi Pasto natal, pequeño municipio de Colombia, la brujería es un común rito a voces en la comunidad, en la mayor parte de mi vida, ningún evento sobrenatural me impactó en algún sentido ni ese mundo que tan lejano me había parecido. Siempre he sido asustadizo, y ni siquiera el crecer y “madurar” quitó eso de mí. Fue cuando casi cumplí los dieciocho, que conseguí mi primer trabajo, palanqueado por mi pareja de ese momento, que era bartender y logró conseguirme un puesto como mesero.

Recuerdo poco de aquella experiencia; era un trabajo aburrido, pues el lugar era poco concurrido, excepto los fines de semana y festivos, en los que, por el contrario, se llenaba hasta explotar, y la adrenalina del ambiente me dominaba, y hasta excitaba. Por supuesto, el contraste con el ritmo sosegado del resto de la semana era evidente. Los clientes que en general iban en las mañanas eran un grupo de viejos que se hacían en las mesas de afuera y charlaban amenamente, apenas se sentía su presencia, pues se hacían en las mesas de afuera. Quienes más iban eran unos “rusos” que trabajaban en una obra aledaña y aprovechaban cualquier espacio para tomar, jugar rana y estar con los otros; ahora que lo pienso, creo que a veces ni almorzaban.

Irónicamente, mi novia solo trabajaba en la noche, pues nuestro jefe no era estúpido; sabía que no eran necesarias más de tres personas para atender un lugar tan solitario en la mañana. Lo que hacía que esas mañanas no solo fueran muy largas, sino también algo solitarias. Y en esos tiempos casi muertos, debía limpiar… limpiar el suelo, la pequeña tarima, la barra, las sillas, el polvo, la tierra, la mugre, con trapos, con la escoba. Con el trapero. Este último se volvió mi favorito, y es que cuando uno trabaja monótonamente todos los días, por largas horas, le empieza a encontrar el gusto a las cosas más simples, y trapear era de mis favoritas. Bueno, excepto el segundo piso, eso era otra cosa.

Sinceramente, todo cambiaba allí, el ambiente era más pesado, y en poquísimo tiempo me cansaba con facilidad, y no solo hablo físicamente, sino también emocionalmente. La distribución del lugar era algo peculiar, un largo pasillo en forma de C que rodeaba una gran habitación, en la cual se hacían fiestas temáticas o privadas. Al final del pasillo, quedaba una puerta que daba a una alacena. El lugar era extremadamente estrecho, y aún más para mí, que soy algo alto, y ni hablar de lo oscuro que era; cuando encendía la luz, que era muy leve y de un tono amarillento que resaltaba el deterioro de las paredes, sentía algo de claustrofobia. Sin duda, no me gustaba aquel lugar. Y menos cuando ocurrió algo que nunca voy a olvidar.

Una mañana, mi jefe estaba molesto, y en esos casos ya tenía claro que lo mejor era centrarme en mis deberes y no estrellarme con él si no quería meterme en problemas innecesarios, así que decidí adelantar mi tarea matutina y en menos de nada ya había limpiado todo el primer piso, y sin pensarlo dos veces me dispuse a terminar con el segundo piso. Con trapero en mano, subí las escaleras y decidí comenzar desde el fondo del pasillo; como siempre, sentí aquel ambiente pesado, y cualquier pensamiento que hubiera tenido se detuvo al sentir aquel silencio tan perturbador. No pude evitar mirar a mi alrededor, como si sintiera que alguien me vigilaba.

Comencé a trapear; la humedad del suelo y el olor a jabón empezaron a embriagar el ambiente y, en cierto modo, a tranquilizarme un poco. Hasta que llegué a la habitación, de ahí entré a esta y comencé a limpiar el lugar; tenía una pequeña barra y también una tarima en la esquina; las sillas estaban sobre la mesa, lo cual facilitaba el pasar el trapero. De repente, un escalofrío pasó por mi espalda; juro que sentí un frío repentino que casi me hizo temblar, y de la nada, que de estático, en shock, no podía moverme. En este momento pienso que esa reacción fue ante la idea de que había algo detrás de mí, y sentía que si me movía, algo terrible pasaría. Apriete el trapero con una fuerza ansiosa, y fui muy consciente de mi respiración, acelerada; a duras penas pude tragar saliva antes de tomar una decisión de la que aún hoy me arrepiento, me di la vuelta.

La habitación estaba vacía, pero mi atención fue dirigida hacia el pasillo; por alguna razón, la luz de este era aún más opaca de lo normal y, casi sin darme cuenta, esta se fue bajando, como si los bombillos perdieran energía o algo les quitara su luz. Y no me equivocaba, el corazón me latía con fuerza, y ahora que lo pienso, temblé, temblé al subir mi cabeza y ver aquella figura; la descripción de esta puede parecer superficial a la sensación que sentí al verla. Era una sombra de un tamaño abismal, era encorvada y pasó lentamente, casi absorbiendo toda la luz del lugar. Mi mente intentó procesar aquello, intenté darle una forma a su rostro o al menos al contorno de este, pero lo único que tengo claro es que llevaba un sombrero. Cuando pasó de largo, quedé pasmado; no sabía si correr o gritar, pues al final no hice ninguna de las dos; solo sabía que mi corazón golpeaba mi pecho con fuerza, y que mis ojos no me habían engañado.

Pasaron lo que creo yo fueron cinco minutos extremadamente largos, hasta que tuve las agallas de salir de la habitación. Con un paso lento pero seguro, miré el pasillo, la luz volvía a estar en su brillo habitual, el ambiente pesado ahora era más ligero, pero el corazón me volvió a dar un vuelco cuando miré el piso. Grandes huellas de zapatos habían quedado marcadas en el piso que recién había trapeado, y lo peor de todo es que provenían de la parte de la alacena, donde, obviamente, yo sabía que era imposible que alguien viniera de allí, no solo porque el lugar era demasiado pequeño para que alguien pudiera esconderse ahí, sino también porque sabía que era un pasillo absolutamente cerrado. No pude dejar de pensar que estaría allí, pero ese día no resolví esa duda, ni nunca más.

Después de aquella experiencia, mi fatiga llegó a su límite, días después peleé con mi novia, no solo por no creer en mi experiencia, sino también por no acompañarme en mi soledad. Era incapaz de subir al segundo piso, y no pasó mucho tiempo antes de que mi jefe se diera cuenta de mi resistencia a subir solo a este. Fui incapaz de argumentar mi miedo y, de forma orgullosa, renuncié de forma terca aunque él quiso dialogar. Aunque, siendo honesto, no quería permanecer más tiempo en ese lugar.

Han pasado algunos años desde ese extraño día, en el que me obsesioné con la búsqueda de apariciones paranormales, y no fue grande mi sorpresa, al ver cientos de videos de sombras similares a la que vi ese día, aunque en ninguno de estos videos aparecía el hombre del sombrero; en realidad, ninguna de aquellas sombras parecía tan nítida y real como la que vi en ese momento. Hay noches en las que cierro los ojos y, ante mis párpados oscuros, aquella forma erguida y errante se levanta y, alzando su sombrero, me mira, y aquella mirada indescriptible me sigue cada noche en la que tengo miedo o me siento solo.

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